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Sentido del cuerpo entregado

Ciudad Redonda, Ciudad Redonda -

 

Cuerpo eucarístico y cuerpo resucitado:
el cuerpo espiritual de la resurrección
y la presencia del Resucitado en la celebración eucarística.
Entrega de la vida y del cuerpo.

JOSÉ MARÍA HERNÁNDEZ MARTÍNEZ:

(JPG) Nacido en Las Torres de Cotillas (Murcia) el año 1952, es sacerdote claretiano. Licenciado en teología bíblica y diplomado en cine-matografía. Profesor de teología sacramental en la facultad de teología de Granada. Es codirector de la revista Ephemerides Mariologicae. Autor de decenas de artículos en revistas especializadas y del libro: Ex abundatia cordis. Estudio sobre la espiritualidad cordimariana de los misioneros claretianos, Madrid 1991


Resumen de la ponencia

El ser humano es cuerpo, corporeidad. En cuanto tal ocupa un lugar en el espacio, en la biosfera, en la historia y en la sociedad. Merced a su dimensión corporal puede expresarse y comunicarse con otro y con otros, a condición de que el otro esté dispuesto a acoger y a compartir la comunicación, dando origen al encuentro y a la entrega, hasta formar un solo ser, «una sola carne». Tras estas consideraciones antropológicas generales, el profesor Hernández, siguiendo la doctrina conciliar, añadió: «en Cristo se ha revelado la plenitud de lo humano y esa plenitud se realiza por la entrega amorosa de sí mismo». Basado en esas dos afirmaciones, expuso «el sentido del cuerpo entregado».

La humanidad de Jesús es el «sacramento del encuentro don Dios». A través de la corporeidad de Jesús, «el misterio mismo de Dios ha quedado expuesto a los ojos y a las manos de los hombres». Tocado por la multitud, cuidado en los momentos de fatiga, besado, perfumado y ungido por la mujer anónima, el cuerpo de Jesús –vulnerable– acabó clavado en la cruz como un malhechor cualquiera. Llegó a ese extremo no tanto por las circunstancias político-religiosas en las que vivió, sino porque, obediente a la voluntad del Padre, él mismo se entregó en favor de los demás. Ser-para-el-hombre (la «pro-existencia») es la característica de la existencia de Jesús, cuerpo entregado.

La resurrección de Jesús «no significa sólo una legitimación póstuma de la verdad de su causa…, sino que su vida no ha caído en el vació». A partir de la resurrección todos somos contemporáneos de Jesús: «Estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo» (Mt 28,20). El Resucitado, que es el Crucificado, está presente en la historia. Lo que sucedió en aquel tiempo «tiene una actualidad permanente» porque se ha eternizado en la persona del Señor de la Vida. La continuidad entre el Crucificado y Resucitado nos permite aceptar una continuidad fundamental para el ser humano que ha de atravesar los umbrales de la muerte. Es que todo el que ha sido tocado por el amor lleva impresas huellas de eternidad. Nuestro cuerpo será transformado en cuerpo glorioso como el del Señor.

El sacramento del Cuerpo entregado no es una mera rememoración del pasado, sino la actualización de un acontecimiento «que, por tener valor fundante, sigue afectando la vida del pueblo en el presente, y seguirá afectándole en el futuro». Este sacramento es «memoria, compañía y profecía», como es «sacrificio, presencia y comunión». Las dos trilogías piden por nuestra parte «acogida y reciprocidad». El que comulga con el Cristo «pro-existente» está dispuesto a convertirse en pan partido para la vida del mundo, sobre todo de los más pobres: «el altar de la Iglesia son los pobres».

Una recta comprensión del ser eclesial pasa necesariamente por la eucaristía: «Nos hacemos un cuerpo, aunados en una única existencia», ha dicho Benedicto XVI. La unidad no significa uniformidad: «La multitud y diversidad de los miembros del cuerpo no es motivo de daño o división, sino de riqueza y de vitalidad». La diversidad es un don de Dios a la Iglesia y reflejo de los muchos carismas dados por el mismo y único Espíritu. La diversidad en la Iglesia «aumenta su honor y contribuye no poco al cumplimiento de su misión». Todos estamos llamados a ser pan partido para la vida del mundo.


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