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SOLEMNIDAD DE LA SANTÍSIMA TRINIDAD.

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Es difícil comprender el Misterio de Dios. No es posible abarcar el infinito, ni meter el mar en un pozo de la playa, según la representación que se le mostró a San Agustín, y quizá aún es más complicado explicar el Misterio de la Santísima Trinidad. Los místicos son los que mejor nos han transmitido la vivencia de Dios. Santa Teresa de Jesús escribe:

“Un día de San Pablo, estando en misa, se me representó toda esta Humanidad sacratísima como se pinta resucitado, con tanta hermosura y majestad como particularmente escribí a vuestra merced” (Vida 28, 3). “Vi a la Humanidad sacratísima con más excesiva gloria que jamás la había visto. Representóseme por una noticia admirable y clara estar metido en los pechos del Padre (Vida 38, 17). “El mismo Señor, por visión intelectual, tan grande que casi parecía imaginaria, se me puso en los brazos a manera de como se pinta la «Quinta angustia». Hízome temor harto esta visión, porque era muy patente y tan junta a mí, que me hizo pensar si era ilusión. Díjome: «No te espantes de esto, que con mayor unión, sin comparación, está mi Padre con tu ánima» (Relaciones 58, 3).

A la luz de la contemplación de diversas obras de arte que representan a Dios en relación con su Hijo y de otras que plasman algunos pasajes evangélicos, he descubierto, de manera más intuitiva y sobrecogida, la relación trinitaria en la Humanidad de Cristo, y el amor de Cristo en relación con nosotros, por el que se nos transmite todo el amor divino.
Si no puedo explicar lo que excede a toda sabiduría humana – “el amor de Cristo, que excede a todo conocimiento”- (Ef 3, 19), puedo, en primer lugar agradecer, lo que acontece en el ser humano como reflejo de la relación permanente del amor divino, y en segundo lugar, abrirme más conscientemente al ofrecimiento del amor entrañable, fraterno e íntimo de Dios.
Jesucristo, el Hijo amado de Dios, lo es desde siempre; el artista lo esculpe abrazado por la Virgen con la ternura de una madre. Impresiona contemplar la fuerza y delicadeza del Padre que se citan en la hora de la cruz y muerte del Señor.  Toda la vida de Jesús abrazada. Si comparamos las imágenes, sorprende cómo desde el gesto del Buen Pastor al del Buen Samaritano, la vida del hombre está abrazada por la ternura de Cristo. El amor de Dios, el amor de Cristo es el amor del Espíritu Santo. María es mediación amorosa trinitaria.

Al detener la mirada en las imágenes, me vienen a la memoria los textos: “Antes de haberte formado yo en el seno materno, te conocía, y antes de que nacieses, te tenía consagrado” (Jer 1, 5). “Si alguno me ama, guardará mi Palabra, y mi Padre le amará, y vendremos a él, y haremos morada en él” (Jn 14, 23).

Hoy recordamos a los contemplativos y rezamos por ellos. El lema de la jornada dice: “El Espíritu de Cristo clama en nosotros ¡Abba! Padre” (Gál 4, 6).
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