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Vivir el celibato evangélico en tiempo de crisis

Eugenio Alburquerque, sdb -

No parece que existan dudas serias sobre el cambio que, respecto a lo sexual, se ha producido. Quizás de manera especial en este ámbito de la experiencia humana se manifiesta la fuerte transformación cultural y ética que ha tenido lugar en bastantes sociedades. Las actitudes que jóvenes y adultos manifiestan en la conducta secual son muy permisivas. Parece que del rigorismo moral se ha pasado a la permi­sividad más extrema; de un sentido impo­sitivo y represivo, a una vivencia subjeti­vista y arbitraria; del "todo pecado", al "todo está permitido".

De forma muy rápida y en un periodo de tiempo breve, se ha llegado a un para­lelismo entre la enseñanza del magisterio de la Iglesia sobre las cuestiones sexuales y el comportamiento concreto de los hom­bres y mujeres, también de los/las creyen­tes. Sin duda, este desfase y distancia­miento no corresponde sólo al momento presente. Siempre ha existido distancia en­tre la teoría y la práctica, entre lo ideal y lo real. Sin embargo, en la sociedad actual, esta distancia resulta más evidente, y lc real está cuestionando fuertemente el idea y la teoría.

Estas dificultades y condicionamiento: inciden e influyen en la vivencia y en 1. concepción del celibato que, actualmente como expresó el Vaticano II, es considerado por muchos como algo imposible (PO 16). Siguen resultando certe­ras las palabras que el P. Voillaume dirigía en los años cincuenta a los Pe­queños Hermanos de Je­sús: "es difícil para un religioso, hoy más que ayer, observar la casti­dad (...) desde el mo­mento en que debe vivir un compromiso de castidad en un mundo donde nadie reconoce e valor de tal realidad. Entre las persona: que nos rodean muy pocas son las qu( creen que la castidad es posible" (Citado por A. CENCINI, Por amor, con amor, en el amor, Sociedad Editorial Atenas, Madre 1996, pp. 137-138)

LA VERDAD DE LA SEXUALIDAD HUMANA

Pero ¿todo son dificultades, ambigüedades y condicionamientos?, ¿todo resulta negativo y perjudicial? Es nuestro objetivo, como apuntaba al principio, analizar el actual contexto sociocultural y referirnos expresamente a las dificultades que conlleva para una vivencia serena y gozosa del celibato. Pero, quizás, el primer fenómeno importante que ha desencadenado y que ha acompañado a lo: cambios producidos en el comportamiento sexual ha sido la reflexión sobre la misma sexualidad humana y sobre lo: fundamentos normativos. No se trata de simples "reformas". En la comprensión de la sexualidad humana nos encontra­mos con una verdadera “transformación revolucionaria” 'Cf. C. T-1FYWARD, "Nota sobre la fundamenta­ción histórica: más allá del esencialismo sexual", en AA.VV., La sexualidad y lo sagrado, Desci6e de Brouwer, Bilbao 1996, p. 50; C. PUERTO, "Las tendencias antropológicas de la sexualidad ante las puertas del nuevo milenio", en AA.VV. Revisión de la comprensión cristiana de la sexualidad, Nue­va Utopía, Madrid 1997, pp. 19-64). Frente al tabú o miedos del pasado se ha abierto paso una actitud muy diferente que busca sustituir el te­mor por la verdad del sexo.

