icono estrella Nº de votos: 0

Tu llamada

Angel Moreno -

Oración para la celebración del día de la Vida Consagrada

Fue tu llamada, Señor, al corazón,
cerca del mar, con mi barca y poco más.
Seguiré escuchando hoy tu voz,
para mí: un gesto claro de amor.

Y TU MIRADA ME LLENÓ DE PAZ
Y COMPRENDÍ LO QUE ERA AMAR.
HOY TU LLAMADA VUELVE A RESONAR,
SEÑOR JESÚS,
ES CADA DÍA LA FUERZA PARA ANDAR.

Sin rumbo fijo, Señor, de mar en mar,
de puerto en puerto, no he encontrado lugar.
Invoqué el mejor viento a mi favor
y encontré tu mano firme al timón.

Y TU LLAMADA HOY VUELVE A RESONAR
EN MI INTERIOR.
GUÍAME POR ESTE MAR.

Leemos con calma los textos que siguen. Después de la lectura dejamos un tiempo de silencio
y al final del mismo cantamos el estribillo siguiente.

Nada nos separará, nada nos separará, nada nos separará del amor de Dios

Desde los comienzos del primer monacato, hasta las actuales «nuevas comunidades», toda forma de vida consagrada ha nacido de la llamada del Espíritu a seguir a Cristo como se enseña en el Evangelio. Para los fundadores y fundadoras, la regla en absoluto ha sido el Evangelio, cualquier otra norma quería ser únicamente una expresión del Evangelio y un instrumento para vivirlo en plenitud. Su ideal era Cristo, unirse a él totalmente, hasta poder decir con Pablo: «Para mí la vida es Cristo»; los votos tenían sentido sólo para realizar este amor apasionado.

La pregunta que hemos de plantearnos en este Año es si, y cómo, nos dejamos interpelar por el Evangelio; si este es realmente el vademecum para la vida cotidiana y para las opciones que estamos llamados a tomar. El Evangelio es exigente y requiere ser vivido con radicalidad y sinceridad. No basta leerlo, no es suficiente meditarlo. Jesús nos pide ponerlo en práctica, vivir sus palabras.

Jesús, hemos de preguntarnos aún, ¿es realmente el primero y único amor, como nos hemos propuesto cuando profesamos nuestros votos? Sólo si es así, podemos y debemos amar en la verdad y la misericordia a toda persona que encontramos en nuestro camino, porque habremos aprendido de él lo que es el amor y cómo amar: sabremos amar porque tendremos su mismo corazón.

Papa Francisco, Año de la Vida Consagrada

Nada nos separará, nada nos separará, nada nos separará del amor de Dios

 La radicalidad evangélica es estar “arraigados y edificados en Cristo, y firmes en la fe”, que en la Vida Consagrada significa ir a la raíz del amor a Jesucristo con un corazón indiviso, sin anteponer nada a ese amor, con una pertenencia esponsal como la han vivido los santos... El encuentro personal con Cristo que nutre vuestra consagración debe testimoniarse con toda su fuerza transformadora en vuestras vidas; y cobra una especial relevancia hoy, cuando «se constata una especie de “eclipse de Dios”, una cierta amnesia, más aún, un verdadero rechazo del cristianismo y una negación del tesoro de la fe recibida, con el riesgo de perder aquello que más profundamente nos caracteriza». Frente al relativismo y la mediocridad, surge la necesidad de esta radicalidad que testimonia la consagración como una pertenencia a Dios sumamente amado.

Benedicto XVI, El Escorial 19.08.2011

Nada nos separará, nada nos separará, nada nos separará del amor de Dios

Dios elige a algunos hombres y los llama individualmente para llevarlos al desierto y hablarles al corazón. A quienes lo escuchan, los separa y, mediante su Espíritu, los convierte constantemente y acrecienta en ellos el amor para encomendarles una misión.
Nace así una alianza de amor en la que Dios se entrega al hombre y el hombre a Dios; alianza que la Escritura compara con los esponsales.  El dinamismo interno de la consagración se sitúa en el centro de esta alianza.

