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Una mirada esperanzada (I)

Salvador León Belén -
    A modo de carta quiero comenzar estos nuevos relatos nacidos de la experiencia de otra misión por tierras hondureñas.

Querida esperanza: te escribo al iniciar este diario, lo hago con la firme convicción de no haberme sentido defraudado por ti. He comprobado que “la esperanza no defrauda porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones” (Rm 5, 5). Eres una planta que perteneces al huerto del corazón de los hombres. Eres delicada y frágil y hasta puedes enfermar por tantos desengaños y pruebas. Estás sin aliento en muchas personas que han caído en la decepción, en la no vida, en la inseguridad, en el miedo, en la incapacidad de mirar al futuro.
“Caravanas de tristeza” pueblan los corazones de muchos hondureños que han visto de cerca la muerte, la desesperación, la infidelidad, la injusticia, la indignación, la más absoluta pobreza, el hambre y la muerte.

A pesar de tantas sombras tú, amiga mía, te has abierto paso, has tenido coraje y has inaugurado caminos nuevos. ¡Qué fuerte eres! ¡No te has dejado vencer! Has vuelto a visitar tu jardín y te has quedado en él para ser flor perenne, una flor perenne. Te hemos visto consolar, florecer, acompañar, jugar, denunciar, orar, compartir, crecer, arriesgar, resucitar... Has hecho la vida vital y a cada uno de nosotros nos has hecho peregrinos en el
jardín de la vida y de la muerte.

Al lado de tu belleza, nació como una pequeña gota de agua la “santa misión” – como así gustan de llamarla nuestros amigos  hondureños – Tú has sido capaz de sostener este sueño y hacerlo realidad en el año de gracia 2006. Te confieso que tuve mis dudas y vacilaciones por la complejidad de la inmensa tierra en la que habitas silenciosamente unas veces, y a gritos, otras. Bien sabes que cuando te visité un año antes temblaba mi voz y mis pies. La inseguridad me habitaba por los cuatro costados. Fui a ti desnudo de papeles, en pura fe, con la confianza puesta en Aquel que nos iría abriendo todas las puertas y todos los corazones. Llevaba tu tesoro en vasijas de barro y en mi pequeña mochila no cabían las ilusiones y los entusiasmos por estar contigo y con los tuyos. Pronto nos hicimos amigos y nos pusimos a dialogar con preocupación, afecto y hondura. Me mostraste tu realidad, tus necesidades, tus anhelos. Te ofrecí mi tiempo, mi vida, mi compromiso de estar todos los días a tu lado. Juntos hemos gozado y sufrido, juntos hemos peregrinado y nos hemos mantenido en la brecha.
¡Qué llevadero se hace todo cuando se sienten ganas de vivir y de crecer al lado de la belleza!

Agradezco, amiga esperanza, tu coraje, tu fuerza, tu firmeza y radicalidad. Contigo volví a descubrir que no hay nada mejor para un evangelizador que ser evangelizado; nada mejor para un predicador que ser predicado; nada mejor para un misionero que ser misionado. Tu voz y las miles de voces humanas fueron tejiendo y entretejiendo el entramado “artístico” del quehacer misionero. Digo artístico porque esta misión se fue creando, imaginando, pariendo entre todos, aunque no todos estuvieron en tu misma armonía. No faltaron algunos que fueron poniendo
piedrecitas en el camino, zancadillas, malas caras, inhibiciones, críticas duras, objeciones...; pero tal vez lo hicieron por desconocimiento, desinformación o poca capacidad de riesgo y audacia. Tú fuiste en todo momento paciente y comprensiva con todos. ¡Cuánto se aprende al lado tuyo!

Muy pronto caí en la cuenta de que uno sólo es incapaz de esperar, de aguantar. Uno solo se desalienta. ¡Qué bueno es encontrar personas amigas que comunican tu aroma y fragancia y no se lo guardan para sí! ¡Qué bueno cuando un hermano se acerca a otro hermano para “arrimar el hombro” y caminar en la misma dirección! En todo momento nos hemos sentido en compañía, nos hemos compenetrado y hemos entendido mejor la risa y el llanto, el gozo y la desolación, las anchuras y las estrecheces, la fe y la duda, el amor y el desamor, la unión y la desunión, la justicia y la injusticia. El camino recorrido ha sido duro y difícil, pero no nos ha faltado tu aliento y tu alegría.

Después de todo lo vivido tengo que contarte que la “Santa Misión” ha sido un “magnificat”, un canto agradecido a cuantos la hicieron posible Al Espíritu, que estuvo grande en todo momento, a los hombres y mujeres, que se desbordaron en su acogida, hospitalidad y compromiso apostólico. Al testimonio de vida y de trabajo evangelizador de Monseñor Ángel Garachana, que no se ahorró descansos; tampoco se dio treguas y estuvo en todo momento con todos y en todo. Doy fe de haber vuelto a ver a un hombre de Dios, incansable, viajero constante, agradecido, amable, con todo su tiempo para la escucha y la acogida, obediente a la voz de su Señor, austero, vestido de sencillez evangélica, servidor, valiente en su predicación. Obispo misionero que hunde sus raíces en una oración prolongada. Vive en la sinceridad del amor; es noble en sus sentimientos, sin reparo a manifestarlos, tozudo, “bravo”. Tiene la cruz tan clavada en su corazón como lo está en la tierra que pastorea en el nombre del único Pastor.
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