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Solemnidad del Bautismo de Jesús

Angel Moreno -
(Isa 40, 1-5. 9-11; Sal 103; Tit 2, 11-14; 3, 4-7; Lc 3, 15-16. 21-22)

El Evangelio señala que “el pueblo estaba en expectación”. Nosotros, después de las fiestas de Navidad, también debemos estarlo.

Al tener que iniciar el tiempo ordinario, ¡qué bien suenan las palabras del profeta que se proclaman este domingo! En una hora en la que parece que lo más auténtico es la denuncia y la crítica inmisericorde, ¡cuánta necesidad tenemos de consuelo, de palabras amables y atractivas, y no por ello aduladoras o falsas!

No nos inventamos el texto: “Consolad, consolad a mi pueblo. Hablad al corazón. Di a las ciudades: «Aquí está vuestro Dios»”. Y el Dios que nos presenta Isaías se manifiesta con un poder extraño: “Apacienta el rebaño, toma en brazos los corderos y hace recostar a las madres”.

Si no fuera porque lo dice la Sagrada Escritura, difícilmente podríamos describir el poder del Señor de una forma tan divergente de lo que nuestra sociedad entiende como característica de los poderosos.

Siempre me ha impresionado la expresión: “Dios puede hasta no poder”, mientras que quienes en verdad somos débiles y frágiles, con frecuencia caemos en la prepotencia. Nos encaramamos en falsas seguridades y nos justificamos fácilmente en la denuncia verbal, encubriendo nuestra vulnerabilidad.

Hoy se revela la gloria de Dios. Hoy también es Epifanía: “Ha aparecido la gracia de Dios que trae la salvación para todos los hombres”.

No es fácil la evangelización en una hora de incredulidad, pero quizá sólo es posible extender el Evangelio desde el testimonio del amor. La voz del cielo autentifica al que se pone en la fila de los pecadores con la proclamación más insólita: “Tú eres mi Hijo, el amado, el predilecto”. Esta conciencia es la que dio fuerza a Jesús de Nazaret, la que le valió en los momentos más existenciales y oscuros de su vida. Jesús es aquel que llama a Dios “papá”, y en esa certeza se arriesga hasta la muerte.

Nosotros, “justificados por su gracia, somos, en esperanza, herederos de la vida eterna”. Ante esta conciencia, posible desde la fe en Cristo, cabe exclamar como el salmista: “Bendice, alma mía al Señor: ¡Dios mío que grande eres!” Y abandonarnos, “porque por su misericordia nos ha salvado, con el baño del segundo nacimiento”.

Es día de renovar nuestro bautismo y de agradecer el don de nuestra adopción filial. También cabe escuchar con sobrecogimiento: “Tú eres mi hijo amado”, y balbucear: “Papá”.
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