El estudio científico de la sexualidad, especialmente de las Ciencias Humanas, ha disipado muchos prejuicios y concepciones negativas, y ha ayudado a comprender mejor su valor y su riqueza. En la base está la comprensión de la sexualidad en relación a la persona, como parte integrante de la personalidad y del proceso educativo. Como ha expresado P. Ricoeur, la sexualidad descubre el misterio de la persona y, a su vez, la persona manifiesta el misterio de la sexualidad. Y la reflexión sobre la condición sexuada del ser humano revela que la sexualidad es una realidad muy rica y compleja, que no se reduce a la biología sino que impregna, abarca y compromete a todo el ser humano, y, es además, una realidad que participa del mismo dinamismo evolutivo de la persona. Lejos de que dar fijada de una vez para siempre en el individuo, crece y se desarrolla progresivamente acompañando sus etapas evolutivas. A través de la  sexualidad la persona se abre al otro, es capaz de relación y comunicación, de amar y de transmitir la vida. La significación integral, la dimensión relacional, comunicativa, amorosa, el carácter evolutivo, junto a la revalorización del cuerpo, el hondo sentido de la igual­dad y complementariedad de los sexos una visión positiva del placer, expresar quizás los valores que, de manera espe­cial, destaca la actual cultura sexual.

En relación al celibato, esta nueva cultura aporta aspectos de interés que pue­den resultar benéficos para religiosos) religiosas. Cito simplemente algunos que podrían ser objeto de un mayor co­mentario: la caída de tabúes represivos, h superación de una concepción negativo de la castidad (identificada simplemente como negación, continencia y renuncia) el redescubrimiento del cuerpo, la preo­cupación por progresar en madurez afec­tiva, por llegar a relaciones más íntimas a una comunicación más personal, la vi­sión positiva de la amistad y la búsqueda de una mayor expresividad del amor, la ternura y el cariño. Vivir tales valores en la vida celibataria constituye el auténtico desafío del valor de la
castidad entendida ya como "la capacidad de orientar el instinto se­xual al servicio del amor, de integrarlo y ar­monizarlo en el desarro­llo de la persona" (CONGREGACIÓN PARA LA EDUCACIÓN CATÓLICA, Orientaciones educativas sobre el amor humano, n. 18)

TIEMPOS DE CRISIS

Para asimilarlos y para vivir gozosamente el celibato en el umbral del siglo XXI, hemos de situarnos de ma­nera crítica, con una auténtica actitud de discernimiento ante esta época de cam­bio, de crisis cultural, de inestabilidad económica y de incertidumbre política. Para describir la situación de la sociedad actual los sociólogos hablan de cambio social. Quizás ninguno de los cambios ha sido más decisivo que los que surgieron con la revolución industrial. Es allí, como destaca Moser, donde se encuentra el eje del paso de una sociedad cerrada a una sociedad abierta (A. MOSER, "Sexualidad", en Mysterium liberationis, UCA, San Salvador 1993, p. 110). La sociedad industrial, más todavía en su fase postindustrial, de­viene una sociedad pluralista, refleja el sistema capitalista-liberal y avanza hacia un secularismo en el que la religión y to­do lo que implica y significa queda redu­cido a un asunto privado. Todo ello se manifiesta y conlleva múltiples implica­ciones en el ámbito sexual.

La revolución y liberación sexual ha traído, ante todo, un pluralismo muy
grande tanto en la interpretación cultural de lo sexual como en los modelos de comportamiento. Baste pensar en las opiniones que se divulgan sobre las relaciones sexuales entre adolescentes, sobre la homosexualidad o sobre la anticoncepción. Y el pluralismo produce, con frecuencia, perplejidad. No resulta fácil despojarse de las "ideas claras y distintas" del pasado, ni pasar de las certezas a la incertidumbre. Pablo VI, reconociendo el actual pluralismo cultural, afirmaba honestamente que ante tal variedad de situaciones "es difícil pronunciar una palabra única, como también proponer una solución de valor universal" (OA 41). Aun sin referirse estas palabras a cuestiones de sexualidad, son una llamada a escuchar la voz que viene desde la perplejidad, a reconocer el pluralismo, a saber convivir con la incertidum­bre y la ambigüedad.

