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Tercer Domingo de Pascua.

Angel Moreno -

Al meditar los textos que nos propone hoy la Liturgia de la Palabra sobre la resurrección de Cristo, en los que el apóstol Pedro proclama: “Dios cumplió de esta manera lo que había dicho por los profetas”, (Act 3, 18), y en el Evangelio, el mismo Jesús explica a los discípulos: “Esto es lo que os decía mientras estaba con vosotros; que todo lo escrito en la ley de Moisés y en los profetas y salmos acerca de mí tenía que cumplirse” (Lc 24,44), me ha venido a la memoria la catequesis que el Papa Benedicto XVI impartió a los peregrinos que llenaban la Plaza de San Pedro, el 15 de abril en la audiencia general, entre los que estábamos los “Amigos de Buenafuente” con ocasión de la peregrinación que acabamos de hacer a Roma y a Asís .

 “La expresión "según las Escrituras" pone el acontecimiento de la muerte del Señor en relación con la historia de la alianza veterotestamentaria de Dios con su pueblo, y nos hace comprender que la muerte del Hijo de Dios pertenece al entramado de la historia de la salvación; más aún, nos hace comprender que esa historia recibe de ella su lógica y su verdadero significado” (Benedicto XVI).

Nuestra historia es un proyecto de Dios que se ilumina a la luz del acontecimiento de la Resurrección de Cristo. Toda la Escritura se debe interpretar con referencia a Cristo, y la vida de Jesús se comprende desde el Misterio Pascual. San Agustín decía: “La resurrección de Cristo es nuestra esperanza", y el Papa comentaba: “porque nos introduce en un nuevo futuro”.

“La resurrección de Jesús de Nazaret (es un) acontecimiento real, histórico, atestiguado por muchos y autorizados testigos. Lo afirmamos con fuerza porque, también en nuestro tiempo, no falta quien trata de negar su historicidad reduciendo el relato evangélico a un mito, a una "visión" de los Apóstoles, retomando o presentando antiguas teorías, ya desgastadas, como nuevas y científicas” (Benedicto XVI).

Ante estas afirmaciones, tanto la llamada de San Pedro –“Arrepentíos y convertíos, para que se borren vuestro pecados”-, como las de Jesús –“El Mesías padecerá, resucitará de entre los muertos al tercer día y en su nombre se predicará la conversión y el perdón de los pecados a todos los pueblos”-, se nos invita a un cambio de vida en la que se manifiesta el amor. “Porque quien guarda su Palabra, ciertamente el amor de Dios ha llegado en él a su plenitud” (1 Jn 2, 5).

Las preguntas de Jesús a sus discípulos toman actualidad en cada uno de nosotros: “¿Por qué os alarmáis?” “¿Por qué surgen dudas en vuestro interior?” Y la participación en la Eucaristía nos convierte en testigos de la resurrección de Cristo: “Los discípulos habían reconocido a Jesús al partir el pan”, y nos sumerge en la contemplación sobrecogida de las manos y pies llagados del Señor.

La participación en la Eucaristía, el amor a los heridos por cualquier causa, y el seguimiento de la Palabra del Señor son frutos de la conversión pascual.
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