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Se acabó la juerga, ¡viva la fiesta!

Josep Rovira, CMF -
    Así comentaba la situación actual hace poco un amigo mío (tal Gonzalo). A este propósito, me invitó a leer el libro de Peter Hahne (“Se acabó la fiesta”) que en dos años ha vendido en la sola Alemania, patria del autor (un teólogo protestante), más de 750.000 ejemplares (¡!). Me ha venido la idea de ofrecerles algunas de sus afirmaciones. Verán que son bastante “apocalípticas” y provocatorias, lo cual me ha hecho dudar si exponerlas o no; pero ahí las dejo para que cada uno saque sus consecuencias. Quizás puedan serles útiles en este período de Adviento, vigilia de la Navidad.

    En estos últimos decenios, muchos en Occidente hemos abaratado nuestros valores y convicciones con lo que Hahne llama la “sociedad de la diversión”. Y notemos que esta mentalidad o sociedad se halla no sólo en ciertos países más o menos ricos, sino en no pocos ambientes del llamado Tercer Mundo, sobre todo en las grandes ciudades, allí donde llegan ciertos medios de comunicación (televisión, Internet, teléfono móvil...). Parece como si el placer personal –dice el autor- fuera la finalidad de todo. El trabajo es una fastidiosa obligación que hay que abreviar lo más posible, lo justo para ganar dinero para gozarse aquella “sociedad”. Si las preocupaciones que llenan la mente y la jornada de no pocos no pasan de ser: cómo ganar más dinero, cómo trabajar menos, a dónde ir de vacaciones la próxima vez, la espera afanosa del próximo “puente” o las rebajas de final de estación, qué menú elegir, qué moda seguir..., quiere decir que la persona vive en la terraza y no baja nunca a ver qué sucede en el piso de abajo de su propia casa y controlar si los fundamentos pueden aguantar el edificio. Según algunos, vamos a la semana laboral de tres días, porque el viernes hay que volver pronto a casa para no quedar bloqueado en un atasco de tráfico, y el lunes hay que recuperar del “stress” de un fin de semana vivido a tope...

Nelson Mandela dijo una vez que el grado de humanidad de una sociedad se mide por el modo de tratar a los niños y a los ancianos. Ahora bien, cuántas veces en nuestra sociedad se ve a los niños como “riesgo gastos” y a los ancianos como un “peso económico”. Por eso se tiende a la cultura “single”, una sociedad cada vez más dirigida a quien vive solo, a las parejas que envejecen sin hijos. Contracepción y aborto son “derechos” a los que poco a poco va añadiéndose el de la eutanasia. ¿Será que al final quien va a salvar nuestra sociedad va a ser esta inmigración que tantos maldicen y temen? Basta ver la disminución demográfica de los “nativos”, para darnos cuenta de cómo están andando las cosas.  Vamos hacia una sociedad de “nativos ancianos”, llevada adelante por una minoría de hijos de éstos más la llegada de gente de fuera y su colaboración en engrosar las filas de los nuevos jóvenes. Ahora bien, los que van llegando traen su cultura, su modo de ser que, por más que se acomoden al sitio donde llegan, va a influenciar y transformar lo que han encontrado. Y así, por ejemplo, si las nativos eran cristianos o post-cristianos, y los que llegan son mayoritariamente de religión musulmana, es evidente que vamos hacia un nuevo Occidente cultural y religioso.

Decía un adolescente en una entrevista: “Ciertamente necesitamos divertirnos; pero, sin un sentido, ni siquiera la diversión tiene ya sentido”. La cara de juerguistas en el fondo infantiles y aburridos de no pocos entre quienes aparecen en los “shows” televisivos de Final de Año (lo volveremos a ver dentro de pocos días), ¿no demuestra que algo no funciona en esta sociedad? ¿Cómo interpretar el hecho de que muchos jóvenes (y no solamente ellos) saben todo de discotecas, dj, modas, etc., pero no pueden entrar en una iglesia o visitar un museo (donde podrían contemplar las raíces históricas y culturales de su humanidad) porque no saben de qué va, se aburrirían y basta? Decía el filósofo H. G. Gadamer: “Si no recordamos ya nuestro origen, no tendremos futuro. El futuro es el origen”; o, con otras palabras del presidente alemán J. Rau: “Si no sabes de dónde vienes, no puedes saber hacia dónde vas”. Decía R. Herzog: ¿Qué transmitimos a la nueva generación, más allá de ordenadores cada vez más perfectos, teléfonos móbiles más sofisticados y escaparates más repletos? Muchos han pasado del ser de derechas o de izquierdas, a sólo divertirse lo más posible. La diversión ha llenado el vacío ocupado antes por una serie de valores. Para cuántos la palabra “Padrenuestro” no “suena” a nada. Hay quien habiendo visto escrita la palabra “Gólgota”, creyó que se trataba de un error en vez de “Colgate” (¡!). Nuestra generación “high-speed”, cada vez más acelerada, no conoce la paciencia, la reflexión, el silencio. Faltando tiempo para reflexionar, se pierde la seriedad y se navega sin rumbo en la dispersión, girando contínuamente en todas direcciones como una veleta en busca de otro momento de diversión.