En el marco del pluralismo la visión que prevalece es la que impulsa el neoca­pitalismo liberal, expresada en la llamada "liberación sexual". Si en sus comienzos pudo significar positivamente una verda­dera liberación frente a situaciones repre­sivas, ha terminado por generar una deva­luación semejante a los procesos econó­micos: teniendo cada vez más dinero, se tiene cada vez menos riqueza, o teniendo más placer, no se tiene felicidad (J. I. GONZÁLEZ FADS, Sexo, verdades y discurso eclesiástico, Sal Terrae, Santander 1994, pp. 17-19). Ade­más, la devaluación de la sexualidad va acompañada de la devaluación de la ver­dadera libertad. Desprovista de la respon­sabilidad, se convierte en arbitrariedad y autoengaño; y en este engranaje fácil­mente la sexualidad queda separada de su relación a la persona, cosificada, convertida en un objeto de consu­mo de masas.

No resulta extraño, en esta visión liberal, la pérdida de la dimensión social de la sexualidad humana. La actual cul­tura sexual está marca­da por el individualis­mo: "es cosa mía", "en mi vida íntima no tiene que meterse nadie". Para muchos, el individualismo constituye uno de los logros más admirables de la civilización moderna: garantiza a las per­sonas el derecho a elegir sus propias re­glas de vida, a decidir en conciencia las convicciones y valores que desean adop­tar, a determinar la configuración de sus vidas desde una amplia variedad de for­mas. Se defiende la dignidad de la perso­na y el ejercicio de sus derechos. Sin embargo, al mismo tiempo, el individualis­mo, al llevar al yo a centrarse en sí mis­mo, estrecha nuestras vidas, empobrece su sentido y le hace perder el interés por los demás. Pero, sobre todo, tiende a des­embocar, como ocurre en el ámbito se­xual, en el relativismo, el narcisismo y el permisivismo, elementos propios de la cultura actual.

Finalmente, en esta breve descripción del contexto sociocultural en que vivimos el celibato consagrado, adquiere una rele­vancia particular el fenómeno del secula­rismo. Según Pablo VI, constituye "la marca característica" del mundo contem­poráneo y representa "una concepción del mundo según la cual este último se expli­ca por sí mismo sin que sea necesario re­currir a Dios" (EN 55). De ello han hablado, por ejemplo, lo obispos españoles de­nunciando en diversas ocasiones la difusión de un modelo cultural lai­cista: "lo que está en la entraña de nuestra situa­ción actual es la suplan­tación de una vida humana vivida sólo ante el mundo, el yo y su entorno inmediato, sin horizonte de absoluto ni de
futuro. La difusión de un modelo ateo de vida ha cambiado las actitudes morales de muchos" (6 CONFERENCIA EPISCOPAL ESPAÑOLA, La verdad os hará libres, Madrid 1990, p. 27; ver también La familia, santuario de la vida y esperanza de la so­ciedad, Madrid 2001, p. 16)

El influjo de esta cultura secular y lai­cista alcanza no solo a los modelos se­xuales sociales; repercute también en la vida consagrada, presentando unas difi­cultades radicales a la vivencia carismáti­ca del celibato por el Reino.

DE LA DESHUMANIZACIÓN A LA ANOMIA MORAL

Las nuevas tendencias culturales sobre la sexualidad son herederas del antropo­centrismo y de la reivindicación de la libertad que propone la modernidad. Desde este clima cultural, el sexo ha sido reivindicado, exhibido y magnificado. Pero ¿se ha humaniza­do? Cuando se piensa que "hacer el amor es bueno por sí mismo, y tanto mejor cuantas más veces se haga, de cual­quier manera posible o imaginable, entre el ma­yor número de personas y durante la mayor canti­dad de tiempo posible (D. COOPER, La muerte de la familia, Ariel, Barcelona 19804, p. 55), la libertad y la sexuali­dad van perdiendo contenido humano, se devalúan y deshumani­zan; pierden su verdadera calidad. P. Rico­eur alertaba en los años sesenta sobre la deshumanización de un sexo genitalizado, vaciado de contenido humano. Se desper­sonaliza y banaliza el sexo porque se hace insignificante, es decir, pierde el sentido y el mensaje humano del que es portador (P. Ricoeur,  "La merveille, l'errante, l'enig­me", Esprit 11(1960)1665-1676). Hoy, la cultura imperante banaliza la se­xualidad humana, uniéndola únicamente al cuerpo y al placer egoísta, interpretán­dola y viviéndola de una manera reducti­va, como un simple producto de consumo, como algo que no tiene otro sentido que el ejercicio placentero y gratificante. Resulta así, que su absolutización y la pretensión de una libertad sin limitaciones, la condu­cen a una mayor deshumanización (Cf. Familiaris Consortio 37; Pastores dabo vobis 44).

