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¡Sed misericordiosos!

Severino María Alonso, cmf -
    Dios se nos revela, en la Persona de Jesucristo, como amor misericordioso: Como amor gratuito, personal y entrañable para nosotros. Por eso, creer de verdad en Jesús, es creer de verdad que Dios nos ama. Y creer en el amor de Dios, es creer en Jesús. Esta es la grande y buena Noticia. Una Noticia, que no sólo hay que recibir con agradecimiento, sino que también hay que celebrar con gozo desbordante y compartido en fraternidad...

    Podríamos formularnos algunas preguntas: -¿Creo, de verdad, en el amor personal, gratuito y entrañable, que Dios me tiene? ¿Me dejo amar por él, consintiendo activamente en ese amor? -El amor se ofrece, no se impone... Pertenece a la nobleza y a la dignidad del amor, que yo haga el gesto humilde de acogerlo y de abrirme a él en libertad... ¿Sé hacer ese humilde gesto y me mantengo en actitud de acogida y de apertura al Amor que se me ofrece? -¿Pienso, en el fondo, que el amor de Dios obedece y responde a mis problemáticos méritos? En mis obras, ¿miro más al 'premio' o al posible 'castigo' que al amor desinteresado y gratuito? -¿Tengo el sentido de la gracia, de la gratuidad y de la gratitud, o, más bien, me muevo por el espíritu mercantil o comercial, pasando a Dios 'factura' por mis 'obras buenas'? -Desde la experiencia de ser amado con amor misericordioso, ¿he aprendido a amar con el mismo amor de misericordia? -La Virgen María es como un 'sacramento', un signo visible y eficaz, del amor maternal con que Dios nos ama. Ella es Reina y Madre de misericordia. ¿Nuestro espíritu filial mariano es aguda conciencia de ser amados maternalmente por Dios, en María?

    Y podríamos también orar de este modo, dirigiéndonos a Dios, nuestro Padre:

    ¡Oh Dios y Padre nuestro, Padre de la infinita Misericordia!: Sabemos, por tu Hijo Jesucristo, que eres Amor infinito y que nos amas, a todos y a cada uno de nosotros, con Amor personal, gratuito y entrañable. Lo sabemos desde una fe inquebrantable. Y queremos saberlo también por 'experiencia de vida'. Comunícanos tu Espíritu para que aprendamos a amarte a Ti y a amar a nuestros hermanos con el mismo Amor con que Tú nos amas. Te lo pedimos por Jesucristo, Nuestro Señor. Amén

    Escuchemos, de nuevo las palabras de Jesús:

    "Yo os digo a los que me escucháis: Amad a vuestros enemigos, haced el bien a los que os odien, bendecid a los que os maldigan, rogad por los que os difamen. Al que te hiera en una mejilla, preséntale también la otra; y al que te quite el manto, no le niegues la túnica. A todo el que te pida, da; y al que tome lo tuyo, no se lo reclames. Y lo que queráis que os hagan los hombres, hacédselo vosotros igualmente. Si amáis a los que os aman, ¿qué mérito tenéis? Pues también los pecadores aman a los que les aman. Si hacéis bien a los que os lo hacen a vosotros, ¿qué mérito tenéis? ¡También los pecadores hacen otro tanto! Si prestáis a aquellos de quienes esperáis recibir, ¿qué mérito tenéis? También los pecadores prestan a los pecadores para recibir lo correspondiente. Más bien, amad a vuestros enemigos; haced el bien, y prestad sin esperar nada a cambio; y vuestra recompensa será grande, y seréis hijos del Altísimo, porque él es bueno con los ingratos y los perversos. Sed misericordiosos, como vuestro Padre es misericordioso" (Lc 6, 27-36).

    Cristo nos invita a ser misericordiosos como nuestro Padre celestial es misericordio­so (cf Lc 6, 30). Ahora bien, la misericordia de Dios es amor gratuito y personal a todos los hombres, buenos y malos, justos e injustos, para los que -sin distinción- hace brillar el sol y envía la lluvia (cf Mt 5, 45).

    Ser misericordioso, al estilo de Dios, es amar como ama Dios: con amor personal y gratuito, absolutamente desinteresado, a fondo perdido, sin pasar factura y sin buscar respuesta. Amar simplemente por amor, no por otros motivos. Es querer a cada persona por ella misma, porque es ella, como quiere Dios al hombre (cf GS 24). Sabiendo que el que así ama, será amado de la misma manera, por Dios y por los hombres.

    En el amor a los enemigos es donde se pone más absolutamente de relieve la gratuidad del verdadero amor. Y aquí radica la gran originalidad del amor cristiano.

