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Una pesada cruz.

Alejandro Carbajo -

No hace mucho, me pidieron que dirigiera un retiro de fin de semana a un grupito de jóvenes comprometidos de San Petersburgo. Y están de verdad comprometidos, porque pertenecen a un grupo que se llama “Militia Dei”. Informan, aconsejan, asesoran, combaten contra las sectas, en fin, que pasan mucho tiempo hablando de Dios y ayudando a otros a distinguir lo que es bueno de lo que sólo te complica o estropea la vida. A decir verdad, no me venía muy bien, pero a esta gente hay que apoyarla. Bastante hacen ellos por la Iglesia, a tiempo y a destiempo, para que luego les digamos que no. Así que consulté con la Comunidad, arreglamos la misa en español (quedó encargado el p. José Mª Vegas) y acepté la oferta.
 
Puesto que no había casa en San Petersburgo para reunirnos, tuvimos que ir a Velíkii Nóvgorod. A 180 kilómetros de San Petersburgo. No es mucho, pero las carreteras de Rusia, por desgracia, están lejos de ser lo que son en España, por ejemplo. No te duermes al volante, porque el firme no hace honor a su nombre, y con frecuencia hay agujeritos, agujeros y agujerazos. Así es la vida, la misión es lo que tiene.
 
Fuimos en dos coches, porque conmigo éramos 6 personas. En Nóvgorod nos esperaban otros 3 miembros del grupo. El 2º conductor era novel, con poco tiempo de carnet, pero se puso a rueda y llegamos bastante bien. A pesar de salir algo tarde.
 
¿Y por qué salimos tarde? Porque una chica se retrasó. Puede pensar el lector que es normal, que siempre hay alguna chica que se retrasa, todos los que han organizado alguna cosa en las parroquias saben que siempre hay alguien que llega tarde. Las excusas suelen ser bastante originales, pero esta vez, la explicación me dejó atónito. Esta señora llegó tarde porque tuvo que tranquilizar a su marido, antes de salir a los ejercicios. El pobre tiene un problema muy serio con el alcohol, y esta buena mujer, después de mucho tiempo dedicada a él, decidió darse un tiempo para sí y venirse al retiro. Para poder hacerlo, tuvo que dejarle encerrado en casa, sin llaves. Así se aseguraba de que no iba a caerse en cualquier esquina, abriéndose la cabeza, que no le iban a robar el dinero o el móvil, que no se iba a pelear con nadie… Es muy duro tener que recurrir a estos extremos, pero a veces hay que tomar decisiones serias. Y ella lo hizo. Le escondió varias botellas por la casa, con el fin de que, si el hombre quería beber, tuviera que llamar por teléfono y preguntar dónde estaban las botellas.
 
El caso es que pasamos un buen fin de semana, gracias a la amabilidad del p. Vladímir, que nos acogió en la parroquia de san Pedro y san Pablo. Las condiciones eran tirando a espartanas, pero cuando hay buena voluntad y ganas de encontrarse con Dios, nada detiene a un creyente. Pasaron rápido el sábado y el domingo, con participación en la misa dominical incluida. Incluso me encontré con un chaval de Perú, estudiante de Medicina, que conocí hace algunos años en San Petersburgo, y que sigue en Nóvgorod. Es buena persona, no podía ser de otro modo, se llama Alejandro… Bromas aparte, creo que aprovechamos el tiempo, el grupo y yo.
 
La que peor lo pasó fue esta mujer de la que estoy hablando. Su marido no llamó en todo el fin de semana, y no contestaba al teléfono, ni al fijo, ni al móvil. La pobre rezó mucho, por ella y por él.
 
Llegó el domingo por la tarde, y la vuelta a casa. Después de un viaje tranquilo, con mucha lluvia y una parada para tomar algo, llegamos a la urbe. Esta mujer me pidió que la acompañara a casa, por si acaso… Allá que nos fuimos, y, cuando llegamos, gracias a Dios su esposo estaba bien. Había resuelto la tarea, había encontrado las botellas, y por eso no necesitó llamar. Se encontraba en un estado lamentable, debido a la ingesta de alcohol, pero vivo. A mi amiga le cambió la cara. Pocas veces he visto una alegría tan sincera.
 
¿Por qué escribo sobre ella? Porque, de camino hacia su casa, me dijo que quizá fuera difícil vivir en un país extranjero, hablar una lengua extraña, estar lejos de tu patria y de tu gente… Al final, dijo que me admiraba, a mí y a los sacerdotes y religiosos que trabajamos en esta ciudad de San Petersburgo. Ella nos admira. Ella, que lleva años lidiando con un “miura” de cuidado, el alcoholismo de su esposo. Ella que, en vez de abandonarle a su suerte, como hace la mayoría de la gente (y tendría motivos para dejarle), ha decidido cumplir aquello que prometió en su día, “en la salud y en la enfermedad, en la riqueza y en la pobreza…, hasta que la muerte nos separe”. Ella, que tiene que trabajar por los dos, para salir adelante. Ella, que vive en condiciones muy difíciles, porque la crisis ha llegado también a Rusia. Ella, que se va de retiro, para poner algo de orden en su vida y dejar que Dios le ilumine en un momento difícil. Ella me admira a mí, que tengo de todo, que me siento querido, que veo que estoy haciendo lo que Dios quiere, donde Él quiere. Yo lo oía, le escuchaba diciendo que me admiraba, y no me lo podía creer. Es que todavía hay gente buena.
 
Llevo muchos días rezando por esta mujer. Y por su esposo. Y por las muchas madres, esposas, abuelas, que tienen que cargar con la cruz de un familiar alcohólico. Para que sientan la presencia cercana de Cristo, ayudándolas a llevar esta carga. Os pido que también vosotros recéis por ellas. A ellas sí que hay que admirarlas.

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