Por otra parte, desde este clima super­ficial, despersonalizador y hedonista, se tiende a deslindar la sexualidad de cual­quier norma moral objetiva ((Cf. Vita Consecrata, 88). Es un he­cho que los movimientos de liberación sexual han transformado de arriba abajo la moral sexual tradi­cional. En realidad, se ha llegado socialmente a la disociación del se­xo de la moral, reem­plazando el sexo-peca­do por el sexo-placer. En vez del rostro moral del pasado, el sexo en nuestra sociedad pre­senta una definición funcional, erótica y psi­cológica; ya no se debe vigilar, reprimir, subli­mar; al contrario, debe expresarse sin limitaciones, frenos ni tabúes. Sobre todo, no hay ya una ética homogénea: "El proce­so individualista ha minado el consenso sobre lo digno y lo indigno, lo normal y lo patológico; el absolutismo del bien y del mal ha cedido paso a la indulgencia sexual de las masas" (G. LIPOVETSKY, El crepúsculo del deber: La ética indolora de los nuevos tiempos democráti­cos, Anagrama, Barcelona 1994, p. 61). Por ello, respecto a la sexualidad todas las actitudes pare­cen tener igual dignidad y validez, todas pueden elegirse, nada debe ser reprimido u obligatorio. Lo que en otro tiempo era una obligación moral, ahora no es más que una posible elección individual. El deber moral queda restringido al deseo de no depender del otro o de protegerse contra los riesgos del sida.

Desde esta perspectiva de anomia mo­ral se tiende a legitimar en los comporta­mientos cotidianos, la separación entre se­xo y amor, amor y fidelidad, sexualidad y procreación; separación que produce múl­tiples carencias porque el amor y la fideli­dad sacralizan la calidad de la vida y lo re­lacional; expresan no sólo la vocación de la persona, sino también el espacio donde no es manipulada o traicionada.

Finalmente, quiero aludir a un fenómeno generado también por el actual contexto so­cial, y especialmente importante en la viven­cia de la castidad con­sagrada. Tiene sus raí­ces en el derrumbe de las certezas, en ese di­fuso nihilismo que pro­clama la posmoderni­dad y el llamado "pen­samiento débil", en el desencanto y desplome de la esperanza. Junto a algunos efectos frecuentemente señalados, como el oscurecimiento de los grandes valores o la confusión ética, hay otros en los que apenas se fija la atención, como, por ejemplo, la banali­zación de la belleza o la crisis del senti­do estético. Que la belleza está lejos de la cultura actual y del saber tecnológico fragmentado, que el valor estético se en­cuentra indefenso y que corre el riesgo de perder su valor espiritual y su vincu­lación al bien y a a la verdad, es algo que hoy se viene manifestando desde distin­tos frentes.

Cencini asegura que, en nuestra socie­dad, está en crisis en el mismo célibe la unión entre belleza y celibato, está en cri­sis la certeza y la convicción experimen­tada de que entregarse a Dios en la virgi­nidad no solamente es santo y funcional en la realización del ministerio, sino tam­bién "bello". Por ello disminuye progre­sivamente el valor y el deseo de buscar la plenitud y el gusto por la vida como cen­tro de la propia experiencia celibataria.