    A lo más a lo que han llegado algunos de los mejores hombres de la humanidad, en un alarde de nobleza y hasta de heroísmo, es a no devolver mal por mal, a no odiar a los enemigos, a no responder con violencia a la violencia. El gran consejo de Tobías a su hijo es: "No hagas a nadie lo que no quieras que te hagan a ti" (Tob 4, 15). En cambio, devolver bien por mal, amar a los enemigos, responder con mansedumbre a la violencia, orar por los que persiguen y calumnian, parece demasiado, pues excede la lógica racional. Pero, justamente esto es lo que pide y exige el Evangelio, siguiendo el ejemplo y el mandato de Jesús1. Y su consejo-mandado se formula de manera positiva:"Todo cuanto queráis que os hagan los hombres, hacédselo también vosotros a ellos; porque ésta es la ley y los profetas" (Mt 7, 12). "Lo que queráis que os hagan los hombres, hacédselo vosotros igualmente" (Lc 6, 31).

    Y justamente en 'esto' consiste la verdadera perfección.

    No podemos proyectar nuestros esquemas mentales sobre la Biblia. Sabemos que el hombre bíblico rehuye, casi por instinto, toda abstracción; que ama apasionadamente lo concreto, lo sensible. Y es del todo ajena a su pensamiento la filosofía y, sobre todo, la metafísica. Sin embargo, no pocas veces, se han volcado conceptos aristotélicos o platónicos sobre textos bíblicos, haciéndoles decir lo que en manera alguna querían decir.

    Así, por ejemplo, sobre la expresión "Yo soy el que soy" (Ex 3, 14) se ha hecho recaer, muchas veces, la teoría de Aristóteles sobre "el acto puro". Cuando lo más probable es que Dios se presente y revele como el que siempre está de parte de los hombres, en favor suyo, a su lado. Tal vez, la mejor traducción sería, entonces: "Yo soy el que estoy". Es decir, Yo soy el que siempre estoy de vuestra parte, a vuestro lado, en favor vuestro. Ya que Dios no quiere revelar su naturaleza, su esencia íntima, sino su comportamiento con los hombres, su modo providente de actuar.

    También sobre la expresión-invitación de Jesús "Sed perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto" (Mt 5, 48), se han proyectado excesivas reflexiones filosóficas, de carácter aristotélico o escolástico. Cuando hubiera bastado, para entender de qué 'perfección' se trata aquí,  leer e interpretar este versículo en riguroso paralelismo con las palabras que nos transmite San Lucas: "Sed misericordiosos como vuestro Padre es misericordioso" (Lc 6, 36).

     Juan Pablo II nos lo ha recordado, muy oportunamente: "Los mandamientos y la invitación de Jesús al joven rico están al servicio de una única e indivisible caridad, que espontáneamente tiende a la perfección, cuya media es Dios mismo: 'Vosotros, pues, sed perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto' (Mt. 5, 48). En el evangelio de Lucas, Jesús precisa ulteriormente el sentido de esta perfección: 'Sed misericordiosos, como vuestro Padre es misericordioso' (Lc 6, 36)" (VS 18).

    En definitiva, la perfección cristiana consiste en la misericordia, es decir en amar como ama Dios, con amor gratuito, personal y entrañable.

    La 'virginidad consagrada' es una vocación, una llamada a amar a Dios y a los hombres al estilo mismo de Cristo y con su mismo amor: Con amor divino y humano, total e inmediato, personal, gratuito, entrañable y universal. Por eso, la Congregación para la Educación Católica escribió textualmente:

    "Jesús ha indicado, con el ejemplo y la palabra, la vocación a la virginidad por el reino de los cielos. La virginidad es vocación al amor: Hace que el corazón esté más libre para amar a Dios. Exento de los deberes propios del amor conyugal, el corazón virgen puede sentirse, por tanto, más disponible para el amor gratuito hacia los hermanos. En consecuencia, la virginidad por el reino de los cielos expresar mejor la donación de Cristo al Padre por los hermanos y prefigura con mayor exactitud la realidad de la vida eterna, que será esencialmente caridad. La virginidad implica, ciertamente, renuncia a la forma de amor típica del matrimonio, pero asume a nivel más profundo el dinamismo, inherente a la sexualidad, de apertura oblativa a los otros, potenciado y transfigurado por la presencia del Espíritu, el cual enseña a amar al Padre y a los hermanos como el Señor Jesús"2.

  1. Cf Lc 6, 27-36; Mt 5, 39-47; etc.
  2. Congregación para la Educación Católica, Orintaciones educativas para el amor humano: Pautas de educación sexual (1 de noviembre de 1983), Madrid, 1984, n. 31, pp. 21-22.
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