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Un día en la vida de una monja.

Visto en Revista Fe, Arte, Solidaridad y Tú -
Son muchas, más de ochocientas mil, las religiosas que andan distribuidas por el mundo entero en ocupaciones distintas: cuidan enfermos, dan clases, viven en barrios obreros al lado de la gente, de sus preocupaciones y sus desgracias o dedican su vida a la contemplación. Las encontramos en las grandes ciudades, en los pueblos, en algún rincón de África, América o Asia. No hacen ruido. Trabajan. En la Iglesia los altos cargos los tienen los hombres. Pero estas mujeres, diversas, a veces ignoradas, pacientemente, con su vida dedicada a Dios y a los demás, son la savia que nutre la vida cristiana, el río de agua bienhechora. Como ejemplo, presentamos el relato de una jornada en la vida de Carmen Ferreté, religiosa misionera de Jesús-María en Guinea Ecuatorial.

Guinea Ecuatorial. Isla de Bioko. Malabo, barrio periférico de la ciudad. Barrio de aluvión, llega continuamente gente del interior en busca de mejores condiciones de vida. Casas de madera y chapa. Familias hacinadas. Un bar junto a otro. Podríamos decir un barrio de Cuarto mundo en el Tercer mundo.

Son las cinco de la mañana. Las luces de la casa de las Hermanas empiezan a encenderse. Se huele a café. Alguna más madrugadora lo ha preparado. El barrio duerme. Anoche la música no paró hasta bien tarde. La actividad en el barrio comienza cuando clarea, a las seis. Para las Hermanas es la hora de la serenidad, oración, reflexión. Una hora no “amenazada” por reclamos externos. A las seis y cuarto salida hacia la ciudad para la celebración de la Eucaristía. Encuentro con muchos cristianos, los de cada día. Los cantos no faltan en la celebración, no sería tal si no los hubiera. Encuentro con otras religiosas. Saludos cortos; todos vamos al trabajo.

Desayuno rápido. A unos minutos de la vivienda, el colegio. A las ocho de la mañana suena la campana, 330 niños y niñas forman en el patio. Suena el himno de Guinea mientras se iza la bandera. Con mucha seriedad escuchamos, día tras día, aquella estrofa: “Tras dos siglos de estar sometidos a la dominación colonial, en perfecta unión y fraternidad cantemos libertad”. ¿Saben lo que cantan? ¿Conocemos lo que cantan? Los sentimientos se entremezclan. La historia es la historia. Triunfa el deseo de no repetir lo que ha podido hacer daño. Eduquemos en libertad y responsabilidad.

Niños y niñas de siete y ocho años, sonrientes y contentos: “Hermana, ¿me llamas hoy para leer?, ¿me toca hoy?” Sentimiento de cercanía, cariño y de poder despertar, en esas personitas en crecimiento, el ansia de superación. Hoy una pequeña, con dificultad en pronunciar “casa”, “caramelo” (decía “tasa”, “taramelo”), me dice con gran satisfacción, “mira ya sé decir casa, caramelo, queso”. ¡Bravo, tú llegarás!

Casi cada día un niño a 40 de fiebre, una pequeña con diarrea; hay que correr al hospital. ¡La sanidad! ¡Qué preocupación! El barrio está rodeado de basuras. Un desguace de coches al lado del colegio. Cartas al Ayuntamiento. Los mayores de quinto sensibilizados escriben a la alcaldesa. “¡Queremos llegar a mayores, la basura mata!, ¿puede hacer algo?” ¡Qué impotencia la de todo el barrio!

La misionera no nace, “se hace”. Día a día el contacto con una población que intenta sobrevivir, que lucha por un trabajo digno, que vive, o malvive, va golpeando el corazón y lo transforma hasta sentir que vamos haciendo, juntos, un camino de fraternidad. Hay días que es más fácil rezar a Dios diciendo “¡Padre!”, que decir “nuestro”. Una mirada alrededor te interpela. ¿Cómo hacer para que el Evangelio de Jesús, sea una buena noticia que libere?

La ciudad es otra cosa, hay limpieza, orden, se nota que hay petróleo, el barrio es el olvidado, el que desborda todas las previsiones, donde no llega ni el petróleo ni, casi, la electricidad. En la casa de las Hermanas es un continuo entrar y salir: llamadas, consultas. “Hermana, ¿me das unos limones?”, “hermana, quiero encargar una misa para mis difuntos”, “hermana, toma estas papayas, ¡tenéis forasteros!”, “hermana, el sábado no estaré, voy al pueblo, tengo defunción”.

Es la una y media, hora de la comida. Se cocina a la española o a la guineana, según la hermana que la hace. Plato único. Momento de encuentro fraterno interrumpido a menudo por llamadas a la puerta (los horarios, a veces, no coinciden).

Las tres de la tarde. Hoy me toca estudio con las internas. La residencia de las chicas al lado de la casa de la comunidad. Jóvenes de Bachillerato, de cuarto a último curso, que estudian en diversos colegios. “Carmen, mañana me toca filosofía, o literatura, o francés, ¿me puedes ayudar?” Y piensas, en estas jóvenes de 17, 18 años, ¿podrán llegar a cubrir sus aspiraciones de ser mujeres respetadas, cultas, agentes de cambio en la transformación de la sociedad? ¡Es un reto y un objetivo prioritario para nosotras! Cuando a las siete y media de la tarde acuden a rezar, las que quieren, la oración y el deseo se hacen intensos. ¡Señor, ayúdalas, acompáñalas!

La cena, un bocadillo. Es el final de la tarde, el momento de compartir, de descansar, de reír juntas, de comentar los incidentes de la jornada, lo que pasa, lo que dice la gente; es el momento de ver las noticias del país; de constatar, muchas veces, la impotencia ante las situaciones que se viven; de soñar nuevas maneras de hacer. Termina un día lleno, vivido intensamente; tocado por muchas situaciones humanas.

Sobre las diez de la noche la casa va quedando silenciosa. Otro momento para la serenidad, la relectura del día, situar cada acontecimiento donde corresponde, confiar, agradecer lo vivido, sobre todo las personas con las que has tratado. ¡Se aprende tanto de la gente! En verdad, la gente, el proyectar juntos, es lo que te retiene en el país. Fuera, en el barrio, la música de los bares suena sin parar; te acostumbras, casi te arrulla.

(Fuente: Revista El Ciervo, nº 649, abril 2005)
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