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Una mirada esperanzada (II)

Salvador León Belén -
En entregas posteriores irán apareciendo nuevos nombres y nuevas vivencias que han hecho posible que esta flor nunca quedara marchita. Antes bien, la hemos visto volver a florecer en personas que no lo esperaban, comunidades eclesiales que han visto la luz, enfermos que han sido confortados, amores que se han unido, reconciliaciones, jóvenes que han levantado un poco más la mirada y han logrado ir más lejos.

Las cosas de Dios acaban bien. Todo estaba llamado a ser más en el Señor. Ahora sabemos que a lo sembrado él le dará crecimiento, que parte del trabajo se perderá, otra parte tardará en dar fruto y tal vez otras muchas semillas no alcanzarán su madurez. No podemos convertir en absoluto lo que es relativo. Habrán sido muchos los defectos, las impaciencias, los errores, las prisas, pero estamos contentos de haber renovado nuestra vocación misionera y de haber “tomado parte en las duras tareas del evangelio”. Nuestra voluntad de servicio la hemos activado. La realidad nos ha tocado y la hemos tocado.

Esperanza, gracias por habernos seducido, por ponerte a nuestro lado, por colocarnos en tu zona y no en la tierra de la desesperación y del abatimiento. La misión ha sido una lucha paciente realizada en la confianza del labrador que espera la cosecha cultivando la tierra y orando para que llegue la lluvia la lluvia. Lucha despojada de cálculos y especulaciones, siempre guiada por ti y por el poder de tu encanto.

Quisimos evitar chapuzas y desidias. Por eso hubo un tiempo de preparación, de capacitación, de visitas, de formación con un buen número de laicos misioneros que se pusieron a protagonizar esta hermosa aventura. Sin ellos, nada de lo alcanzado hubiese sido posible. Con ellos, todos hemos fortalecido nuestro deseo de ser la iglesia de la esperanza, la comunidad de los hermanos que se quieren y se animan. Con llos, nos hemos manifestado contra la violencia y la injustita, hemos levantado la voz y la palabra por la defensa de la vida y de la familia. Así lo hicimos constar en la manifestación realizada en los últimos días del mes de agosto por las calles de la colonia La Planeta ubicada en la parroquia La Guadalupe (La Lima). Al final de la marcha se leyó el siguiente comunicado: “En esta tarde, todos los habitantes de las Colonias Planeta, san Cristóbal, Nueva Jerusalén, 22 de Mayo, Independencia y otras comunidades vecinas, nos hemos unidos para manifestarnos por la familia y por la vida. Estamos viviendo en un ambiente donde abunda la violencia (69 muertos en 8 meses), la injusticia, la inseguridad, la extrema pobreza. Esta situación es provocada por:
  1. la falta de programas de gobierno, que favorezcan a las clases más desprotegidas.
  2. la falta de oportunidades para la educación. Muchos niños y jóvenes no tienen acceso a un centro educativo por el alto costo económico que esto implica, incluso en las escuelas oficiales.
  3. la desintegración familiar, provocada por la pérdida de valores humanos y religiosos en el seno de la familia. La extrema pobreza o la ambición por las cosas materiales hace que los padres y madres emigren a otro país,         especialmente a Estados Unidos, dejando a sus hijos sin un hogar bien constituido. Como consecuencia de esta desintegración familiar, las calles se convierten en el hogar para muchos niños y jóvenes que carecen de los elementos básicos para su desarrollo como seres humanos.
Nos pronunciamos también en contra de la irresponsabilidad de hombres y mujeres que engendran hijos y luego no son responsables de su educación y crecimiento.

Queremos decir a las autoridades locales y nacionales, que no es por medio de las armas y el poderío como se logrará la paz y el bienestar del pueblo y de la nación, sino con la justicia y el amor. Les rogamos y les instamos a que destinen más presupuesto para educación y salud. Es fundamental que creen programas para la reconstrucción de las familias y para el trabajo por el desarme a todos los niveles. Que desde las altas esferas del gobierno se elimine la corrupción y se trabaje con conciencia limpia por la liberación del pueblo oprimido.

La iglesia católica seguirá trabajando por hacer de cada hogar una “iglesia doméstica” donde los hijos puedan crecer en paz, amor y libertad”.

Sabemos, amiga esperanza, que, a pesar de todo, te saldrás con la tuya. Te doy con todos mis hermanos y hermanas rendidas gracias por ensanchar los pulmones de nuestra libertad y haberlos abierto al oxígeno de tanta gracia humana y divina. Nos has comunicado a través de tantos amigos tuyos, ánimo y temple para seguir trabajando sin que la escasez de los frutos provoque en nosotros desaliento. Tu nombre se llenó de contenido, de realidad, de futuro, de plenitud, de alma. Nos has vuelto a engendrar. Te hemos visto y tocado. Te hemos anunciado y celebrado. Nos volviste a abrir los ojos para que guardásemos en nuestra retina lo que cada día nos ibas mostrando, lo que tantas veces habíamos leído juntos y ahora comenzábamos a comprender y a ver con más claridad: “el gozo y la esperanza, la tristeza y la angustia de los hombres de nuestro tiempo, sobre todo de los pobres y de todos los afligidos, son también gozo y esperanza, tristeza y angustia de los discípulos de Cristo” (Vaticano II, GS 1.7).

Termino mi carta y comienza la contienda, nacida a tu sombra y aliento, escrita con la ayuda de muchas personas que voluntariamente volvieron a ofrecerme lo mejor de ellas mismas escribiendo sus testimonios de misión, de compromiso, de fe, de trabajo incansable por la vida, la paz, la familia y la justicia. Recibí cada uno de estos testimonios como auténticos ejemplos de generosidad, gratuidad, lucha por un mundo mejor, confianza ante la vida y también ante la muerte. Esta última visitó a Brisilda unos días después de haber hecho el esfuerzo de escribir su proceso de enfermedad y la vivencia de la misma dentro de su familia y de su mundo laboral. Escucharla y celebrar con ella los sacramentos de la reconciliación y de la eucaristía fue nuevamente otra gracia grande, otra encarnación del evangelio, la personificación de la bienaventuranza de los que trabajan por la paz y la justicia.

Los valores del Reino necesitan la concreción y el realismo para hacerlos más visibles y creíbles. Ellos y ellas me los han mostrado con luz propia, con el corazón en la mano, con la plegaria en los labios, con la huella de sus palabras escritas, con la fe viva puesta en Dios.

El pequeño grupo de testimonios será como un viaje al interior de cada una y de cada lectora y de cada lector, y se convertirán como en una salida de nosotros mismos para entrar en otro mundo y para poner por unos instantes nuestras vidas en las suyas comprometiéndonos con ellos. Os aseguro que no es fácil; se necesita empatía, sensibilidad, lectura reposada, entrañas, cercanía. Pero estoy convencido de que todos tenemos valores
que hacen posible que podamos entrar en comunión. Con todos ellos he comprendido mejor el valor de la entrega, la fragilidad de todos los humanos, la fuerza entrañable del amor y la inquebrantable confianza de todos los que ponen su confianza en el Dios de la vida.

Como una auténtica página evangélica, pongo en vuestras manos amigas la vida que me fue regalada para que crezca en todos nosotros el corazón agradecido y el canto de los bienaventurados. Por falta de tiempo y cansancios acumulados, apenas pude acompañar estos regalos con los relatos y narraciones misioneras que en otras ocasiones pude escribir. Saldrán a la luz los primeros que tuvieron lugar en Río Lindo. Los demás se quedaron guardados “cuidadosamente” en el corazón dándome aliento y vida.
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