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Sí, confieso que he ido a ver “La Pasión de Cristo” según Mel Gibson

José Rovira cmf -
Y digo que me “confieso” de ello porque aquí en Roma y en Italia en general quienes han escrito sobre este film se han dividido en dos grupos: los que le han hecho una propaganda, probablemente inesperada, y quienes han jurado que jamás lo irían a ver o, si lo han visto, lo han criticado duramente. Personalmente no pensaba ir a verlo, por dos razones: primera, porque cuando la propaganda me quiere obligar a hacer o ver (o comer, o beber, o vestir) algo, mi reacción suele ser más bien la contraria; y, segunda, porque los filmes muy violentos no me gustan. Al final he ido, ya sea para hacerme “mi” opinión, prescindiendo de la apasionada discusión en favor o en contra, ya sea porque he pensado que mucha gente me preguntaría sobre mi parecer, dado que soy sacerdote. Lo cual, efectivamente, ha sucedido. Confieso también que antes de ir a ver el film me he leído toda una serie de recensiones en favor y en contra; incluso un libro. También esta vez por dos razones: porque no me gusta ir a perder tiempo y dinero viendo algo que no valía la pena, y porque la discusión era tan contrapuesta y acalorada que no acababa de ver claro qué pasaba ahí. Como Uds. ya saben, el film dura 126 minutos y narra las doce últimas horas de la vida de Cristo: desde la agonía en Getsemaní hasta la muerte en cruz, con una brevísima escena final sobre la resurrección. Los externos han sido filmados en el sur de Italia. El director, Mel Gibson, es un católico ferviente y más bien tradicionalista (en su rancho americano ha hecho construir una capilla en la que todos los domingos se celebra la misa en latín). Es padre de siete hijos. Ha declarado que su film quiere ser una meditación hecha con los recursos típicamente cinematográficos, y que la fe –no una mera especulación- ha sido la base de su trabajo. Reconoce, además: “El film es muy violento, pero para mí esta violencia no es anticristiana; es una forma de catarsis, de exorcismo, que espero conduzca a muchos jóvenes y personas de todas las edades a la fe”. El Jesús de la película (Jim Caviezel que, mira por dónde, sus iniciales coinciden con las de su personaje, y tiene 33 años), entre otras cosas, tuvo que aguantar ocho horas diarias de maquillaje, un hombro dislocado, hipotermia, una herida de 35 centímetros durante la flagelación, una descarga eléctrica durante el sermón de la montaña, la exposición desnudo a la intemperie que le causó una infección en las vías respiratorias la cual acabó en pulmonía, la corona de espinas le produjo fuertes dolores de cabeza...; pero, dijo que para él había sido un volver a la fe. Después de Pascua, ha sido recibido en audiencia por Juan Pablo II. Al Papa le fue proyectado el film con antelación en la pequeña sala cinematográfica del Vaticano. Dicen que, al final, exclamó: “Sucedió así”. Esta expresión, auténtica o inventada, ha sido instrumentalizada por la propaganda en favor de la película. La sala de prensa del Vaticano la ha desmentido oficialmente. Voy a ser sincero. Creo que el film, aunque no es extraordinario, vale la pena ir a verlo. Si bien, dada su violencia, por más que se trate de la Pasión de Cristo, no es para niños, como en cambio admiten aquí en Italia. Tiene recursos cinematográficos logrados e interesantes. Cito algunos: me parece un acierto, dado que ya sabemos de qué trata la trama y cómo acaba la historia narrada, que el film esté subtitulado en la lengua del país, y se haya dejado que los judíos hablen en arameo –su lengua de entonces- y los romanos en latín: algo que ningún otro film sobre Cristo había hecho hasta ahora. Este detalle añade a la narración de los hechos un elemento de realismo no insignificante. Me parece también útil y relajador el hecho de que de vez en cuando inserte algunos flashbacks sobre la infancia, la vida pública y la última cena: completan, aclaran y enriquecen el