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Un buen anuncio

Darío Pérez en Revista Fast -


No sé si será porque la especialidad la hice en Marketing, pero el caso es que yo soy de los que, entre zapping y zapping, hago algo de caso a la publicidad televisiva. Y hoy, mientras practicaba ese ejercicio, vi claro que los cristianos estamos desperdiciando la oportunidad de dar difusión a “un buen anuncio”.

Si una tipa de mediana edad es capaz de cantar -sobre un escenario en mitad del campo- que pruebes la eficacia de unas compresas para las pequeñas pérdidas, ¿dónde estamos nosotros para anunciar al que nos sostiene hasta en las grandes pérdidas? Si el entrañable Leopoldo Abadía tiene los bemoles de hablarnos de repostaje inteligente refiriéndose a un combustible, ¿dónde estamos nosotros para anunciar al que nos recarga las pilas y nos llena no sólo el depósito?

Te lo digo en serio, que faltamos ahí o en otros foros, pero que no se oye nuestro “producto” y mira que es extraordinario. Nos hemos quedado en el obsoleto “el buen paño en el arca se vende” y -por comodidad, cobardía o vaya usted a saber- tenemos al buen Dios metidito en el último rincón de su arca (quiero pensar que será la de la Alianza). Cada vez que la muchacha de turno que elige Pantene nos dice eso de que “yo lo valgo”, debería faltarnos tiempo para contestar que Dios sí que lo vale. Porque si lo piensas, al margen de lo trascendente, Él hasta valdría en cualquier anuncio. Para empezar, es la mejor crema antienvejecimiento. Para seguir, cuece y enriquece más que cualquier esencia de Gallina Blanca, poniendo algo más que sal a nuestra vida. Y para terminar -de momento- tiene poco que envidiar a los mejores dentífricos a la hora de granjearnos una sonrisa perfecta.

Insisto, que toca espabilarse, actualizarse y atreverse. Si Dios no “vende” hoy en día todo lo que corresponde a su grandeza, quizás sea porque el boca a boca (el que sigue a la prueba de cualquier producto) no es convincente. ¿Acaso no compramos tal lavavajillas porque nos lo recomendó alguien al que los platos le quedaron relucientes? ¿Acaso no elegimos las mismas vacaciones de aquéllos que nos contaron a su vuelta experiencias inolvidables? ¿Dónde estamos ahí nosotros, para contar que desde que probamos a Dios nuestra vida es otra, que ya no queremos buscar ni comparar más, que no lo cambiamos ni aunque nos den dos tambores de otro (eso decían de un detergente) porque Él sí que localiza nuestras manchas y las elimina (y perdona) de inmediato?

Algo debe de faltarle a nuestra fe y a nuestras vivencias si no tenemos convencido ya a todo el vecindario. Viendo un anuncio de Pedigree se me ocurre sugerir que quizás haya que incidir en que es Dios, y no el perro, el mejor amigo del hombre y esta relación es la que verdaderamente hay que alimentar…

Si en televisión cabe el anuncio de un colchón de viscoelástica, tiene que haber espacio para comunicar que Dios es el que nos hará dormir bien y con la conciencia tranquila (sobre todo si escuchamos y hacemos su voluntad). Eso por no hablar de su eslogan “vengan a mí los que estén cansados y yo les haré descansar”.

Ahora que hay hasta un artículo que te indica cuáles son los mejores días para concebir un hijo, tendríamos que poder gritar en “prime time” que el que no quiera una vida estéril deberá aproximarse a Dios, que será el mejor aliado para dar fruto.
Te parecerá tontería pero es que, ante nuestra apatía, otros nos comen el terreno. El anti-inflamatorio Reflex ya nos ha quitado el lema de “Alivio rápido y eficaz”, pero casi más hiriente es que lo haya hecho Ikea y tenga que ser desde unos muebles -y no desde Dios- cómo “redecoremos nuestras vidas”. La sensación que me queda es que nos hemos dejado invadir por las palabras de Carlos Baute y estamos en continuas rebajas, pero en la exigencia. Y eso no es; nuestro estilo no es liquidar saldos sino una súper-oferta 3×1 en Dios y con regalos inigualables: la vida, su hijo,…

Termino mi alegato apoyado en dos anuncios de seguros para coches. Primero, tendríamos que tener “línea directa” con Dios, si así lo hiciéramos estaríamos convencidos de que contratando con Él se está asegurado a todo riesgo, sin que por ello dejen de preocuparte los terceros. Y segundo, deberíamos irradiar ese convencimiento, de modo que todos quisieran pasarse a nuestra compañía o al menos se preguntaran por ella. Si así fuera sinceramente, el buen anuncio del cristiano podría ser algo más que una tímida y material “equis” marcada en una casilla y parecerse al de los asegurados por la Mutua Madrileña: gritando o cantando un entusiasta y comprometido “soy, soy, soy”.

    * Darío Pérez es Salesiano Cooperador, profesor de Bachillerato y miembro del dúo musical Darío & Guzmán
http://revistafast.wordpress.com
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