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VII Viernes de Pascua

Angel Moreno -

¡Ven, Espíritu Santo, Soplo, Hálito, Viento, Brisa de Dios!

¡Brisa en las horas de fuego, gozo que enjuga las lágrimas, y reconforta en los duelos!

Espíritu que te cernías al comienzo del tiempo sobre la faz de la tierra, ven y renueva la creación.

Espíritu, soplo de Dios, que infundiste vida al ser humano, y semejanza divina como sello de nuestro origen, ven y no dejes de alentar nuestra existencia.

Espíritu, brisa divina, tiempo de amistad con Dios, cuando las sombras se huyen, invitación al coloquio íntimo, hora del amor, ven e infunde calor de vida en el hielo.

Espíritu, viento impetuoso, capaz de revestir los huesos secos de carne embellecida, joven y amada, ven y no abandones la obra de tus manos.

Espíritu Santo, ráfaga de amor de Dios que llenase el corazón de tus fieles e inflamas el corazón de certezas, por saberse colmado de tu presencia, ven con tus silbos amorosos.

Espíritu, que arrebataste al profeta hasta lo más alto, eleva hacia ti nuestras mentes, cólmalas de conocimiento sapiencial y creyente, ven, vístanos para que comprendamos tu revelación.

Espíritu Santo, donación total del Hijo de Dios, aliento generador de salvación y de esperanza, ven sobre tu Iglesia, renueva la obra de la Redención en la humanidad.

Espíritu, antes que sople la brisa del día y se huyan las sombras, vuelve, sé semejante, amado mío, a una gacela o a un joven cervatillo por los montes de Béter.

Espíritu, ven en medio del horno de nuestra pasiones, como un frescor de brisa y de rocío.

Espíritu, ven como soplo que levante las olas y ahogue todos nuestros faraones despóticos y violentos.

Espíritu, Tú que eres el soplo de vida, ven sobre nuestras inercias y apatías.

Espíritu de santidad, envuélvenos con la caricia de tu brisa y llénanos de deseos santos.

Espíritu de amor, respira en mí, para que sea santo mi pensar.

Espíritu, mira el poder del pecado cuando no envías tu aliento, ven.

«Sal y ponte en el monte ante el Señor». Y he aquí que el Señor pasaba. Hubo un huracán tan violento que hendía las montañas y quebrantaba las rocas ante el Señor; pero no estaba el Señor en el huracán. Después del huracán, un temblor de tierra; pero no estaba el Señor en el temblor. Después del temblor, fuego, pero no estaba el Señor en el fuego. Después del fuego, el susurro de una brisa suave. Al oírlo Elías, cubrió su rostro con el manto, salió y se puso a la entrada de la cueva. Le fue dirigida una voz  que le dijo: «¿Qué haces aquí?» (1 Re 19, 11-13)

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