mensaje evangélico que quiere comunicar. Por otra parte, no me ha parecido ni un film antijudío (como han dicho algunos) ni antirromano: no sólo en ambos bandos hay buenos y malos, cobardes y valientes, sino que incluso los mismos malos y cobardes dan señales de repensamiento o de conversión en algún momento. En cuanto a los límites, distinguiría algunos menores y otros más importantes. Entre los primeros, una serie de inexactitudes respecto al texto evangélico; por ejemplo, el hecho de que yendo al Calvario Jesús lleve toda la cruz, en vez del solo leño transversal, como se sabe que era el uso; que en el momento de la muerte poco le falta para que se hunda el Templo de Jerusalén; que Herodes recuerde demasiado (¿por qué?) la figura ambigua que tenía en “Jesus Christ Superstar”; que se identifique a María Magdalena con la adultera que, en Jn 8,1-11, quieren apedrear; que la Virgen, Juan y la Magdalena aparezcan en todas partes, si bien “sirve” para equilibrar cinematográficamente la dureza de las escenas; que Claudia, mujer de Pilatos, y María se encuentren; y ciertos trucos o soluciones más o menos “hollywoodianos”, como la figura del diablo, representado por una mujer; etc. Y dos fallos de mayor peso. La violencia exasperada y casi continua; el hecho de que se detenga repetidas veces innecesariamente, y con cámara lenta, en estos aspectos: por ejemplo, mostrando el ojo izquierdo moribundo de Cristo en la cruz, o el cuervo que vacía a picotazos los ojos del mal ladrón... Dicho sea de paso, la sangre que Jesús derrama es tan abundante a lo largo de las dos horas de film, que resulta absolutamente irreal; sin hablar de la cantidad de la misma que brota de su costado en el momento final de la lanzada: también esto en desacuerdo con el Evangelio. Y, finalmente, el poco espacio e importancia dada a la resurrección (pocos segundos); e incluso la poca claridad de la escena: quien no lo sepa difícilmente puede deducir que lo último que se ve sea la resurrección. En cambio, los Evangelios narran, sí, los sufrimientos de Cristo, pero sin ensañarse en ellos: basta pensar, por ejemplo, que los evangelistas se limitan a decir “y lo flagelaron”, mientras que Gibson nos “entretiene” veinte minutos con una carnicería que se hace insoportable. Y, sobre todo, que si la pasión tiene un sentido cristiano es vista desde la resurrección; como dice san Pablo: “Si Cristo no resucitó, vacía es nuestra predicación, vacía también vuestra fe (...). Si Cristo no resucitó, vuestra fe es vana; estáis todavía en vuestros pecados (...). Si solamente para esta vida tenemos puesta nuestra esperanza en Cristo, ¡somos los hombres más dignos de compasión! ¡Pero no! Cristo resucitó de entre los muertos como primicia de los que murieron...” (1Cor 15, 12-20). Como dice un exégeta actual, Bruno Maggioni, en uno de sus libros (“I racconti evangelici della Passione”, Asís 1994, p. 321), la crucifixión y la resurrección son inseparables, y “juntos” constituyen la Buena Noticia. La resurrección no cambia el significado de la vida de Jesús de Nazaret, sino que desvela su profunda verdad. La resurrección no es la superación de la cruz, sino su revelación, es decir, que el amor vence a la muerte, y la entrega de Jesús a lo largo de su vida no acaba en un fracaso inútil sino en el desvelar cómo es Dios y cómo mira nuestras vidas y el significado de por qué nos ha creado y redimido. Recuerdo todavía lo que me dijo años atrás un psicólogo, después de haberme advertido que religiosamente se consideraba más bien agnóstico: “De todas maneras, si Dios existe, no puede haberse olvidado de nosotros, dejándonos abandonados en la existencia, sino que tiene que haber venido y experimentado qué comporta vivir aquí; en fin, si Dios existe, sólo puede ser el del Crucificado”. Si, en cambio, se rebaja o suprime la resurrección, “La Pasión de Cristo” se reduce a ser un film sobre un crimen horrendo perpetrado por parte de gente criminal o cobarde contra un personaje al parecer