Constituciones, 11

Nada nos separará, nada nos separará, nada nos separará del amor de Dios.

Durante algunos minutos interiorizamos el contenido de los textos propuestos y hacemos eco de lo que nos ha gustado más.

Oremos.

Señor, deseo encontrarme contigo,
porque cuando estoy contigo
siempre nace y renace en mí la alegría.
Te pido que la alegría de tu Evangelio
llene mi corazón y toda mi vida.

Cuando mi vida interior se cierra en mis propios intereses,
no hay espacio para los demás, no entran los pobres,
y no escucho tu palabra,
entonces no disfruto de la alegría de tu amor,
y en mí no palpita el entusiasmo de hacer el bien.

Señor Jesús, en cualquier lugar o situación en la que me encuentre,
ayúdame a renovar mi encuentro personal contigo,
a tomar la decisión de dejarme encontrar por ti,
de buscarte cada día sin detenerme.

Sé, que cuando asumo un riesgo,
tú estás a mi lado y no me desilusionas,
y cuando doy un pequeño paso hacia ti,
descubro que tú ya me estabas esperando.

Señor Jesús tú sabes que me he dejado,
y de mil maneras he huido de tu amor,
pero estoy aquí otra vez
para renovar mi alianza contigo.

Te necesito.
Rescátame de nuevo Señor,
acéptame una vez más
entre tus brazos de Padre.

Permíteme levantar la cabeza y recomenzar,
que me socorra tu ternura que nunca decepciona
y que siempre me puede restituir la alegría.

Ayúdame a no huir de tu resurrección,
a no darme nunca por vencido, suceda lo que suceda.
¡Haz que tu amor me empuje a andar siempre hacia adelante!

Ayúdame a vivir con alegría las pequeñas cosa de la vida cotidiana,
como respuesta a tu invitación afectuosa de Padre
y, en cuanto sea posible, ayúdame a tratarme bien
y a no privarme de un día feliz.
La alegría del Evangelio 1-4

¿Quién nos separará de su amor?, ¿la tribulación, la espada?
Ni muerte ni vida nos separará del amor de Cristo, el Señor.

¿Quién  nos separará de su paz?, ¿la persecución, el dolor, quizá?
Ningún poder nos separará de aquel que murió por nosotros.

¿Quién nos separará de su alegría, quién podrá arrebatarnos su perdón?
Nadie en el mundo nos alejará de la vida en Cristo Jesús.

Carta Apostólica con ocasión del año de la Vida Cosacrada

Este Año nos llama también a vivir el presente con pasión. La memoria agradecida del pasado nos impulsa, escuchando atentamente lo que el Espíritu dice a la Iglesia de hoy, a poner en práctica de manera cada vez más profunda los aspectos constitutivos de nuestra vida consagrada.

Desde los comienzos del primer monacato, hasta las actuales «nuevas comunidades», toda forma de vida consagrada ha nacido de la llamada del Espíritu a seguir a Cristo como se enseña en el Evangelio. Para los fundadores y fundadoras, la regla en absoluto ha sido el Evangelio, cualquier otra norma quería ser únicamente una expresión del Evangelio y un instrumento para vivirlo en plenitud. Su ideal era Cristo, unirse a él totalmente, hasta poder decir con Pablo: «Para mí la vida es Cristo»; los votos tenían sentido sólo para realizar este amor apasionado.

