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UNA VISIÓN DE “LARGO ALCANCE” PARA VIVIR DE VERDAD EN PAZ

Ron Rolheiser, (Trad. Carmelo Astiz) -

Hace unos años, participé yo en un simposio en el que analizamos la lucha que muchos jóvenes libran hoy con su fe. Uno de los participantes, un joven Oblato canadiense francés nos ofreció esta perspectiva:

“Yo trabajo con estudiantes universitarios, como capellán. Estos jóvenes sienten un entusiasmo por la vida y viven con una energía y color que me dan envidia. Pero noto que, debajo de todo ese entusiasmo y energía, carecen de esperanza, porque no tienen una “ultra-narrativa” (una “visión de largo alcance”). No poseen una gran historia, una gran visión, que les puedan dar perspectiva más amplia, más allá de los altibajos de su vida cotidiana. Cuando su salud, sus relaciones y sus vidas marchan viento en popa, se sienten felices y rebosantes de esperanza. Pero lo contrario es también cierto. Cuando las cosas no ruedan bien, todo su mundo se desploma. No  tienen nada que les proporcione una visión de mayor alcance, más allá del momento presente”.

Fundamentalmente, lo que ese religioso oblato canadiense describía se podría resumir como: “la paz que puede darnos nuestro mundo”.  Jesús, en su discurso de despedida en la Última Cena, contrapone dos clases de paz: la paz que él nos deja y la paz que el mundo nos puede dar.  ¿Qué diferencia hay entre las dos?

La paz que nos puede dar el mundo no es una paz mala o negativa. Es auténtica y buena, pero es frágil e insuficiente.

Es frágil porque nos la pueden arrebatar fácilmente. La paz, tal como normalmente la experimentamos en nuestra vida, se basa en sentirnos sanos, queridos y seguros.  Pero todos esos elementos son frágiles. Pueden cambiar radicalmente con una visita al médico, con un mareo inesperado, con un repentino dolor de pecho, con la pérdida de un empleo, con la ruptura de una relación, con el suicidio de un ser querido o con múltiples formas de engaño que nos pueden sorprender en la vida. Intentamos extremadamente tomar medidas para garantizar la salud, la seguridad y la honradez de nuestras relaciones, pero vivimos con demasiada ansiedad, sabiendo que esos elementos son siempre frágiles. Vivimos en una paz inquieta, preocupada.

Así mismo, la paz que experimentamos en nuestra vida ordinaria nunca nos llega clara, sin sombra. Como decía el famoso escritor espiritual, Henri Nouwen, hay una cualidad de tristeza  que impregna todos los momentos de nuestra vida, de forma que, aun en nuestros momentos más felices, sentimos algún vacío, hay algo que falta. En cada satisfacción asoma una conciencia de limitación. En cada logro, en cada éxito, aparece el miedo de los celos y la envidia. En cada amistad se atisba una distancia. En cada abrazo se insinúa la soledad. En esta vida no existe una alegría clara, pura, bien definida. Cada porción de vida viene tocada por una porción de muerte. El mundo puede darnos paz; lo único que nunca nos la da perfectamente.

Lo que Jesús ofrece es una paz que no es frágil; es una paz resistente, que ha superado ya el miedo y la ansiedad, que no depende de sentirse sano, seguro y amado en este mundo. ¿En qué consiste, entonces, esta paz?

En la Última Cena, cuando estaba a punto de morir, Jesús nos ofreció este don de su paz. Y ¿en qué consiste, pues? La paz que Jesús nos ofrece es la seguridad absoluta de que estamos conectados con la fuente de vida de tal forma que nada, absolutamente nada, puede jamás romperla – ni la mala salud, ni el engaño o traición de nadie, ¡vaya! ni siquiera nuestro propio
pecado. Nos sentimos incondicionalmente amados y sostenidos por la fuente misma de la vida, y nadie puede cambiar eso. Nadie puede cambiar el amor incondicional de Dios hacia nosotros.

Ésa es la “ultra-narrativa”  (la “visión de largo alcance”) que necesitamos para guardar la auténtica perspectiva durante los altibajos de nuestra vida. Nosotros somos como actores de una obra teatral. El final de la historia o del drama está ya escrito y es un final feliz. Sabemos que al fin triunfaremos, como también sabemos que tendremos que pasar algunas escenas pedregosas antes de ese final. Si guardamos eso claro en nuestra mente, podemos aguantar con mayor paciencia las tragedias que nos suceden y que aparentemente tienen que ver algo con la muerte. Es Dios mismo, fuente de la vida misma, quien nos sostiene incondicionalmente.

Si eso es cierto -que lo es-, entonces gozamos de una seguridad de vida, una integridad y felicidad que superan las pérdidas de juventud, de salud, de reputación, la traición o el engaño de los amigos, el suicidio de algún ser querido, e incluso nuestras propias traiciones y pecados.  Al fin, como afirma Julián Norwich, todo acabará bien, todo estará bien y todos los seres, de cualquier clase que sean, se encontrarán bien.

Y nosotros necesitamos esta seguridad. Vivimos en constante ansiedad, porque nos damos cuenta de que nuestra salud, seguridad y relaciones son frágiles; sentimos que nuestra paz puede desaparecer fácilmente. Vivimos también con remordimiento y con pesar por nuestros propios pecados e infidelidades. Y vivimos con bastante desasosiego e inquietud a causa de relaciones rotas y de seres queridos destrozados por la amargura o el suicidio. Nuestra paz es efectivamente frágil y afectada por la inquietud.

Necesitamos apropiarnos y asimilar con mayor profundidad el don de despedida de Jesús para nosotros: Os dejo una paz que nadie puede arrebataros: Sabed que os amo y que os sostengo incondicionalmente.

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