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¡SONRÍA, POR FAVOR! H. Adrià Trescents, FSC (1919-2006)

HAL (Revista Vida Religiosa) -
Quizá pocos le han identificado con el seudónimo HAL, con el que firmó muchos relatos. La prensa laica ha escrito que dedicó su vida "a los malditos de este mundo: presos, prostitutas, chaperos, drogadictos, sin papeles…". ¡Qué currículum para ir al encuentro de Cristo! Ni siquiera fue enterrado. Hasta donó su cuerpo a la ciencia. He aquí uno de sus últimos textos.

Alguna vez me quedo sin Misa. Mis amigos no tienen horarios de misas.

Hoy he asistido a una iglesia en las Ramblas. Casi a mi lado, cinco religiosas con hábito, un poco entradas en edad. Las cinco muy piadosas y reverentes. Las cinco buenas parroquianas. Una ha hecho una lectura; otra ha pasado la bandeja; otra ha ayudado en el ofertorio. Las cinco con una piedad seria. ¿Le corresponde al Señor una piedad pétrea, de aquella que necesita retorcer el pescuezo, forzar el rictus y posar ojos de otro mundo? (No. Ya se ven pocas religiosas así. Supongo que es un don de Dios para los nuevos tiempos).

Han salido igualmente serias. Sin hablarse. Sin sonreírse. Una dama se ha acercado a saludar a la superiora. Y la
superiora ha abierto una sonrisa más ancha que la calle (claro que las calles de nuestro barrio no son muy anchas). La superiora ha sido complaciente, sonriente, afectuosa… con la dama.

Se ha marchado la dama y las cinco han vuelto a quedar serias, más serias que antes.

Una jovencita de unos catorce años, bonita y sonriente, ha venido a saludar a otra de las religiosas serias. La religiosa ha sonreído instintivamente; ha acariciado los cabellos de la niña, le ha hablado con dulzura casi celeste.

Luego, las cinco religiosas han continuado con su hábito, serias, con seriedad enfadada, y se han metido en su convento.
He recordado que a muchos religiosos nos pasa lo mismo: mantenemos entre nosotros una seriedad… pero apenas se acerca alguien que no es de la comunidad, casi nos derretimos en sonrisas y dulzuras y reverencias… ¿Por qué guardamos tantas veces la seriedad sólo para nuestra comunidad? ¿Por qué nos cuesta tanto suavizar nuestro roce diario con nuestros Hermanos de comunidad o nuestros compañeros de trabajo?

A mí me ha pasado con frecuencia. Y sé de un hermano mío, con mucha fama de bondad complaciente, que en comunidad apenas dirige la palabra a nadie…

Hoy, domingo por la tarde, no he podido ser serio con ninguno de mis hermanos porque los domingos por la tarde no suelo verme con ninguno. No he podido hacerme el serio porque me han venido dos mujeres, una chica, un mendigo, un pordiosero sucio, un ladrón de poca monta… Y me han venido dos chicas drogadictas con sida, sucias, con las pupilas deshilvanadas por la droga… Y, apenas han entrado en mi despacho, se ha abierto mi sonrisa y se ha disparado mi beso y se han puesto en movimiento mis ya viejos resortes de ternura.

¿Qué hubiera hecho si, en lugar de las dos chicas, hubiera entrado dos de mis hermanos, sin sida…? He de aprender a sonreír a mis hermanos siempre, en cualquier lugar y en cualquier circunstancia.
Sonriamos, por favor; que la seriedad no es para el templo ni para el convento, ni para la Misa ni para la mesa; ni para la calle ni para el patio. Nuestro Dios es Dios de alegría y de Resurrección. Y la Resurrección es alegría. ¡Sonriamos, por favor! „•


Texto tomado del Boletín ARLEP (Asociación Lasaliana de España y Portugal) 227 (2006) 22.
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