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Tiempo ordinario, perspectivas del camino

Angel Moreno -

Al inicio de un año nuevo, o al comienzo del Tiempo Ordinario según la liturgia, cabe que nos preguntemos sobre la dirección de nuestros pasos, hacia dónde caminamos, cuál es el horizonte de nuestros ojos.

Me ha sorprendido la selección de las lecturas que se proclaman en la liturgia en el último día del año, en las que se citan, en el vértice del final de un año, dos expresiones aparentemente contradictorias.

Los textos de ese día anunciaban en la primera lectura: “Hijos míos, es el momento final” (1Jn 1, 18). Es fácil interpretar la posible intención de la Iglesia de acompañar a los fieles cuando experimentan la caducidad del tiempo, y que los llame como madre a ser conscientes de la realidad transitoria que debemos vivir consecuentemente, no con angustia, sino con sabiduría.

En esas circunstancias en las que se alude “al momento final”, el Evangelio seleccionado es, sin embargo, el prólogo de San Juan, cuyo primer verso irrumpe con la expresión: “En el principio”, con lo que parece una selección de textos contrapuestos. No obstante, también se puede interpretar que todo queda abarcado por quien es “el primero y el último”, “el alfa y la omega”, “el principio y el fin” de todo lo creado, Jesucristo.

En nuestra forma de contar y de medir, lo hacemos de manera progresiva, de principio a fin, de comienzo a término; pero en la propuesta de la Palabra, aparece primero la referencia al “final”, y después se alude al “principio”. Esta extraña manera de contar me ha abierto a una reflexión esperanzadora, que no queda situada contra el muro del fin, sino ante la perspectiva luminosa del principio.

De alguna forma es la manera que tiene la Biblia de medir el tiempo: “Pasó una tarde, pasó una mañana, el día primero”, y así sucesivamente. Esta luz me ha llevado a reinterpretar la sucesión de los días, no como medida que nos conduce al final, a la muerte, al abismo, sino al principio, no hacia la noche, sino hacia el día.

Para quienes creen que la muerte es la puerta de la Vida, el límite es el umbral de la esperanza; la experiencia de la fragilidad y de la contingencia, ocasión de experimentar la gracia; el despojo de la temporalidad llega a ser acercamiento a lo eterno. ¡Cuántas veces lo que parece fatal se convierte en ocasión propicia para lo inesperado, y lo que sobrepasa nuestro esfuerzo nos hace comprobar la Providencia divina! Para los que creen, ¡la luz brilla en la tiniebla!

No estamos llamados a consumir los días, queriendo exprimir lo que nos puedan ofrecer las horas y las cosas, e incluso las relaciones humanas. Estamos llamados a vivir como nos revela la Palabra, que desde el principio estaba junto a Dios. Este es nuestro destino, nuestro futuro y nuestra vocación.

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