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VI Viernes del Tiempo Ordinario

Ángel Moreno -

La confusión

Hoy terminamos la lectura de los primeros capítulos del libro del Génesis. Otros años a estas alturas solemos estar en tiempo de Cuaresma, de ahí la pedagogía de cortar la lectio continua del primer libro de la Biblia.

Como sucede con otros textos, es muy diferente leerlos en un contexto mayor. Si nos quedamos con que la torre de Babel y la confusión de lenguas eran una estrategia del Creador, la enseñanza nos resulta extraña. Sin embargo, si leemos que mientras el ser humano busca atrincherarse, defenderse, ascender de forma voluntarista, Dios propicia la diversidad y la universalidad, en este caso el pasaje es iluminador.

La naturaleza humana anhela seguridad, impone homogeneidad, edifica muros de defensa. El Creador desea que toda la tierra sea la casa de su criatura, y se expanda por el universo entero el testimonio vivo de la semejanza divina que representa el hombre.
Sorprende ver a los hombres querer alcanzar el cielo, mientras que Dios desea pasear por el jardín de la tierra. Y aún más sorprende el contraste entre una humanidad afanada en conseguir el poder y la fama, y Dios, que se hace uno de tantos, como un hombre cualquiera.

En el relato de la ciudad terrena edificada por el afán humano, el hombre, si no cuenta con la referencia trascendente, sino que se endiosa y mitifica, cayendo en la propia idolatría, acaba en la confusión; su propia fuerza empeñativa se convertirá en fuerza erosionante. El salmista lo formula de manera sapiencial: “El Señor deshace los planes de las naciones, frustra los proyectos de los pueblos; pero el plan del Señor subsiste por siempre”.

Estamos asistiendo a una gran crisis cultural del bienestar, al derrocamiento de poderes asentados en el totalitarismo. El salmista, en otro momento, nos anticipa: “Si el Señor no construye la casa, en vano se cansan los albañiles” (Sal 126).

No entendemos que Dios confunda, sino que cuando los humanos actuamos sin tener en cuenta a Dios, acabamos sin posibilidad de entendernos, sumergidos en nuestros afanes de riqueza, poder y honor; en definitiva, en nuestras egolatrías.

Providencialmente, el texto evangélico de hoy afirma: “¿De qué le sirve al hombre ganar el mundo entero si arruina su vida? ¿O qué podrá dar uno para recobrarla?”

Dios no está en contra del progreso, sino de la prepotencia. Mejor, la prepotencia nos conduce a destruirnos. Dios será capaz de rehacer nuestras casas en ruinas.

Jesús nos invita a edificar la casa sobre roca. Dios es el mejor cimiento. Los que así edifican no tiemblan, están seguros para siempre.
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