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Viernes Santo. Jesús muere en la Cruz

Angel Moreno. -
Cuando sentí la moción de acompañar los últimos días de la Cuaresma y de la Semana Santa, siguiendo las Estaciones del Via Crucis, y comencé a hacerlo desde el Lunes de Pasión, 14 días antes de la Pascua, me sorprendí al comprobar la coincidencia que tendrían los últimos pasos de Pasión con las celebraciones litúrgicas.

Hoy, Viernes Santo, no hace falta esforzarse para extraer alguna conexión entre las lecturas de la Liturgia y la contemplación de la muerte de Cristo. Hoy se proclama el relato de la Pasión de Cristo. Hoy se adora la Cruz. Hoy se guarda silencio ante Cristo muerto.
“Acerquémonos con seguridad al trono de la gracia, para alcanzar misericordia y encontrar gracia que nos auxilie oportunamente” (Hbr 5, 9).

En la iconografía se da el nombre de “trono de gracia” a la representación de la Santísima Trinidad, en la que el Padre recibe la ofrenda de su Hijo crucificado y lo sostiene con la fuerza y el amor del Espíritu Santo.

Cristo, al morir, vuelve a su Padre, al seno del que salió para hacerse hombre, a la intimidad amorosa en la que vivió desde el principio, a la relación de amor trinitario que le identifica. El Verbo, que estaba con Dios, vuelve a Dios.

Cristo ha dejado abierta la puerta para que podamos entrar con Él a gozar de la intimidad divina. La herida de su costado abierto es la clave. Somos llamados a vivir escondidos con Cristo  en Dios, en el saboreo del amor que se percibe en la entrega total de Jesús.
Es de noche, las tinieblas nos permiten la intimidad del beso a la Cruz, el abrazo al Crucificado, la opción secreta de seguirlo, de ir detrás de Él al recinto en el que nos muestra hasta dónde ha llegado su amor por nosotros: “Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos”.

Es noche de adoración, de acallar la mente, reposándola en el madero, entrando en el Misterio de la Vida que se ofrece a través de la entrega total. Las palabras de Jesús iluminan su cuerpo muerto: “El que pierde su vida la gana”.

Estamos ante el secreto cristiano por excelencia, ante la paradoja de la omnipotencia divina, ante la clave de la felicidad humana, ante el asombro de la promesa realizada: “Venid a mí todos los que estéis cansados y agobiados, que yo os aliviaré”.

El alivio nos viene de beber del torrente de sus delicias. Quien se ha acercado a la Cruz en momentos de dolor, de impotencia o en medio de circunstancias incomprensibles, ha recibido en lo hondo del ser una respuesta. La historia no se acaba con la muerte. El final no es la derrota del débil. Cristo nos desvela el triunfo del bien, del amor, de la vida, a través de la entrega total de sí mismo en manos de su Padre.

Al que cree se le concede de manera anticipada la luz de la Pascua, al mismo tiempo que contempla el rostro de la humanidad de Cristo muerto en la Cruz.

“¿Quién será el soberbio y miserable, como yo, que cuando hubiere trabajado toda su vida con cuantas penitencias y oraciones y persecuciones se pudieren imaginar, no se halle por muy rico y muy bien pagado, cuando le consienta el Señor estar al pie de la Cruz con San Juan?” (SANTA TERESA DE JESÚS, Vida 22, 5).
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