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SIMONE WEIL (1909-1943)

Angel Sanz Arribas, cmf -
“El mundo tiene tanta necesidad
de santos geniales como una ciudad invadida
por la peste tiene necesidad de médicos”


Querida Simone:

Desconcertante, ésa es la palabra. Confiesas que jamás en tu vida has buscado a Dios, y a renglón seguido añades que esa expresión no te gusta y te parece falsa. Acabo de leer y releer las dos afirmaciones en un libro titulado precisamente “A la espera de Dios”. Sé bien que el título no es tuyo, pero también sé que responde fielmente al contenido de tu obra y de tu vida entera. El padre Perrin, persona de tu máxima confianza, plasmó en esas palabras la más honda aspiración de tu vida.

Tu ascendencia hebrea no impedirá que Cristo te agarre por dentro y tire con fuerza de tu vida: “Cristo mismo descendió y me tomó”. Más aún, perteneces a una familia burguesa, pero esto no impide que manifiestes una aguda sensibilidad hacia el sufrimiento ajeno y recibas en la fábrica la marca de la esclavitud “como la marca que los romanos imprimían con hierro candente en la frente de sus esclavos más despreciados”. Eres una paradoja viviente.

Un día aprendes el Padrenuestro, y  “la dulzura infinita de este texto” se apodera de ti hasta tal punto que no puedes evitar el recitarlo casi continuamente. Lo recitas, lo comentas y hasta juegas a definirlo con una especie de proporción matemática: “El Padrenuestro es a la oración lo que Cristo es a la humanidad”. Cómo impresiona tu propósito de rezarlo cada mañana con total atención. ¿Qué pretendes decir eso? “Si durante la recitación mi atención se distrae o se adormece, aunque sea de forma infinitesimal, vuelvo a empezar hasta conseguir una recitación absolutamente pura”. No, no  se trata de hacer el ‘más difícil todavía’, sino de tomarte en serio algo que has descubierto como esencial para ti. De intentarlo humildemente, sabiendo que la humildad es una aspiración que aún no ha cuajado en tu vida, pues —como dices en otro momento— “si poseyera la virtud de la humildad, la más bella, quizá, de las virtudes, no me encontraría en tan miserable estado de insuficiencia”. ¿No consistirá la humildad, precisamente, en esa convicción?

El desconcierto sigue. Te has formado una imagen tan pobre de tu capacidad intelectual —en comparación con la de tu hermano—, que este complejo te lleva al borde del suicidio. Menos mal que, tras meses de tinieblas interiores, tienes “de repente y para siempre la certeza de que cualquier ser humano puede entrar en ese reino de la verdad reservado al genio, a condición de desear la verdad y hacer un continuo esfuerzo de atención para alcanzarla”. Luego resulta que posees una inteligencia “monstruosamente desarrollada”, como bien se ha dicho, y a tus dieciséis años, el filósofo Alain, profesor tuyo, va a dejar esta nota sobre ti: “Alumna excelente. Se instruye, se forma, se desarrolla con una rapidez y una seguridad admirables”.


¿Más todavía?. Rehúsas el bautismo, pero convences a tu hermano de que bautice a tu sobrina Silvia, a la que amas entrañablemente, y le das pautas para que cuide su formación. Sobre todo, se te ha llamado “mártir de la caridad”. Los teólogos descubren en tus escritos raíces y expresiones heterodoxas, y a la vez piensan que en el Paraíso estarás más cerca de Dios que muchos cristianos. Aquí está, acaso, la paradoja más desconcertante. ¿Es lícito hablar de tu vida mística? Un día, en A la espera de Dios, reconoces no haber leído un solo escrito místico. Posteriormente, en tu célebre carta a un religioso, firmada diez meses antes de tu partida, confiesas al P. Couturier: “Cuando leo el Nuevo Testamento, los místicos, la liturgia, cuando veo celebrar la misa, siento con alguna forma de certeza que esa fe es la mía o, más exactamente, que sería la mía sin la distancia que entre ella y yo pone mi imperfección”. De hecho, el mismo Charles Moeller afirma como una evidencia que desde 1934 a 1941, la gracia mística penetró en tu alma. Nos dejas un sabor agridulce y nos haces humildes y respetuosos ante el misterio de Dios en cada persona. No es poco

Tienes una salud quebradiza, pero no importa: pruebas la docencia, asumes el compromiso sindical, te introduces en la política, escribes libros, te interesas por la literatura religiosa de Grecia, Egipto, India; estudias sánscrito, trabas contacto con Trotski, eres corresponsal de guerra en España, unida a los anarquistas de Durruti, viajas a varios países... y mueres a los 34 años. Pasas por la vida como un relámpago y descolocas a todos. Hoy sigues interesando a filósofos, teólogos, sociólogos, psicólogos. Muchos se quedan con las ganas de formularte una serie de preguntas, pero tú ya has entrado en el silencio.

Un día, querida Simone, tomas la pluma y escribes con la sinceridad de siempre: “Algo me dice que debo partir... me abandono a ello”. Te abandonas y confías que este abandono te lleve a buen puerto. Las palabras que siguen no se pueden leer sin experimentar una sacudida. “Lo que yo llamo buen puerto, como usted sabe, es la cruz. Si no me es dado merecer algún día la participación en la cruz de Cristo, sea al menos en la del buen ladrón. De todos los personajes, aparte de Cristo, que aparecen en el evangelio, el buen ladrón es con mucho al que más envidio. Haber estado junto a  Cristo, en su misma situación, durante la crucifixión, me parece un privilegio mucho más envidiable que estar a su derecha en la gloria”.

Como ha escrito G. Thibon, vives el vértigo del Absoluto y también de la Iglesia, cuya doctrina no tienes tiempo de estudiar a fondo. De hecho piensas que “el mundo tiene tanta necesidad de santos geniales como una ciudad invadida por la peste tiene necesidad de médicos”. Y entiendes por ‘genial’ la inteligencia humana abierta a la sabiduría de Dios. 

Te estoy haciendo hablar, porque es lo único que me interesa en esta carta. Por eso necesito terminar con una palabras tuyas. Las rescato de esa desconcertante oración dirigida al Padre en nombre de Cristo, en la que pides de mil maneras el amor. Y llegas a decir: “Que este amor sea una llama absolutamente devoradora de amor a Dios para Dios. Que todo esto me sea arrancado, devorado por Dios, transformado en sustancia de Cristo y dado a comer a los desgraciados cuyo cuerpo y alma no tienen alimento”. Firmas esta plegaria al Padre en tus Cuadernos de América, en 1942. ¿Cómo fue tu experiencia cuando al año siguiente te encontraste cara a cara con él?
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