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Una plaza mas o menos redonda

Alfredo Gomez Cerda en Supergesto 73 -

    La plaza era más o menos redonda. Tenía siete árboles viejos, que habían sobrevivido a todas las obras. Tenía cuatro bancos de madera. Tenía una fuente. Tenía cinco farolas, a cuyo talle se   se abrazaban cinco papeleras. Y nada más. La plaza más o menos redonda no tenía nada más.
    Los siete árboles daban sombra a las personas y servían de hogar a un centenar de gorriones.
    En los cuatro bancos de madera la gente se sentaba a merendar, a leer el periódico, a mirar a los demás, a dibujar corazones atravesados por las flechas del amor.
Alrededor de la fuente jugaban los niños: atascaban el desagüe de la pileta con tierra y abrían el grifo hasta que se formaba un charco grande.
    Las cinco farolas se encendían al atardecer y las amorosas papeleras siempre estaban llenas de envoltorios de golosinas.
Algunas mañanas, Lola y Braulio, dos gitanos jóvenes, aparcaban su vieja furgoneta en la plaza y vendían melones. El pelo de Braulio parecía esculpido en carbón brillante. El delantal de colores de Lola no disimulaba su embarazo.

    Todos los días, puntualmente, Manuel acudía a la plaza más o menos redonda. Manuel era muy viejo y caminaba despacio, arrastrando los pies. Cada paso que daba le costaba un esfuerzo muy grande. Su rostro, lleno de surcos, parecía un campo áspero y recién labrado, en el que sólo brillaban las dos gotas de rocío que eran sus ojos.
    Manuel había vivido siempre en el pueblo, en su casa grande y horizontal de adobe, muy cerca de la tierra. Pero cuando Elia murió, su hijo Manolo se lo llevó a vivir a su piso de la gran ciudad.
    Se sintió extraño Manuel en la nueva casa, vertical y pequeña, en la que apenas había sitio para acomodarlo. Se sintió extraño con su hijo y su nuera, tan hacendosos. Se sintió extraño con sus nietos que no se despegaban del televisor. Se sintió extraño en aquel barrio donde todo el suelo era de asfalto y cemento.

    Un día, paseando, Manuel encontró la plaza más o menos redonda. Desde entonces, acude puntualmente a ella todas las tardes. Se sienta en un banco y abre la bolsa de plástico donde lleva un trozo de pan, que desmigaja para que puedan comerlo los cien gorriones que viven en los siete árboles. Algunos pajarillos se atreven incluso a picotear en la  palma pétrea de su mano.
    Manuel siente que los cien gorriones le necesitan. De vez en cuando pasan  por la plaza más o menos redonda los guardias. Pasan frente a Lola y Braulio, los gitanos que venden  melones, pero no les dicen nada. Los guardias recuerdan el día en que les quitaron la fruta por vender sin licencia y Manuel comenzó a defenderlos. Al final, todo el barrio se puso de su parte y los guardias tuvieron que meterse a toda prisa en su coche con luces y sirenas  y marcharse de allí.

    Manuel piensa  que Lola y Braulio le necesitan. Si alguien recrimina a los  niños cuando encenagan la fuente y forman un charco, Manuel se levanta del banco muy enfadado y grita: "¡Dejen a  los niños en  paz! ¡Los niños tienen que jugar!" Los niños quieren  a Manuel  y a veces le han invitado a jugar con ellos.
Manuel piensa que los  niños le necesitan. También piensa que  le necesitan los enamorados  que se besan en los bancos y pintan sobre los respaldos corazones atravesados por las flechas del amor.

    Y cuando se encienden las cinco  farolas, al atardecer, Manuel se levanta del banco y regresa hacia la casa de su hijo Manolo, vertical y pequeña, con su nuera tan hacendosa, con sus  nietos que no se despegan del televisor, en medio de aquel barrio tan grande y sin tierra firme.

    Y mientras se esfuerza por mover sus piernas, habla en voz alta con Elia:
— Tendrás que esperar un poco más. Esta plaza más  o menos redonda es lo único con sentido que le queda a este barrio. Y temo que, si yo me marcho, desaparezca también. Tengo  que quedarme un poco más, pero no te impacientes,  cariño.
                                                    Ilustraciones de Fuencisla del Amo




- Cuéntanos la historia de alguna plaza o algún lugar que para ti sea especial. ¿Por qué es especial?
- Cuéntanos por qué tu abuelo es importante para ti... o para otras personas. ¿Qué es lo que le ayuda a vivir con ilusión cada día?
- ¿Qué es lo que hay en tu vida que hace que ésta merezca la pena? ¿Qué desaparecería si tú no estuvieras? ¿Quién te necesita?


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