Vivir la virginidad sin relación a la belle­za, sería deformarla y traicionarla (12 Cf. A. CENCINI, o. c., pp. 152-158). Sería como vivirla simplemente como una obligación moral o ascética. Es cierto que el celibato implica compromiso y renun­cia, obligación y dominio de sí. Pero si no se expresa la dimen­sión carismática, sim­bólica y estética, si no llega a estimarse como la "perla" preciosa en­contrada en el campo, es posible que no llegue a alcanzar y testimoniar su auténtico valor. Por ello, también la crisis estética, junto a la des­humanización y banalización, la anomia mo­ral, la corriente hedo­nista y narcisista, o la separación de los grandes valores del amor y la procrea­ción, constituye un fuerte condiciona-miento para la vida celibataria.

Todos estos fenómenos configuran la atmósfera del actual contexto cultural. En medio de ellos vivimos el celibato; y de tal manera nos vernos implicados que, con frecuencia, los mismos célibes nos preguntarnos si sigue mereciendo la pena y si resulta realmente testimoniante para los hombres y mujeres de nuestro mundo.

ESCOGIDOS PARA UN SERVICIO DE AMOR

La actual crisis del celibato se mani­fiesta no sólo en el hecho de que socio­lógicamente haya dejado de ser conside­rado como valioso y aceptable, de tener que vivirlo en un clima poco propicio o de exaltación de la sexualidad; cuenta también el conocimiento de los numero­sos abandonos del compromiso celibata­rio por parte de sacerdotes, religiosos y religiosas, la publicidad que se da a los escándalos sexuales de las personas con­sagradas, así corno la polémica sobre la vinculación del celibato al ministerio presbiteral. Todo ello está en el fondo de la crisis actual, motiva el interrogarse por su sentido y estimula a la revisión y renovación.

La exhortación apostólica Pastores Ba­bo vobis señala a propósito del consejo evangélico de la virginidad algunas pistas valiosas para su vivencia que, de algún modo, responden también a nuestro inte­rrogante. Dice Juan Pablo II: "En la vir­ginidad y el celibato, la castidad mantie­ne su significado original, a saber, el de una sexualidad humana vivida como una auténtica manifestación y precioso servi­cio al amor de comunión y de donación interpersonal (...). El Sínodo solicita que el celibato sea presentado y explicado en su plena riqueza bíblica, teológica y espi­ritual, como precioso don dado por Dios a su Iglesia y corno signo del Reino que no es de este mundo (...). Por tanto, el ce­libato ha de ser acogido con libre y amorosa de­cisión que debe ser con­tinuamente renovada" (PDV 29).

De manera muy pre­cisa el texto resalta al­gunos aspectos que pueden resultar espe­cialmente significati­vos en la comprensión y vivencia positiva del celibato: el sentido carismático ("don precioso dado por Dios a su Iglesia"), la opción libre ("ha de ser acogido con libre y amorosa decisión") y el amor de comunión y donación. Se trata de aspectos que siempre han sido considerados esenciales, pero que en el actual contexto social recobran una sig­nificación decisiva.

Por una parte, quizás, no debería pre­ocuparnos tanto el clima adverso al celi­bato. Ningún valor del Reino es recono­cido y aceptado fácilmente en la cultura actual. Por otra, el celibato abrazado por religiosos y religiosas sirve a una finali­dad totalmente diferente del celibato eclesial. Éste es una norma canónica im­puesta para provocar una mejor calidad del servicio sacerdotal al pueblo. En la vida religiosa alcanza una dimensión profética: irradia unos valores a la comu­nidad humana y es una llamada a encar­nar el reto y el esfuerzo por vivir en el amor. Se podría decir que la llamada al celibato más que un proyecto y empeño personal es realmente una elección; es decir, más que escoger nosotros el celi­bato, él nos escoge a nosotros. Lo abra­zamos porque somos atraídos por el Es­píritu de Jesús hasta el punto de querer identificamos con su vida. De manera que el celibato no es, ni puede ser nunca, un status social, una forma de vida, un compromiso ético o ascético. Es don de Dios, gracia, donación del amor de Dios, un amor sin límites, y es vocación al amor. El ce­libato en la vida consa­grada no es, pues, huida de una realidad hostil, voluntad o proyecto hu­mano; no es simple re­nuncia o continencia; no es comodidad o des­precio de la sexualidad; no es motivo práctico de eficacia apostólica. Es un camino de gracia y amor, que viene del Amor y con­duce al Amor. Es necesario, por tanto, si nos preguntamos por su sentido, depurar­lo de todas las adherencias espúreas que lo empobrecen; y es necesario volver a enraizarlo en los auténticos motivos evangélicos: Cristo y el Reino.

