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VIII Sábado del Tiempo Ordinario: Jesucristo, Sabiduría de Dios

Angel Moreno -

 

(Ecco 51, 17-27; Sal 18; Mc 11, 27-33) 

Jesucristo, Sabiduría de Dios

Hace uno días, interpretábamos que la Sabiduría de Dios se había manifestado en el Verbo hecho carne, Jesucristo, su Hijo, y  con esta forma de ver,  se comprendía mejor la relación personalizada con la Sabiduría divina, que no es la relación posible con un concepto, o una idea, sino con una persona, como nos enseña en tantos momentos el Papa Benedicto XVI: “En efecto, Jesucristo es la Verdad en Persona, que atrae el mundo hacia sí”.

Cuando leía en el texto que nos presenta hoy la Liturgia: “Siendo aún joven, antes de torcerme, deseé la sabiduría con toda el alma, la busqué desde mi juventud”, al referirla a mi experiencia personal, me vino a la memoria mi primera comunión. Y me ha sorprendido que el Papa, en la exhortación sobre la Eucaristía, diga: “Quisiera subrayar aquí la importancia de la primera Comunión. Para muchos fieles este día queda grabado en la memoria, con razón, como el primer momento en que, aunque de modo todavía inicial, se percibe la importancia del encuentro personal con Jesús”.

Desde la relación amiga con la persona de Jesucristo, Sabiduría de Dios, se comprende el pasaje del libro del Eclesiástico  y se asume su enseñanza como la mejor forma de mantener la relación con Él. En esta perspectiva, podríamos glosar el texto bíblico y al leerlo en clave cristológica, podríamos describir, al menos, el deseo de mantener un trato semejante con Jesús.

“Mi corazón gozaba con Él, mis pasos caminaban fielmente siguiendo sus huellas desde joven, presté oído un poco para recibirlo, y alcancé doctrina copiosa; su yugo me resultó glorioso, daré gracias al que me enseñó; decidí seguirlo fielmente, cuando lo alcance no me avergonzaré; mi alma se apegó a Él, y no apartaré de Él el rostro; mi alma saboreó sus frutos, y jamás me apartaré de Él; mi mano abrió sus puertas, lo miraré y lo contemplaré; mi alma lo siguió fielmente y lo poseyó con pureza.”

Una de las enseñanzas del Papa Benedicto gira sobre el descubrimiento de Jesús como persona, más que como doctrina, y el cristianismo como encuentro con la persona de Jesús, y no como una filosofía o ética. “Hoy se necesita redescubrir que Jesucristo no es una simple convicción privada o una doctrina abstracta, sino una persona real cuya entrada en la historia es capaz de renovar la vida de todos. Por eso la Eucaristía, como fuente y culmen de la vida y de la misión de la Iglesia, se tiene que traducir en espiritualidad, en vida « según el Espíritu ».

Con esta enseñanza, resuena el salmo: “La ley del Señor es perfecta y es descanso del alma; el precepto del Señor es fiel e instruye al ignorante”.

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