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Ver oír y callar.

Francisco Carín, cmf -
    La suerte de ser el mayor de siete hermanos es que uno puede ver, en diferido, la educación que mis padres me dieron… Yo me acuerdo que cuando mis hermanos llegaban a la edad en que empezaban a hablar con soltura y cierto desparpajo se imponía establecer ciertos límites a las aventuras filológicas del chaval. Cuando empezaban mis hermanos (de mí no me acuerdo) a decir “pues mi mamá dice…” al volver a casa, más tarde o más temprano, mi madre terminaba estableciendo la regla de oro de la lingüística infantil: “los niños oyen, ven y callan”. No era sino un intento, muchas veces efímero, de evitar situaciones críticas del tipo:
    Mamá: No hija, no estás para nada gorda
    Tía Luisa: Que sí hija, que sí, que me he pesado y algo he engordado.
    Mamá: La báscula que estará mal, anda, anda
… Y entonces interviene Albertito, al que nadie pidió vela en el entierro: Pues el otro día mamá dijo que la tía Luisa se estaba poniendo como una vaca
    Oooops! Miradas asesinas, sonrisas entrecortadas y cosas del estilo “anda Albertito, deja de decir tonterías, que va mamá a decir eso, anda que no te imaginas cosas, ya te he dicho que no se puede mentir…”

    Evidentemente, todos sabemos que a ciertas edades los niños no mienten, no tienen capacidad para ello, pero si que dicen verdades… no saben ni de diplomacia ni de mentiras piadosas. De vuelta a casa mamá, aleccionará a Albertito, no sea que a la siguiente nos salga con cosas aún más privadas.

    En China ocurre algo parecido. La gran madraza gubernamental China (“Netnanny” en una de sus epifanías) llega a extremos aún mayores. No sólo es oír ver y callar, sino, los chinos ni pueden ver, ni oír y han de callar.

    A principios de octubre junto a la ya larga retahíla de sitios de Internet a los que  habitualmente no tenemos libre acceso desde China (Flicker, Blogspot, Wordpress, Wikipedia, BBC…) se sumaba Youtube. La razón no estaba muy clara, pero seguramente que estaría relacionada con dos acontecimientos que sucedieron por aquella época. Por un lado la celebración del XVII Congreso del Partido Comunista Chino. Seguramente querrían evitar voces de disentimiento extendiéndose a través de videos, o caricaturas del congreso. Ciertamente es una estética de lo más kitsch, y las caras de los asistentes emitidas por televisión mostraban a unos burócratas siguiendo la plática como si en ello les fuera la vida… aunque la realidad es que poco pueden decir u opinar y todo esta ya precocinado antes de empezar; las malas lenguas dicen que pasada la cámara dejan de actuar y vuelven a la catatonia, único antídoto seguro contra los monólogos eufemísticos de horas que lanzan desde la tarima.

    La segunda razón, dicen que pudo ser la reciente ola de actuaciones internacionales del Dalai Lama, especialmente el encuentro con el Presidente de los EE.UU y la entrega de la medalla de oro del Congreso estadounidense. Las imágenes fueron rápidamente subidas a Youtube y claro el Dalai Lama está en la escala china de perversos polimorfos a escasos milímetros de Falungong, ese “culto malvado”.

    Y he aquí que todos sin Youtube… y a esperar, que eso es lo bueno de Internet en China, que cada día te levantas sin saber si podrás recibir tu correo (los últimos 10 días de octubre también fallaba Hotmail… sólo lo podías ver de 11 de la noche a 7 de la mañana), leer el periódico o consultar el tiempo… Esperanza alimentada cada mañana… es un poco como vivir cada día ese espíritu de adviento, ya sí pero todavía no…

    Hablo con ironía, pero no porque me ría de la situación, sino porque si uno se lo tomara a pecho se desesperaría; cuando preguntas a los chinos… -gente con doctorados y esas cosas, no creas… te dicen y que se va a hacer, pues nada, y aunque yo le digo que hay formas de saltarse la “muralla electrónica china”, me dicen ¿para qué? ¿Qué más da?



    ¡Ay, que sin vivir!... En el fondo el feudalismo que vivió China hasta el fin del imperio (si es que alguna vez lo dejó de vivir) sigue ahí, ahora en forma de “Comunismo o socialismo científico” –primo moderno de aquel despotismo ilustrado europeo- todo para el pueblo pero sin el pueblo. La “Revolución Francesa” aún no ha llegado aquí. El ver y el oír esta escrupulosamente controlado, y el callar es ya algo aceptado (la famosa autocensura de los medios de comunicación y de los blogs chinos). ¡Esto si que es sociedad armónica!, tanto que ya entra en la armonía del Silencio de los Corderos. Lo triste es que mucho potencial creativo –y mucha vida- del pueblo Chino están perdiéndose, y eso no se recupera. Algunos analistas consideran que el modelo económico-social de desarrollo que persigue China es el de Singapur, orden, control y estabilidad son más preciosos que libertad, autoexpresión y creatividad.

    Algunos les dan la razón, otros se la niegan; a mi me cuesta aceptarlo. Como cristiano me cuesta creer, como a Jarcha, lo que dicen los “viejos”; que ese “país necesita palo largo y mano dura para evitar lo peor”. Yo prefiero creer que para haber armonía hace falta más de un sonido, un matiz de color o un sueño. One world, one Dream, dice el lema olímpico… y ¿no sería mejor un mundo lleno de muchos sueños, cada uno distinto pues todos lo somos, pero sueños que buscan armónicamente y con respeto un futuro mejor para todos y para todo? Esperemos que este sueño no termine en pesadilla.
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