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Vivir en clave pascual, el día octavo.

Angel Moreno -

El pueblo judío cuenta los días desde la caída del sol, como dice el texto del Génesis: “Pasó una tarde, pasó una mañana, el día primero”. La creación comenzó al atardecer, y cada día terminaba con plena luz y con el eco de la satisfacción divina al ver la belleza y la bondad de las cosas creadas. El salmista canta: “Tu luz nos hace ver la luz”.

Los grandes relatos bíblicos: la creación, la salida de la esclavitud de Egipto con el paso del Mar, los acontecimientos de la Redención, todos ellos comienzan al atardecer, y después de atravesar la oscuridad de la noche, el caos, que significa el mar, el abismo del sepulcro, al alba, surge la luz nueva, se pisa la tierra de la libertad, se resucita, imágenes para decir también que acontece la conversión interior.

En la noche de Pascua, la liturgia de la Palabra proclama los textos que coinciden con esta forma de medir los días del atardecer al alba, de la oscuridad a la luz, como clave iluminadora para comprender el sentido de la historia no como un tiempo que se vive hasta llegar a la muerte, sino como un tiempo de permanente novedad, hasta que se llega al día sin ocaso, de muerte – vida, el octavo día.

Jesús quiso identificarse con el ritmo de los días bíblicos, y si en la tarde-noche del Viernes Santo sucedieron todas las angustias, el tránsito de la noche, la bajada a lo profundo del abismo se tornó motivo de gloria y de resurrección. No es indiferente que en el relato de las apariciones se describa el mismo escenario que en la creación de la humanidad. Al igual que en el jardín primero se encontraban Adán y Eva, a los que Dios visitaba, en el jardín de Arimatea aparecen Jesús y María Magdalena, a quien el Resucitado le manifiesta: “Voy a mi Padre y a vuestro Padre, a mi Dios y a vuestro Dios.

Si vivimos con la medida del tiempo bíblico, caminamos hacia la luz, porque vamos hacia el día, mientras que si nos comprendemos caminando en la sucesión de los días, según el calendario social, siempre vamos hacia el ocaso. Si caminamos hacia el oriente, andaremos esperanzados, en la expectación del sol que nace de lo alto. Mientras que si caminamos hacia occidente, sufriremos, a la luz del ocaso, el dolor de lo que acaba.

Las fiestas cristianas más emblemáticas, la Navidad y la Pascua de Resurrección, se celebran de noche, porque en la noche se anticipa la Luz, que es Cristo. En ambas ocasiones se prolonga la octava, símbolo del día pleno, del día sin merma de luz, sin ocaso.

Una manera de plantear la vida en esta dirección es la que nos la indica el salmista: viviendo de manera sensible y solidaria. “Entonces brotará tu luz como la aurora, y tu herida se curará rápidamente. Te precederá tu justicia, la gloria del Señor te seguirá.” (Is 58, 8)

Desde la resurrección de Cristo, los creyentes podemos vivir en la clave del día que no acaba, de la luz que no mengua. La historia se convierte anticipo y profecía de lo eterno. Cada instante está abierto a la realización de la hora de Dios, en la que Él actúa.
 

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