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Vida religiosa : Liturgia y Eucaristía existencial

Ciudad Redonda, Ciudad Redonda -

La tradición del culto transformada por Jesús. La vida religiosa como entrega total y permanente. Vida religiosa eucarística.

SEVERINO-MARÍA ALONSO RODRÍGUEZ:

(JPG) Nació en Pedrosa (León) el año 1933. Es sacerdote claretiano. Doctor en teología, diplomado en espiritualidad y en mariología. Ha sido formador de estudiantes teólogos en el Líbano y en Roma, superior provincial de la provincia clatetiana de León. Ha sido director de Instituto de vida religiosa de Madrid y de la revista Vida Religiosa. En la actualidad es catedrático de teología de la vida consagrada en el Instituto teológico de vida religiosa de Madrid. Toda la geografía hispana así como diversas naciones Europa y de América han sido el escenario de su docencia oral. De docencia escrita son testigos sus muchos artículos (más de un centenar) y sus numerosos libros, como: La vida consagrada. Síntesis teológica, Madrid 200112; Amistad y consagración, Madrid 20014; Las bienaventu-ranzas de la vida consagrada, Madrid 19886; Una pasión de amor: consideraciones teológicas sobre la vida consagrada, Madrid 2006.


Resumen de la ponencia

La pregunta de la mañana del jueves, día 20, continúa siendo la misma que ayer: «¿Qué celebramos y para qué?». El primer ponente fue el catedrático Severino-María Alonso. Habló de la apremiante necesidad de «volver al Evangelio», que equivale exactamente a volver a la Persona de Jesús, en su modo radical de vivir para Dios y para los hombres, es decir, para el Reino. Recordó que Jesús, en su humanidad, no es sólo el sacramento primordial, sino el único sacramento: el Salvador y la Salvación. Presentó a la Iglesia como «el sacramento de Cristo», como «la presencia visible del Cristo invisible», es decir, como su nueva Corporeidad,  que le permite ahora seguir salvándonos, de un modo «connatural» a nuestra condición de espíritus corpóreos.

Es la Iglesia entera, en cuanto nuevo Cuerpo de Cristo, la que tiene como misión esencial e irrenunciable visibilizar y re-presentar sacramentalmente –litúrgicamente–, o sea, de forma visible, verdadera y real, a Cristo en todas las dimensiones de su misterio. Pero no lo puede hacer ‘todo’ en ‘todos’, sino «todo entre todos», sin monopolios y sin nivelaciones. De ahí, la necesaria comunión de Carismas.

Recordó que la liturgia no es sólo una acción personal de Cristo, sino “Cristo en persona”, que revive y actualiza en la Iglesia y con la Iglesia, todo su misterio.

En esta misión esencial de la Iglesia de hacer de nuevo realmente visible a Cristo entre los hombres, le corresponde a la vida especialmente consagrada, por vocación y por carisma singular, visibilizar al mismo Cristo en el misterio de su pro-existencia activa, siendo para él «una nueva Humanidad», según la expresión de Juan Pablo II, tomada de sor Isabel de la Trinidad. Y ello, por la vivencia, fraterna y apostólica, de sus actitudes vitales de virginidad-pobreza-obediencia.

De este modo, la vida consagrada se convierte en un ‘acto’ y en un estado litúrgico de culto permanente, de alabanza, de inmolación y de adoración, incluso de «holocausto», como una liturgia viva y una eucaristía existencial. Por medio de ella, la Iglesia revive, de un modo especial –aunque no exclusivo, por supuesto– la dimensión teologal-contemplativa de Cristo y su pleno sacrificio de inmolación, de comunión y de alabanza.

El ponente hizo un amplio comentario al canon 607, 1, del Código de Derecho Canónico, que define y describe la vida consagrada en términos verdaderamente «sacerdotales». Las palabras literales de este canon son elocuentes: «La vida religiosa, en cuanto consagración de toda la persona, manifiesta en la Iglesia aquel admirable desposorio, fundado por Dios, que es signo del mundo futuro. De este modo, el religioso consuma la plena donación de sí mismo, como un sacrificio ofrecido a Dios, por el cual toda su existencia se convierte en un culto continuo a Dios en amor».

Siguiendo a Kart Rahner, puso en guardia contra «la herejía del olvido», tan frecuente y tan funesta, ofreciendo una cura de memoria evangélica. Por eso, presentó la vida consagrada como memoria eclesial del Evangelio o como memoria evangélica de la Iglesia, comorecordatorio permanente del radicalismo del seguimiento evangélico de Cristo. Concluyendo con las certeras palabras de Juan Pablo II, en la exhortación apostólica postsinodal: «Ciertamente, la vida consagrada es memoria viviente del modo de existir y de actuar de Jesús, como Verbo encarnado, ante el Padre y ante los hermanos. Es tradición viviente de la vida y del mensaje del Salvador».


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