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Vivir a fondo la redención

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Carlos Luis García Andrade, cmf (IRIS DE PAZ) - Miércoles, 26 de mayo de 2010
A veces vivimos como cristianos subdesarrollados. No por mala voluntad, sino por no aprovechar todas las posibilidades que se nos han dado en Cristo. Nuestra experiencia de encuentro con el Señor se reduce casi exclusivamente a la oración y la Eucaristía, pero el Misterio Pascual esconde muchas otras riquezas que debemos descubrir y vivir. Estas líneas tratan de desvelar alguna de ellas..
 
SI se aborda por la calle a un cristiano practicante y se le lanza a bocajarro una pregunta del tipo: "¿Se siente Vd. redimido por Cristo?", lo más probable es que, tras la sorpresa inicial por lo inusual de la pregunta, empiece a divagar y a decir genéricas fórmulas doctrinales: "Claro, Cristo nos ha salvado, ha muerto en la cruz por nosotros, todos lo saben..." Mas si insistimos y le replicamos: "No le pregunto si se sabe redimido, sino si se siente redimido", también lo más probable es que no sepa qué contestar.
 
Y es que, aunque acabamos de celebrar la Pascua, la muerte y resurrección del Señor y tras acompañarle por el itinerario de la Cuaresma y la Semana Santa hemos vivido ese gozo particular que empapa el alma al celebrar la resurrección, me parece que, respecto de este misterio, nos queda mucha tela por cortar, no estamos sabiendo extraer ni vivir todo lo que significa el misterio de la redención. No lo hemos comprendido en todo su significado. Y no me refiero a una profundización intelectual propia de especialistas en teología, hablo de algo vital, concreto, para nuestra existencia cotidiana de creyentes.
 
Una fe poco consciente
 
Con frecuencia me viene la sensación de que vivimos la redención de Jesús con una actitud similar a la del niño pequeño que, cuando recibe un regalo, da las gracias, ofrece su mejor beso —si se acuerda— y luego, fascinado por el juguete, se pone a jugar. No se pregunta ni el porqué ni el para qué. Prácticamente se olvida del gesto para centrarse en el regalo. Quizá no sea una comparación muy válida, pero me parece que nos sucede lo mismo. Disfrutamos de los dones que Jesús nos ha concedido en la redención (bautismo, eucaristía, comunión con el Padre y el Espíritu...etc). En realidad vivimos de ellos, pero no nos ocupamos demasiado en pensar por qué Jesús hizo lo que hizo, ni lo que implica su abismarse en el dolor e incluso en el misterio del pecado. Es cierto que lo admiramos y que, especialmente en Semana Santa, nos conmovemos, porque sabemos que lo hizo por nosotros, pero no llegamos a penetrar en el sentido de su camino de pasión y muerte.
 
Tampoco los teólogos nos han ayudado mucho en ese terreno. Quizá por ser un tema difícil, se han conformado con ofrecernos soluciones verdaderas, pero que yo me atrevería a calificar de superficiales o demasiado simples: "lo hizo para salvamos", "para darnos ejemplo", "porque nos quería". Y el resultado es que, desconociendo la raíz última del propósito que llevó a Jesús a la cruz, nuestra existencia cristiana pierde una gracia y una posibilidad extraordinaria.
 
La auténtica razón de la cruz
 
Me explico. Jesús sube a la cruz no por una imposición del Padre, ni para limpiar ninguna afrenta al honor de Dios que hubiera quedado mancillado por el pecado del hombre. Ese tipo de enfoques, aunque tengan eco en la Biblia (teología de la expiación vicaria), no hacen justicia a la imagen que Jesús nos da de Dios. La razón de su experiencia de pasión y muerte es la misma que le ha llevado a hacerse hombre. Ha querido compartir todo lo nuestro, por amor.
 
