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Tragedia

Francisco Carín García -
\'\'Hace ya un mes que la tragedia saltó a nuestros televisores, a los periódicos, a la radio, a las homilías y oraciones… Hace ya un mes que una ola gigante en Asia cambió la vida de millones de seres humanos. El primer sentimiento que saltó a mi cabeza es “qué poco somos” especialmente cuando la naturaleza decide mostrar su poderío de tal modo. Qué poco y qué estúpidos somos, ese fue el segundo pensamiento. Los científicos, a los que sólo hacemos caso cuando nos interesa, nos repiten que estamos llevando el ecosistema terrestre a una situación que puede tener consecuencias insospechadas para el medioambiente, y que los efectos del calentamiento global podrían hacer del Tsunami asiático un juego de niños… pero ¿no siguen igual las cosas? Puede ser cierto que el hombre es el único animal que no tropieza dos veces en la misma piedra… pero más cierto aún es el el que es el animal que se tira las piedras a sí mismo y no se mueve para evitarlas. Más vale muerto que reconocer nuestro error. Polly Toynbee en un artículo del periódico “The Guardian” escribió un revelador artículo Charity that begins at home does not have to end there (pincha AQUÍ para leer el artículo, ojo está en inglés) que comentamos en clase de religión al inicio de año en el colegio donde enseño religión. En él afirmaba algo que creo deberíamos meditar todos e inscribírnoslo en el corazón a la hora de afrontar estas y otras tragedias: “Tsunamis may be inevitable; human failure to minimise suffering and share wealth is not.” (Para aquellos que todavía estamos mejorando en inglés vendría a ser algo así como Los tsunamis son inevitables; el fallo humano para minimizar el sufrimiento y repartir la riqueza no). Y ahora lo ilustro con otra tragedia que ha asolado nuestra tierra de Taiwán. Hace quince días un padre intoxicado etílicamente decide ventilar sus iras en su hija de cuatro años. Le propinó una soberana paliza; dice que era su forma de enseñarle buenos modales. Entre otras cosas la agarró del pelo y la lanzó al aire, provocando rotura de cráneo y desgarramiento del cuero cabelludo. Un vecino acudió y al poco se presentaron una ambulancia y la policía. Que había hecho de malo la pequeña “Chiu”… nada. Simplemente estar en el lugar inadecuado (el horizonte visual de su progenitor) en el momento inoportuno (después de haber bebido). Una vez en manos de las autoridades competentes, respiramos tranquilos por la pequeña Chiu. Se encuentra en Taipei, la capital de Taiwán, y como ocurre en casi todos los países, es donde se concentran los mejores hospitales y especialistas, y en Taiwán la atención médica es fabulosa: Una buena atención médica y un poquito de ayuda de su ángel de la guarda… es todo lo que necesita la pequeña Chiu para recuperarse. La del ángel estaba asegurada. Bueno… pues la historia no acaba así, no. La pequeña Chiu llega en ambulancia al Hospital “RenAi” (que significa benevolencia o compasión) en Taipei. Allí se le hace un CAT-scanner pero el médico no se molesta en verlo y diagnostica (sin dignarse a atender a la pequeña) que no hace falta operar. El hospital parece que estaba lleno (se dice de todo) pero en caso de una emergencia que necesita de operación, se hace hueco donde haga falta. Pero según un médico con poderes extrasensoriales que no necesita mirar al paciente la pobre Chiu queda en terreno de nadie. Triste ironía la del nombre del hospital… Buscando telefónicamente por toda la ciudad de Taipei no hay ni un solo hospital que tenga libre una cama para la pequeña Chiu… y al final se ve la luz en un pequeño hospital a unos 170 Km de distancia en una pequeña ciudad en el centro de la isla. (Para que os hagáis una idea, Taiwán tiene menos de 400 Km. de largo. Por comparar, sería como si un enfermo de urgencias en una ambulancia tuviera que ir de Madrid a Montoro (nada contra Montoro, pero pilla a mitad de camino entre Madrid y Cádiz y nos ayuda a entender, gracias Montoro) a encontrar una cama de hospital vacante. Así que tras haber sufrido una paliza por parte de su padre y con la cabeza abierta, la pequeña Chiu tiene que desplazarse en ambulancia desde la fastuosa capital (orgullosa ella de ser la creme de la creme) hasta un pequeño hospital en un lugar de Taiwán, de cuyo nombre, gracias Cervantes, no quiero acordarme. Los tsunamis son inevitables; hasta la paliza por parte de un padre ebrio así puede considerarse, pero que la incompetencia y la desidia causen sufrimiento en este mundo… eso no solo se puede evitar, sino que es deleznable. La pequeña Chiu moría ayer tras 14 días de coma. Se le certificó la muerte cerebral. Sus pequeños riñones y el hígado fueron extirpados para ayudar a vivir a otros. Por supuesto aquí en Taiwán debido a las cadenas de noticias 24 horas la conmoción del público ha sido general… pero los políticos, como siempre han hecho lo único que parecen saber hacer, sacar las cosas de quicio politizando. La pequeña Chiu se ha convertido sin querer en arma arrojadiza… y una vez que haya sido abusada de nuevo (primero por su padre, luego por la sanidad y ahora por la política) será arrojada al baúl de los recuerdos. No obstante, la pregunta radical no sólo no se ha contestado, sino que ni siquiera nos la hemos preguntado: ¿cómo ha podido ocurrir algo así? ¿Cómo evitar que alguien pueda encontrarse en una situación como esta, sea quien sea? ¿Habría pasado esto si hubiera sido hija de “alguien”? Y aquí volvemos donde empezamos; En la tragedia inevitable sólo nos queda aceptarla, compadecerse y compartir. En las que podrían evitarse (minimizar el sufrimiento humano y repartir la riqueza globalmente para que todos puedan vivir) sólo nos queda actuar.
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