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Vida religiosa, «oído» de discípulo

Por BARBARA PATARO BUCKER -
Nos referimos al escuchar como audición y como docilidad a la Palabra. Se trata de un escuchar activo, de una actitud dinámica de prontitud y compromiso. Es un dinamismo liberador que genera vida, ya que es el mismo Dios el que despierta el oído y el corazón, afinándolos para que puedan oír su mensaje.

La felicidad del discípulo está en seguir-obedecer, aun con dolor, la causa del Maestro (Mt 5,11), que vivió su obediencia con dolor, solidarizándose con los dolores de todos los hombres y de todos los tiempos. Cuanta mayor sea la adhesión del discípulo al Maestro, más incondicional y radical será su esfuerzo por realizar la obra del Hijo en el mundo.

Desde esta perspectiva y desde dentro de las clases populares, explotadas, marginadas y oprimidas que gritan y suplican con su vida la necesidad de liberación, es como la vida religiosa se va haciendo más radical. Fue esa la orientación de la vida de Jesús y ésa ha de ser la de quienes deciden hacer de El el Absoluto de su vida. Esta consagración se concretiza aquí y ahora en la inserción liberadora junto al pueblo.

Tener «oído» de discípulo: condición para seguir a Jesús


La experiencia de Dios representa el corazón y la raíz de la vida consagrada. Indescrip-tible, pero sentida, mantiene a la persona abierta a la total donación de sí. La vida reli-giosa, cuando escucha dócilmente, se convierte en respuesta obediente de aprendizaje y transformación liberadora, siguiendo el ejemplo del mismo Jesús. De este modo, se convierte en anuncio de un futuro feliz para nuestro mundo, llamado Reino de Dios, ya visible en ella como simiente.

La vida religiosa se compromete públicamente a vivir profunda y seriamente el segui-miento de Jesús en la comunidad eclesial, pero no de modo atemporal y ahistórico. La consagración a Dios no nos lleva a huir de este mundo. Er_ la escucha de la Palabra el religioso, en actitud profética, aprende a descifrar los acontecimientos de la vida con la acción salvadora del Señor. Oímos y crecemos en esperanza, solidaridad y piedad. Oí-mos, vemos y saboreamos en todas las cosas la presencia misteriosa del Dios Enmanuel.

Seguir a Cristo es reconocerlo en el pobre y en el que sufre. El mismo Cristo se identifi-có con los más pequeños (Mt 25). Aquel que no se angustia con la suerte de los hom-bres y mujeres marginados y no se encuentra dispuesto a darse totalmente para que to-dos se salven no está plenamente identificado con Cristo. Seguir a Jesús como oyente fiel es vivir sus opciones en favor del pobre, del hijo perdido, de los perseguidos y mar-ginados de la sociedad, lo que en nuestra realidad significa identificamos con esos des-preciados. Eso conlleva para la vida religiosa el sacrificio, llegando en ocasiones al mar-tirio en sus más variadas formas.

La acción liberadora se hace presente en la propia vida del pueblo mediante el anuncio del Reino entre los pobres y la denuncia de las injusticias institucionalizadas y de todo lo que se oponga a la acción de Dios.
Esta opción evangélica por los pobres presupone la renuncia a muchos privilegios y compromisos de los religiosos con los sectores del poder. Presupone el distanciamiento crítico con respecto a la mentalidad y puntos de vista de esos sectores, para acoger y adoptar la perspectiva de los pobres.

Mujer religiosa: oyente en medio del pueblo


Cuando nos referimos a la vida religiosa en ese proceso de inserción, es necesario resal-tar honestamente la preeminencia efectiva de la vida religiosa femenina. No sólo está haciendo labores de suplencia en la Iglesia según las diversas necesidades. Sobre todo está con el pueblo y se hace pueblo, unida a él en su lucha por la sobrevivencia diaria, compartiendo sus esperanzas, manifestando así la presencia de Dios en esa comunión de vida.

El pueblo se siente robustecido, dignificado y fortalecido en la convivencia con las her-manas, aprendiendo en ese intercambio lo que solamente la mujer puede ofrecer. La mujer por su mismo ser descubre la relación humana como «urgencia», canaliza todo hacia la persona y su contexto, juega ahí todo su destino e invierte toda su riqueza.
Invirtiendo sus energías en una realidad contemplada de forma crítica, la religiosa exor-ciza una mentalidad ingenua de servicio muchas veces aliada al sistema opresor. Es aquí donde la vida religiosa femenina está conquistando su propio espacio para anunciar el Reino de Dios.

En el fondo, la mujer, la religiosa, se está interando: su posición es «estar en el medio», mediar en el diálogo entre Dios y la persona porque entra en el misterio de la transmi-sión de la vida. Hago mías las palabras de Arturo Paoli: « Toda relación con Dios está ciertamente mediada por la mujer.»

Seguir el camino, atentos a la palabra


La vida religiosa está siguiendo un camino de escucha. Una escucha que se traduce en compromisos cada vez más radicales, orientados a la comunión, la solidaridad, el com-partir, el desinstalarse y la conversión.

Este ha sido el camino y el trayecto de fidelidad al Señor, que cada mañana quiere des-pertar el oído y el corazón para que el discípulo le oiga, le acoja y le ame. Nuestras cer-tezas no están en los resultados, sino en la calidad de la búsqueda. Nos basta permane-cer como discípulos fieles, que todavía tienen mucho que aprender del Maestro, que será siempre quien indicará su camino liberador en este proceso de hacernos más reli-giosos como hermanos de todos, sobre todo de los más pobres, como signo que indica la realidad última de la historia: Dios todos en todos.
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