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Talentos y servicios interhumanos

Ángel Aparicio Rodríguez, cmf -
    La segunda parte del discurso escatológico, antes de entrar en el relato de la pasión, nos brinda dos imágenes alusivas al reino de los cielos. Se parece éste a las vírgenes que esperan (Mt 25,1-13). Se parece al hombre que antes de irse de viaje confía a los criados sus bienes (25,14-30). Las vírgenes han de invertir sabiamente sus bienes y hacerlo a tiempo. Los criados han de administrar atinadamente los talentos. La última escena, la del juicio final de las naciones (Mt 25,31-46), pondrá de manifiesto quién ha administrado adecuadamente sus bienes.

    Las vírgenes, tanto las sensatas como las necias, son las amigas de la boda que van al encuentro del esposo, el cual viene en busca de su esposa para conducirla a casa. Unas y otras vírgenes, sensatas y necias, han de cumplir fielmente la misión recibida: administrar atinadamente los bienes que se les ha confiado (Mt 25,14-30); con más precisión aún: ayudar a los que son más pequeños entre los hermanos del Hijo del hombre (Mt 25,31-46). Tanto la administración como la ayuda no pueden dejarse para el último momento de la vida, cuando ya no hay tiempo. Llegada la hora de la boda o del juicio, las vírgenes necias, por mucho dinero que tengan, no disponen de tiempo para comprar en la tienda el aceite necesario para sus lámparas. Es una acción intransferible. De nada sirve que las vírgenes sensatas tengan abundancia de aceite en sus lámparas. Cada una, sensata o necia, ha de velar ahora, es decir, ha de hacer inmediatamente lo que hay que hacer, para estar preparadas cuando, al despertarse, llegue la hora decisiva. Cuando acaezca el encuentro con el novio ya será demasiado tarde para actuar. A la hora del juicio, los «pequeños servicios» de los hombres entre sí no tendrán ya actualidad. El destino más sabio de nuestros bienes es servir con ellos a los hermanos. Ése es el sentido de nuestra economía como cristianos y religiosos.

    El tema de la vigilancia, como fidelidad a la misión recibida, continúa en la parábola de los talentos. No es el caso de preguntarnos qué significa el talento (las respuestas son múltiples) y tampoco de fijarnos en la fabulosa suma que el señor confía a sus criados. Todo el pasaje insiste más en la fidelidad activa de los criados a su amo que en el contenido de esa fidelidad. Llegada la hora de la retribución, la parábola no ensalza el trabajo por el trabajo. Para salvaguardar los intereses de su señor, los criados –también el criado negligente– deben hacer el esfuerzo mínimo de confiar a los banqueros el talento recibido. En efecto, Dios, que es todopoderoso, no exime a los criados de su responsabilidad, más bien la suscita. ¿Dónde y cómo invertir los dones recibidos? Siendo misericordiosos con los hermanos en la fe y con los demás hombres. Dios nos ha confiado los dones de la vida y de la fe. Han de ponerse en movimiento para que lleguen a los demás, a los más pobres, los dones recibidos. A la hora del juicio, el que tenga, es decir, el que haya sido fiel en las cosas pequeñas de la vida terrestre, recibirá una gran recompensa; pero el que no tenga nada, el que haya sido infiel o perezoso será castigado severamente. No se alude aquí al mérito, sino que los criados del Señor, por más que sea omnipotente, han de colaborar según su capacidad en los «negocios» del Señor. Éstos son los que vienen inmediatamente a continuación.

El capítulo al que pertenecen las dos parábolas anteriores culmina en la escena dedicada al «Hijo del hombre y al juicio final», situada inmediatamente antes de la narración de la pasión del Señor. Se iniciaba el ministerio de Jesús, según san Mateo, con la proclamación de las bienaventuranzas propias de los pobres; finaliza con la llegada del Hijo del hombre, para resaltar con su presencia y sus palabras la importancia «última» de los actos de amor, es decir, de la ayuda prestada a los más pequeños (v. 45). Éstos, como los pobres de las bienaventuranzas, son los desarrapados, los famélicos, los apátridas, los encarcelados, los enfermos. Con éstos, con los más pequeños, se identificó Jesús con anterioridad, al abrazar a un pequeño. Es que el Hijo del hombre ve a su hermano en todo necesitado. Su amor de pastor de Israel le lleva a solidarizarse con toda la miseria humana en su inmensidad y en su dimensión más honda. Los fieles y los vigilantes de las dos parábolas anteriores no se contentaron con meros sentimientos de cariño hacia los más pobres, sino que los ayudaron de una forma efectiva: con la donación de sus bienes y de su vida se convirtieron en siervos de los pobres, aunque no sabían que el mismo Hijo del hombre se había identificado con ellos. Lo que hicieron con los más pequeños se lo hicieron al Hijo del hombre. Cuanto somos y tenemos se torna don para nuestros hermanos, sean cristianos o no; es suficiente con que sean hombres. Nuestro dinero, nuestra vida, tiene una finalidad clara: ayudar a los demás, sobre todo si son pobres.

Para pensar :

Sólo veo nítida una cosa. Sólo me consuela y 'me aclara' una cosa: Que Jesús nuestro Hermano se ha mezclado precisamente en nuestro dolor, en los males cósmicos, en el margen triste de la historia... Era muy hermoso que Jesús realizara codo a codo con sus hermanos de raza, los hombres que pueblan la historia, una trayectoria biográfica dejando huellas en el polvo del camino. )Pero a  qué la pasión, la sangre, los azotes, las espinas, la saliva, los clavos, la desnudez, el escarnio, la sed, a qué viene la exageración de la muerte en cruz? Nadie aclara este misterio, el supremo misterio. En las carnes sensibles de Cristo humillado tiembla todo el dolor del mundo: la inocencia de los niños, el amor de las madres, las noches del enfermo, la soledad del preso. Y si efectivamente nuestras gotas de sangre se mezclan en el cáliz con la suya, cambia el panorama. Sufrir será un misterio, pero ya no es una insensa­tez. El terrible mal deja un reguero de luz+ (J. M0., Javierre, Un hombre pregunta por Dios, Burgos 1967, 98-99).
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