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V Lunes de Cuaresma

Angel Moreno -

 

(Dn 13, 1-9. 15-17. 19-30. 33-62; Sal 22; Jn 8, 1-11)

Texto para meditar 

Ella dijo gritando: -«Dios eterno, que ves lo escondido, que lo sabes todo antes de que suceda, tú sabes que han dado falso testimonio contra mi, y ahora tengo que morir, siendo inocente de lo que su maldad ha inventado contra mi.»

El Señor la escuchó.

Mientras la llevaban para ejecutarla, Dios movió con su santa inspiración a un muchacho llamado Daniel; éste dio una gran voz: -«¡No soy responsable de ese homicidio!»

Reflexión

Tanto el texto del libro de Daniel como la secuencia que se lee del Evangelio de San Juan, tienen como acción principal la escena de un juicio que entablan unos ancianos contra una mujer; en ambos casos, se echa sobre ella el peso de la culpa, queriendo poner de manifiesto así la dignidad y justicia de los acusadores.

La enseñanza que se nos ofrece, más allá de lo anecdótico de las descripciones literarias magistrales, es la actitud y resultado que se obtiene cuando nos abandonamos al juicio de Dios. En el caso de Evangelio, el mismo Cristo es el juez, de quien escuchamos la sentencia emblemática: “nadie te ha condenado, yo tampoco te condeno”. Hay varios ejemplos en la Biblia, en los que, ante situaciones sin salida, como le sucedió a la reina Ester - «Mi Señor y Dios nuestro, tú eres único. Ven en mi socorro, que estoy sola y no tengo socorro sino en ti, y mi vida está en peligro»-, o al rey David - «Estoy en grande angustia. Pero caigamos en manos del Señor que es grande su misericordia. No caiga yo en manos de los hombres»- (2 Sam 24, 14), al ponerse en las manos de Dios, los acontecimientos sucedieron de forma distinta a lo que se preveía por la intriga de los hombres. El salmista canta “mejor es refugiarse en el Señor que fiarse de los hombres”.

El salmo interleccional se hace eco de la situación límite en la que cabe la reacción creyente de la confianza: “Aunque camine por cañadas oscuras, nada temo, porque tú vas conmigo”. Tanto las dos lecturas como el salmo, a la luz de los acontecimientos de la Pasión de Cristo, anticipan la actitud que Jesús nos enseña a la hora de su muerte, cuando grita: “Padre, a tus manos encomiendo mi espíritu”.

Oración

“El Señor es mi pastor, nada me falta: en verdes praderas me hace recostar; me conduce hacia fuentes tranquilas y repara mis fuerzas. Me guía por el sendero justo, por el honor de su nombre. Tu bondad y tu misericordia me acompañan todos los días de mi vida, y habitaré en la casa del Señor por años sin término”.

Propuesta

Jesús dijo: -«Tampoco yo te condeno. Anda, y en adelante no peques más.»

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