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Tengo derecho a no ser un campeón

Josep Rovira cmf -
Vivimos en la sociedad de la competividad. Te hacen desear tanto dinero como Fulano/a, los músculos o la silueta de Mengano/a, ser guapo/a como Zutano/a, cantar como un cantante de ópera o de rap... En el deporte, ya no se trata tanto de participar cuanto de vencer a toda costa; ya no es un arte o un momento de encuentro y distensión, sino un mercado exasperado; el adversario se convierte en enemigo, el árbitro en alguien al que hay que mirar de engañar apenas se pueda; lo importante no es el deporte, sino el resultado final (porque de ello depende cuánto dinero se pueda ganar...). \'\'No se nos permite ser lo que en realidad somos: personas normales y corrientes, satisfechos y “reconciliados” con nosotros mismos. Pretenden hacernos aspirar a lo que nunca llegaremos, y mientrastanto no somos ni lo uno ni lo otro en santa paz. En estos meses de verano, basta visitar cualquier playa o piscina para darse cuenta de que los “Apolos” y las “Venus” se cuentan con los dedos de una mano o poco más. Humanamente hablando, lo más hermoso no son estos modelos raros y normalmente inalcanzables, sino esta inmensa mayoría de gente que, sin dar mayor importancia a ciertos detalles estéticos, toma el sol, se baña, juega, charla y descansa... No deja de ser una señal de madurez, de justa aceptación de sí mismo, de simple humildad, de humanidad. Sin olvidar que no siempre coinciden un cuerpo bello con una inteligencia brillante o un gran corazón, salvas todas las excepciones. ¿Estamos haciendo el elogio de la mediocridad? No, sino del verdadero heroísmo: que cada uno sea lo que es, lo mejor de sí mismo, sin caretas, disfraces o vestidos prestados. Como aquellos que alquilan una prenda de lujo para una boda o fiesta en sociedad, y luego se les nota de lejos que no corresponde a sus medidas: ¡Pónganse el mejor traje, pero que sea de los suyos! Podríamos recordar aquí la parábola de los talentos (Mt 25, 14-30): el amo a uno de sus siervos le dió cinco talentos, a otro dos y a otro uno. Luego, a cada uno le pidió cuentas según lo que se le había dado a él, no al vecino. Y si criticó al que había dado uno fue por no haber hecho nada (“Siervo inútil y holgazán”). Mediocre es el perezoso, el “pasota”, el que podía ser mejor de lo que es, el que podía enriquecer a los otros con más de lo que da, amar más de lo que ama... Aunque parezca una contradicción, puede estar más adelante un pecador que uno que se cree justo, cuando el pecador hace todo lo que puede, y el justo podía haber hecho mucho más (Lc 18, 9-14); como la viuda pobre que dió solo unos céntimos mientras algunos ricos daban más que ella, pero de lo que les sobraba (Lc 21, 1-4). Hay un proverbio que dice: los hombres premiamos a quien alcanza la meta, Dios a quien lo intenta... A principios de los años setenta, vino a Roma un famoso teólogo luterano, Jürgen Moltmann, con su esposa y sus hijos. Fue recibido en audiencia privada por el Papa Pablo VI. Por la tarde de aquel mismo día , dicho teólogo dió una rueda de prensa en la Facultad Teológica de los Valdenses (los protestantes italianos) en la Plaza Cavour de Roma. Estuve presente. Después de hablar de no recuerdo qué tema, dejó que la gente le hiciera preguntas libremente. Un tal Mondin, filósofo católico, le preguntó a ver cómo había encontrado a Pablo VI (estábamos en años de gran confusión posconciliar) y qué se habían dicho. A lo que el alemán respondió: “He encontrado al Papa muy preocupado por la situación de la Iglesia Católica. Me he permitido decirle: Santidad, la Iglesia Católica no es suya, sino del Señor. Usted haga lo que pueda; es suficiente”. Me pareció un consejo acertado entre cristianos de diferentes Iglesias, muy conforme al Evangelio. Durante el verano de 1985 los claretianos celebramos lo que se llama el Capítulo General: se trata de una reunión del Gobierno central de la Congregación con una serie de representantes de todo el Instituto, que cada seis años examinan la situación humana, espiritual, apostólica e incluso económica del grupo. Un día vino a visitarnos el cardenal Hamer, que entonces era el encargado de la Vida Religiosa en la Curia Vaticana (Prefecto de la Congregación de Religiosos, se le llama). Comentando la escasez de vocaciones, dijo: “Preocúpense; pero, no se angustien”. Después de todo, en la barca no estamos solos, por más que arrecie la tempestad; como les sucedió a los apóstoles con Jesús (Mt 8, 23-27). Es interesante que la Unesco haya proclamado la “Carta de los derechos del niño en el deporte”. Algunos de ellos hablan de: “El derecho a divertirse y a jugar como un niño”, “el derecho a ser tratado con dignidad” y, sobre todo, “el derecho a no ser un campeón” (¡!). Podríamos añadir –en el mundo juvenil- el derecho a no parecerse a la fotomodela, al futbolista, al corredor o al rock-star de turno...; y, en el mundo de los adultos, el derecho a no tener que lucir un coche más lujoso que el del vecino, o a alardear de que se ha ido a tal o cual parte de vacaciones para poder suscitar la envidia de los demás... Los niños no son racistas. No les importa que el compañero de juego sea blanco, negro o filipino..., o que no sea un campeón. Lo que quieren es que tenga ganas de dar patadas al balón. ¿Y si aplicáramos también a esto aquello que dijo el Maestro: “Si no os hiciéreis como niños no entraréis en el Reino de los Cielos” (Lc 18, 15-17)? Arrivederci! J. Rovira, cmf.
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