Pero había algo que Dios no conocía, una experiencia exclusivamente nuestra: el pecado, justamente aquello que nos separa de Dios. Y Jesús, que realiza su salvación desde dentro, asumiendo, transformando —no desde fuera, como por decreto-ley—, ha querido también pasar por esa experiencia. Se ha sentido separado del Padre. De hecho dijo: "¡Dios mío!, ¿por qué me has abandonado?" Como dice san Pablo, se ha hecho "pecado" por nosotros (2 Cor 5,21). Es un misterio, porque Jesús sigue siendo Dios, pero como hombre, con su psicología humana, ha sentido la separación del Padre.
 
El dolor, lugar de encuentro con Dios
 
Sin entrar en la discusión teológica que existe al respecto, este hecho significa algo importantísimo para nuestra vida. Si Jesús ha hecho la experiencia del dolor y la experiencia del pecado (aunque no ha pecado, se ha sentido pecado) podemos afirmar que, desde la cruz de Jesús, toda experiencia de dolor es lugar de encuentro con Jesús, porque Jesús ha hecho suyos todos los dolores de la humanidad. Sabe desde dentro qué es el dolor, no es ajeno a la experiencia que, aparentemente, Dios desconocía. En su "porqué" están todos nuestros "porqués".
 
Pero aún hay más. Si Jesús se ha sentido separado del Padre esto significa que incluso la experiencia del pecado, de la separación de Dios, puede ser ocasión para el encuentro con el Crucificado. Jesús ha entrado allí para que nunca más tengamos que vivir esa experiencia solos. Y ha entrado allí para ayudamos a salir de esa situación. Si el pecado ya no tiene el poder sobre nosotros que tenía antes — y esto es evidente porque no tiene las mismas consecuencias que tuvo el pecado original— es porque, desde la cruz, esa ruptura con Dios que implica el pecado, ese peso y esa angustia esconden detrás una presencia: la de Jesús Crucificado. Así, aunque podamos volver a pecar después del bautismo, a causa de nuestra fragilidad y falta de fidelidad la identificación de Jesús con el pecado, con el dolor, nos ayuda a superar su herida, nos abre una puerta, nos permite volver a empezar, volver a amar.
 
Lo decisivo al respecto es saber reconocer en cada dolor, también en el sufrimiento que nos provocan nuestros pecados, su presencia callada, compañera de las horas oscuras, que está a nuestro lado, y acogerle. Y amarle. Entonces el dolor ya no nos domina, porque hemos superado su peor herida, la que nos curva sobre nosotros mismos, autocom-padeciéndonos o despreciándonos por nuestra incoherencia y así, sea porque nos estamos lamiendo las heridas, sea porque estamos enredados en nuestra culpabilidad — o nuestro orgullo herido— el resultado es que no somos capaces de salir de nosotros y quedamos bloqueados para amar.
 
Viviendo la redención
 
Este es el gran secreto de la redención. Cada vez que un dolor o la angustia que provocan nuestros pecados nos atenaza, bloqueándonos, hemos de saber y reconocer que estos dolores son como un fantasma detrás del cual se esconde Jesús, el mismo Jesús de las horas felices. Y descubrir que está allí para colmar nuestros vacíos, para devolvernos la pureza de corazón, cada vez que la hemos perdido. Porque se hizo oscuridad para darnos la luz, separación de Dios para darnos la I unidad con el Padre. Y Él ya ha vencido por nosotros. Tendremos entonces la clave para "resucitar" espiritualmente en ese momento, para vivir la redención. Y aunque después, si se trata de un pecado grave, tengamos que confesarnos sacramentalmente ya no quedamos paralizados, abandonados, sin salida.
Esta es la calidad "loca" del amor de Dios manifestado en Jesús. Se comprende entonces hasta qué punto es verdad que nada nos puede separar del amor de Cristo (Rm 8,35). Y se entiende lo que puede significar en concreto para nuestra vida de cada día, en que la cruz nunca falta a su cita, vivir la redención, ser y sentirnos redimidos.
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