    Según Hahne, la fecha que ha decretado el principio del fin de este tipo de sociedad fue el 11 de Septiembre 2001: el atentado a las torres gemelas de Nueva York por obra del extremismo musulmán; seguido después por el mayor atentado en Europa otro día once: el 11 de Marzo 2004 en Madrid, 911 días después del primero. Y nótese que en inglés el once de Septiembre se escribe 9/11. ¿Pura coincidencia de los números o hecho adrede?

     De todas maneras, da la sensación de que poco a poco se va acabando el tomarse superficialmente la vida, la “juerga”; y, sin dejar de lado la dimensión de fiesta necesaria en toda existencia, empezamos a ponernos preguntas más serias sobre ¿de dónde venimos, qué sentido tiene la vida, hacia dónde vamos...? ¿Podemos permitirnos el malgastar nuestro mundo, y no pensar en el montón irreciclable de basura que estamos dejando a nuestros sucesores? ¿Podemos permitirnos echar a la basura o destruir cantidad enorme de alimentos, mientras tantísima gente, que tiene los mismos derechos que nosotros, pasa hambre? ¿Podemos fingir desentendernos de tanta parte (¿la mayor parte?) de la humanidad, como si no existiera, cuando tal vez la tenemos en nuestra misma nación, ciudad o barrio? Las pateras de inmigrantes y la subida contínua de precios, entre otras cosas, nos están diciendo que la cosa no funciona y algo importante está para acabar. Somos un solo pueblo en fase de globalización, y la historia nos va a pasar factura pronto. Y, repito, todo esto está sucediendo no solamente en los llamados países ricos, sino también en ciertas minorías ricas de los pueblos pobres; minorías que las malfamadas multinacionales contratan para explotar aquellos países dando una buena tajada de las ganancias a dichas minorías. Señores, ¡la juerga se está acabando!

    Decía el psicoterapeuta Victor Frankl que la autorrealización (vocábulo “sagrado” hoy día) no es más que “una palabra que disimula un egoísmo llevado al extremo”: yo, yo y todavía yo. El escritor Cl. Jakobi describe nuestra sociedad post-sesenta-y-ocho con un triple grito de batalla, a imitación de la Revolución Francesa de 1789: “Tiempo libre, indiferencia religiosa, descuido de los demás”. Pero, según la investigadora danesa F. Romeiss-Stracke, en los próximos diez años, a la actual autorrealización egocéntrica como medida de todas las cosas, seguirá un renacimiento de cuestiones esenciales, de valores y de sentido; y, según ella, será sobre todo la  fe cristiana la que podrá encontrar de nuevo un terreno fértil. Quien se pregunte por el significado de la vida y de la muerte, de la alegría y del dolor, va a ser el nuevo “progresista” (y no el “reaccionario”, como creen algunos). Hay que volver a la fe, a la esperanza y al amor como estructuras fundantes de la convivencia y de la visión global de significado de la vida humana. Ello conduce a la confianza en la realidad, es decir, que tiene un significado; pues, sin confianza de fondo, no puede existir la confianza en sí mismos y en los demás, que es la base que conduce al amor, a la solidaridad, y prepara el camino al Evangelio, a la respuesta definitiva que Dios ha dado a nuestra humanidad.

    Diversión y seriedad no se oponen mutuamente, si se aplican en la debida dosis; así como seriedad no significa falta de alegría, sino superación de la trivialidad: no hay que permitir que sea siempre otro quien piense y decida en vez de mí, manteniéndome súcube de las modas del momento, del “como piensan o hacen todos”. La racionalidad, si no la usamos, se oxida fácilmente. La vida hay que vivirla cada momento, consciente y profundamente, si queremos gustarla, y no simplemente sobrevivirla.

    En consecuencia, la juerga se acaba, la fiesta no. Mientras la juerga-diversión es un sentimiento superficial y pasajero, la alegría es una actitud de fondo que se apoya en la profundidad de la persona. Cuando la vida está programada en la alegría, las derrotas no nos hunden del todo; porque la auténtica alegría, como actitud que sustenta la vida, es el resultado de una sensibilidad y de una paz interiores, el descubrimiento de un significado profundo de las cosas y de sí mismos. Lo que sucede es que hay quienes  no tienen paz interior (ni tal vez saben lo que es), y viven como si la pregunta sobre la vida fuera una pregunta falsa que no puede ni siquiera pretender hallar una respuesta. En cambio, hoy día tanta gente necesita el testimonio de quienes rezuman paz, esperanza; una esperanza y una paz, no fruto de ilusiones pasajeras y superficiales, sino pensadas, frecuentemente sufridas. Sólo así se puede abrir el telón de fondo del futuro y dar un espacio verdadero a la alegría y a la fiesta. Dijo Teilhard de Chardin: “El futuro pertenece a quienes transmiten a la próxima generación motivos para esperar”.

    Ahora bien, nosotros creemos en “la” esperanza, Cristo (1Tim 1,1). Esta esperanza que alborea de nuevo cada año con la Navidad: un bebé que llora en una cueva de los alrededores de Belén. Llora porque acaba de nacer y está vivo. Junto a él, sus padres contemplan sonrientes sus primeras lágrimas: son una señal de vida, de esperanza; nos recuerdan que Dios no se ha olvidado de nosotros. ¡Por eso estamos de fiesta! ¡Viva la fiesta!

    ¡Feliz Navidad! Buon Natale!

J. Rovira cmf.
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