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Simón, ¿me amas?

Pablo Largo -

El Resucitado no es hombre de largos discursos. Cuando se vuelve a encontrar con los suyos, sus palabras y sus gestos se sitúan a un nivel diferente del que era habitual. Desde esa nueva perspectiva Pedro y los apóstoles descubren que la salvación consiste radicalmente en pertenecerle a El con todo el ser (Jn 21,15-19).

(JPG) La resurrección no es la reanimación de un cadáver que vuelve a aparecer con la estampa de siempre y reanuda la plática de siempre. La Pascua no es la breve interrupción de un fin de semana (de la tarde de cualquier viernes a la tarde de cualquier domingo). En la historia de Jesús, aquel fin de semana (del Viernes Santo al Día del Señor) fue una revolución de los tiempos. El mensajero del Reino, el narrador de parábolas, el dialéctico imbatible, el autor de monólogos pertenece ya a la memoria. Hombre de encuentros con los suyos, se deja ver y se deja oir. Pero tiene otra estampa. Y habla en otro estilo.

Las palabras de Pascua no son un vuelta ol anuncio; ni pretenden transmitir enseñanzas complementarias. Son palabras desencadenantes del anuncio y de la enseñanza de los discípulos. En el fondo, con los mensajes puestos en labios del Jesús pascual sólo se nos quiere dar a entender una cosa: que las palabras que los discípulos pronunciarán después del Viernes Santo tienen en el Resucitado su verdadero centro de iniciativa. El propiamente ya no habla: hace hablar. El mismo Juan, en la oración «sacerdotal» de Jesús, lo apunta expresamente: «yo les he dado mis palabras» (Jn 17,8.14.20).

El anuncio de los seguidores ya no puede ser una repetición del anuncio de Jesús. Los apuntes tomados en el tiempo de discipulado han quedado viejos. Necesitan ser releídos y refundidos a la luz de la nueva comprensión de Jesús y de su puesto en la realidad que trae la experiencia pascual. Todo esto se comprueba en el diálogo con Pedro (Jn 21,15-19). Está jalonado por una pregunta, un encargo y una profecía.

Comencemos por la pregunta. Bajo esa forma no se hace otra cosa que transmitir la imborrable certeza de la experiencia pascual. En efecto, el acontecimiento de la Pascua revela máximamente que Jesús es algo más que el portavoz de una sabiduría, de un sistema doctrinal, de un método de salvación, o de una praxis de liberación. El Evangelio es El en persona. Y la sabiduría, el conocimiento, la salvación y lo liberación consisten radicalmente en pertenecerle a El con todo el ser.

Quien ama a Jesús, ama al Resucitado que da consistencia, sentido y valor a la historia toda y a toda historia. Sólo si ama a su Señor se convierte Simón en Pedro-Roca. Tres sucesivos apremios del Juez le hacen comparecer ante El para testimoniarle desde la verdad y desde el crepúsculo de la tristeza: «todo mi corazón, ascua de hombre, es inútil sin tu amor». Sólo si ama puede recibir Simón-Pedro el encargo. Porque sólo del amor nace la obediencia de ley y a nadie más que a quien ama se le puede confiar el único encargo importante. El amor es la raíz de la obediencia y la obediencia es el sello del amor (cf Jn 15,14). Jesús no quería asalariados, sino amigos; porque el que no recoge el rebaño con El, lo desparrama. Sólo si El es nuestro salario nos podemos conformar con ser asalariados suyos.

Por la pregunta, Jesús lo quiere anudado, con triple nudo infrangibie, a su persona. Y lo vincula a su misión por el encargo. Jesús expresa su mandato mediante una metáfora de acción: «apacienta», «pastorea». Cierto: una metáfora no es la norma precisa de un código y resulta más expuesta y desasistida que una regla. Pero es incomparablemente más rica. Es fuente y matriz de nuevos sentidos, que irán alumbrándose en el proceso impredecible de la vida. La metáfora abre un campo indefinido de tareas que ningún cuerpo de normas puede cubrir. Y no es nada fácil hacer las cuentas con ella y acabar diciendo: «metáfora cumplida».

Finalmente, por la profecía, Jesús ata a Pedro a su destino. La muerte del amigo-apóstol será testimonio del amor más grande y de la obediencia omnímoda.

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