inocente. Algunos han querido justificarlo diciendo que, como dice el título, no es un film sobre la resurrección, sino sobre la pasión. En este caso, el católico Mel Gibson no habría hecho una película sobre el Cristo de nuestra fe, ya que la gente sale o saldría del cine, no con la visión esperanzada y gozosa que da el Nuevo Testamento, sino sumida en el silencio cupo de quien ha visto en detalle la tortura y muerte horrible de un pobre desgraciado. Pero, éste no es el mensaje cristiano. A este propósito, llama la atención el éxito increíble que está teniendo el film en los países musulmanes (Qatar, Líbano, Palestina, Libia...), sobre todo en los barrios más pobres: han visto reflejada en Jesús la imagen de Alí, el nieto de Mahoma, muerto mártir, y, más en general, su historia de masas explotadas y perseguidas. Pero, una vez más, éste no es el Cristo en quien creen los cristianos. Claro que, llegados a este punto, uno se pregunta: ¿se puede filmar la resurrección? Y, más aún, es posible hacer un film sobre el Nazareno; pero, ¿sobre Cristo, o sea, el Jesús de la fe? Lástima de estos límites, porque –como he dicho- Gibson ha querido que su film fuera realmente “cristiano”. Y yo diría que lo es bastante, si tenemos en cuenta algunos elementos. A este respecto, me parece fundamental ver la clave de lectura de su mensaje en la cita del profeta Isaías con que, sobre fondo negro, comienza la cinta: “¡Eran nuestras dolencias las que él llevaba / y nuestros dolores los que soportaba! (...) /. Él ha sido herido por nuestras rebeldías, / molido por nuestras culpas. / Él soportó el castigo que nos trae la paz, / y con sus heridas hemos sido curados” (Is 53, 4-5); texto citado por san Pedro (1Pe 2, 21-24). Luego, son importantes también –como dije- los flashbacks que acompañan, aclarándolos, varios momentos de la pasión. Algunas figuras, como la del Cirineo, hecha de rudeza y profunda compasión humana para con aquel condenado a muerte: “¡Ánimo! –le dice a un cierto momento- ¡Ya falta poco para llegar!”. La continua presencia de la Virgen (la judía rumana, Maia Morgenstern) que, en medio de tanto odio y violencia, da un tono de amor, ternura y compasión. La escena en que Ella dice que acepta la voluntad de Dios, en medio de aquel torbellino de pasiones y crueldad; en particular, la escena de su encuentro con Cristo, caído bajo el peso de la cruz, y que le trae a la memoria –y se ve- otra escena de Jesús niño tropezando y cayendo, y recogiéndole Ella entre sus brazos maternos; y cuando –poco antes de acabar el film- bajan a Cristo de la cruz y lo ponen en sus brazos de Madre: después de contemplar y acariciar al Hijo, se queda unos segundos mirando al público (a cada uno de nosotros, serena, dolorosa, pero no resentida), como recordando precisamente el texto de Isaías. Mi conclusión (perfectamente discutible y opinable, desde luego) es que se trata de un film sobre un tema esencial de nuestra fe, realizado por un director que se profesa católico, y que desde luego a mucha gente la hace pensar e incluso –como han dicho no pocos entrevistados- les ha hecho espiritualmente bien. No es un film sobre un Dios cruel y sanguinario que exige el asesinato de su Hijo, sino sobre su amor fiel hasta la muerte, con todas las consecuencias humanas (incluida la posibilidad de la pasión y muerte en cruz, como en efecto sucedió), y la victoria de este amor sobre la miseria humana y la muerte: “Tanto amó Dios al mundo...” (Jn 3, 16ss). Como dijo san Agustín: “Los mártires son tales, no porque sufren, sino por el motivo (Martyres non facit poena, sed causa)”. No es el dolor en cuanto tal lo que cuenta y redime, sino el amor con que se vive. En fin, vayan a verlo, si les parece. Déjense llevar por Mel Gibson, sin perder de vista al Nuevo Testamento. De todas maneras, la mejor conclusión será, más allá de toda opinión, si luego aprovechamos para leer alguna página del Evangelio. Arrivederci!
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