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VI Miércoles del Tiempo Ordinario

Ángel Moreno -

 

La teología de los números

Al leer detenidamente los textos que narran la creación, se puede descubrir el uso de algunas cifras significativas, que se repiten y que no pueden ser casuales, sino que deben de encerrar un sentido más trascendente que el númerico.

La creación se desarrolla en siete días, y sorprende que después de tres mil años, la distribución actual del tiempo siga siendo semanal. Por siete veces el texto señala que Dios se complació en su obra: “Y vio Dios que era bueno”, forma bíblica de afirmar la bondad y la belleza de todo lo creado. La naturaleza es buena y bella, es el destello de la gloria divina. La humanidad es buena, ha sido hecha a imagen y semejanza de Dios. Por encima de todo otro sentimiento, debe surgir la alabanza al Creador, en nombre de todos los seres creados. “Criaturas todas del Señor, bendecid al Señor”.

En el texto que se nos ofrece hoy para contemplar, siguen apareciendo los cómputos de siete días, el tiempo que estuvo Noé con su familia metido en el arca, antes de comenzar el diluvio, y los días que retuvo a la paloma, después de salir la primera vez del arca, terminado el diluvio. El siete es un número de perfección, un número pascual.

En el mismo relato se señala que, desde el inicio al final del diluvio, pasaron cuarenta días y cuarenta noches y, después de que acabaron las lluvias, transcurrieron también cuarenta días, hasta que se secó la tierra y se pudo salir del arca.

Todas estas cifras revelan una enseñanza. El ritmo sabático, en sentido profético indica la Pascua del Señor, la venida del Espíritu. La cuarentena señala un periodo de tiempo generacional, la vida entera, que será una continua intemperie por diversas situaciones adversas, representadas en el agua torrencial que, gracias al arca, se puede superar y resistir.

El arca de Noé, en medio de las aguas, nos evocará el canastillo en el que se salva Moisés, en medio del río Nilo, el recinto entrañable: Cuando el pueblo de Israel llegó al río Jordán, al entrar los portadores del arca en el cauce, se paró la corriente, y pudo pasar el pueblo a la tierra de la promesa. El arca de Noé, el canastillo de Moisés, el arca de la alianza profetizan el cenáculo, la comunidad de fe, la Iglesia.

Hoy también, a nivel personal y social, existen diluvios, circunstancias que se nos presentan insuperables, intemperies dramáticas, donde parece que todo sucumbe. La vida es un combate. Jesús va a permanecer en el desierto durante cuarenta días, donde le tentará por el diablo. Todos interpretan que la cuarentena significa la travesía de la existencia, probada y acrisolada en la tentación, pero asistida por el Espíritu. En el tiempo de Noé, después de la tormenta, aparece la figura de la paloma, que sale, de nuevo, en el séptimo día sobre la faz de la tierra. Y se describe una nueva creación. Al Espíritu le rezamos: “Ven, Espíritu Santo, y renueva la faz de la tierra”.

La prueba del diluvio es la experiencia caótica, que tantas veces nos sacude. Pero siempre podemos acudir al arca, a la comunidad, a la referencia salvadora de la Cruz, y experimentar cómo Dios siempre salva con los dones de su Espíritu.
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