Desde esta perspectiva carismática, la misma cultura actual estimula a vivir el celibato como vocación. A la llamada, la persona ha de responder libremente. ¿Có­mo no enfatizar el sentido del celibato como opción libre y la necesidad de vi­virlo siempre en una gran libertad? Acep­tada, deseada y abrazada libremente, la virginidad puede significar para los céli­bes un valor positivo y digno de aprecio. Asegura Rondet que la crisis actual del celibato demuestra que muchos de los que lo abandonan, no lo habían querido realmente. Para ellos representaba sim­plemente una condición requerida para ser sacerdotes o para entrar en un instituto re­ligioso, cuyo ideal les seducía. Veían entonces el celibato como una es­pecie de contrato, como una renuncia y un peso que había que asumir (Cf. M. RONDET-Y. RAGUIN, El celibato evan­gélico en un mundo mixto. Sal terrae. Santander 1980, pp. 100-102). Si no constituye la vo­cación en que ha de rea­lizarse la propia vida, si no es positivamente apreciado, si no es la "perla" escondida, en los momentos de dificultad fácilmente se desmorona.

Finalmente, el actual contexto sexual ha subrayado en la comprensión de la se­xualidad su relación al amor, aunque en la práctica, como hemos denunciado, con frecuencia, se establecen separaciones. Este sentido relacional, comunicativo y amoroso de la sexualidad, aporta también un horizonte en la comprensión del celi­bato evangélico. Algunos proponen in­cluso cambiar la terminología clásica de este consejo evangélico (castidad, celiba­to, virginidad), sustituyéndola por la de "voto para la relación" (D. O' M URCHU, Rehacer la vida religiosa. Pu­blicaciones Claretianas, Madrid 2001, pp. 58-59). Detrás está la preocupación por que el voto no denote tanto la renuncia al cuerpo, la sexualidad, la procreación o el placer, y, en cambio, exprese mejor la tarea de crecimiento que lleva hacia una auténtica personalidad y una vida abierta a la relación y al amor.

No es este el momento de valorar tal propuesta. Pero sí parece conveniente fi­jarse en su afirmación esencial: la consa­gración virginal es un acto de amor a Cristo, respuesta a la seducción de su amor, un amor inseparable del amor a los hermanos. Por ello, viviendo la castidad consagrada tenernos la ineludible tarea de integrar la propia vi­da afectiva en la vida celibataria.

Integrar la experien­cia humana de ser ple­namente sexuados y la experiencia de gracia y de amor que es la virgi­nidad, sigue constitu­yendo el más grande desafío de la vida celi­bataria. El reto es siem­pre actual y se vive en un preciso contexto so­cial. Será necesario romper con una tradi­ción que ha despreciado el cuerpo, ha te­mido y recelado de la mujer y ha reprimi­do la sexualidad. Será preciso alentar una mayor sintonía con la cultura contempo­ránea sin prescindir nunca de la profecía evangélica. Habrá que buscar más la ar­monía, la belleza, la plenitud, que la re­nuncia, la obligación y la perfección. Y tendremos que seguir de cerca los movi­mientos culturales para percibir la densi­dad de la sexualidad humana no simple­mente orientada a la procreación, sino también a la comunicación, la relación y el amor.

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