La pregunta que hemos de plantearnos en este Año es si, y cómo, nos dejamos interpelar por el Evangelio; si este es realmente el vademecum para la vida cotidiana y para las opciones que estamos llamados a tomar. El Evangelio es exigente y requiere ser vivido con radicalidad y sinceridad. No basta leerlo (aunque la lectura y el estudio siguen siendo de extrema importancia), no es suficiente meditarlo (y lo hacemos con alegría todos los días). Jesús nos pide ponerlo en práctica, vivir sus palabras.
Jesús, hemos de preguntarnos aún, ¿es realmente el primero y único amor, como nos hemos propuesto cuando profesamos nuestros votos? Sólo si es así, podemos y debemos amar en la verdad y la misericordia a toda persona que encontramos en nuestro camino, porque habremos aprendido de él lo que es el amor y cómo amar: sabremos amar porque tendremos su mismo corazón.

Nuestros fundadores y fundadoras han sentido en sí la compasión que embargaba a Jesús al ver a la multitud como ovejas extraviadas, sin pastor. Así como Jesús, movido por esta compasión, ofreció su palabra, curó a los enfermos, dio pan para comer, entregó su propia vida, así también los fundadores se han puesto al servicio de la humanidad allá donde el Espíritu les enviaba, y de las más diversas maneras: la intercesión, la predicación del Evangelio, la catequesis, la educación, el servicio a los pobres, a los enfermos... La fantasía de la caridad no ha conocido límites y ha sido capaz de abrir innumerables sendas para llevar el aliento del Evangelio a las culturas y a los más diversos ámbitos de la sociedad.

El Año de la Vida Consagrada nos interpela sobre la fidelidad a la misión que se nos ha confiado. Nuestros ministerios, nuestras obras, nuestras presencias, ¿responden a lo que el Espíritu ha pedido a nuestros fundadores, son adecuados para abordar su finalidad en la sociedad y en la Iglesia de hoy? ¿Hay algo que hemos de cambiar? ¿Tenemos la misma pasión por nuestro pueblo, somos cercanos a él hasta compartir sus penas y alegrías, así como para comprender verdaderamente sus necesidades y poder ofrecer nuestra contribución para responder a ellas? «La misma generosidad y abnegación que impulsaron a los fundadores – decía san Juan Pablo II – deben moveros a vosotros, sus hijos espirituales, a mantener vivos sus carismas  que, con la misma fuerza del Espíritu que los ha suscitado, siguen enriqueciéndose y adaptándose, sin perder su carácter genuino, para ponerse al servicio de la Iglesia y llevar a plenitud la implantación de su Reino».

Al hacer memoria de los orígenes sale a luz otra dimensión más del proyecto de vida consagrada. Los fundadores y fundadoras estaban fascinados por la unidad de los Doce en torno a Jesús, de la comunión que caracterizaba a la primera comunidad de Jerusalén. Cuando han dado vida a la propia comunidad, todos ellos han pretendido reproducir aquel modelo evangélico, ser un sólo corazón y una sola alma, gozar de la presencia del Señor.

Vivir el presente con pasión es hacerse «expertos en comunión», «testigos y artífices de aquel “proyecto de comunión” que constituye la cima de la historia del hombre según Dios». En una sociedad del enfrentamiento, de difícil convivencia entre las diferentes culturas, de la prepotencia con los más débiles, de las desigualdades, estamos llamados a ofrecer un modelo concreto de comunidad que, a través del reconocimiento de la dignidad de cada persona y del compartir el don que cada uno lleva consigo, permite vivir en relaciones fraternas.

Sed, pues, mujeres y hombres de comunión, haceos presentes con decisión allí donde hay diferencias y tensiones, y sed un signo creíble de la presencia del Espíritu, que infunde en los corazones la pasión de que todos sean uno. Vivid la mística del encuentro: «la capacidad de escuchar, de escuchar a las demás personas. La capacidad de buscar juntos el camino, el método», dejándoos iluminar por la relación de amor que recorre las tres Personas Divinas como modelo de toda relación interpersonal.

Papa Francisco, Año de la Vida Consagrada.

Si te ha gustado, compártelo:
icono etiquetas etiquetas :
icono comentarios Sin comentarios

Comentarios

escribir comentario
Por favor escriba las letras como se muestran.