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Santificado sea tu nombre

Enrique Martínez de la Lama, cmf (MISIÓN ABIERTA) -
    En la Sagrada Escritura se le da a Dios el nombre de Yahweh; con él Dios quiere hacer entender al hombre que siempre estará a su lado, que nunca le dejará; además, envía a su Hijo al mundo para que, en su Nombre, le cuide y le salve del poder del pecado, del temor a la muerte y de la esclavitud bajo la ley.

    El nombre es en el lenguaje bíblico la persona misma -decir en el Magníficat «su nombre es santo»    es decir «el Señor es santo»-. Había reparo en nombrar a Dios (Eclo 23,9) y sólo lo pronunciaba el sumo sacerdote una vez al año, durante la fiesta de la Expiación. Hasta se olvidó cuál era la pronunciación exacta de Yhwh y se empleaban otras expresiones como el Eterno, el Señor, el Todopoderoso, los Cielos, el Santo bendito sea, Adonai...  Según la mentalidad judía (sigo algunas ideas de J. R. Scheifler en Sal Terrae 1988/1), hacía falta conocer hasta el fondo a la persona, para ponerle su nombre adecuado. Señalar el nombre de alguien es designar su ser y su misión (recuérdese, por ejemplo, el nombre de Jesús, Yahveh salva al pueblo de sus pecados, Mt 1, 21); cambiar el nombre de alguien es declarar que su vida ha mudado de sentido («Y tú Simón: tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi iglesia» Mt 16,18).

    Poner nombre a alguien o algo equivale a dominarlo y tomarlo bajo protección. Es lo que hace Adán en el segundo capíritulo del Génesis, cuando Dios hace pasar ante él a todos los animales para que les ponga nombre. Invocar el nombre de alguien es obligarle a actuar conforme a lo que es. Así, nos explicamos que Dios no quiera dar a conocer su nombre. Después de que Jacob haya peleado con Yahveh, y éste le cambie el nombre por el de Israel, pregunta por su nombre y no obtiene respuesta: «¿Para qué preguntas mi nombre?» (Gn 32,30).

    Al hablar del nombre de Dios, es obligado acudir al Ex 3, 14: «Y dijo Dios a Moisés: Mi nombre es Yahweh. Explícaselo así a los israelitas. «Yo soy» me envía a vosotros». El verbo que se esconde detrás de Yahweh habría que traducirlo como «estar para, junto a, a favor de...»; un estar o ser dinámico y benévolo para ayudar, apoyar, etc, que (según el tiempo verbal) viene desde antiguo, se realiza en el presente y llegará a su plenitud en el futuro. Algo así como «Yo estaba, estoy, pero sobre todo estaré a vuestro lado, en vuestro favor».

Su presencia

    Esta presencia se repite por toda la Escritura. Cuando Moisés se pregunta cómo se presentará ante el Faraón, Yahveh le responde con su nombre: «Yo estaré contigo» (te ayudaré), pondré mis palabras en tu boca. De manera similar, Jeremías, al sentirse un adolescente que no sabe hablar, recibe estas palabras: «No digas eso, porque Yo estaré contigo para salvarte... todos arremeterán contra ti, pero no podrán contigo, pues contigo estaré yo para salvarte». Y cuando María recibe la visita del ángel, escucha idénticas palabras: «El Señor está contigo...» 
    En Ex 33, 19 y 34, 6-7 Yahweh le dice a Moisés que no puede ver su rostro y seguir viviendo, pero le da una garantía: su Nombre: Hago gracia a quien hago gracia y tengo misericordia de quien tengo misericordia. Traduciendo todo el sentido de estas expresiones diría Yahweh: «Yo tuve y tengo afecto, ternura, compasión hacia vosotros y los mantendré con toda seguridad, pero también con entera libertad. Soy y seré clemente, tierno, compasivo. Estad seguros de ello, pero os lo mostraré a mi manera, sin que podáis manipularme ni obligarme a serlo como a vosotros se os ocurra».

        Como vemos, el nombre de Yahveh se asocia, en los textos bíblicos, a la misión. Dios se acerca y se da a conocer porque ha oído la opresión de su pueblo, y ha decidido intervenir en la historia de un modo liberador, contando con la colaboración de Moisés. El nombre va unido a la tarea de proclamar la Palabra por parte de los profetas, asegurándoles protección. Y en el nuevo testamento descubrimos el nombre de Yahveh escuchando de nuevo el clamor del Pueblo y optando por hacerse presente (encarnación) en la hija de Sión: nunca como entonces «el Señor está» contigo, porque pasa a estar en medio de los hombres.
    Es un nombre, pues, que ofrece protección, seguridad. Quien se refugia en este nombre no se pierde. Nos viene a la memoria la figura del Buen Pastor. En el Salmo 24, 3 leemos: «Me guía por la senda del bien, haciendo honor a su nombre». A lo largo de toda la historia de Israel, Dios manifestó que Él es incomparable por los actos de salvación realizados en favor de su pueblo, con los que hizo brillar la santidad de su nombre: «Al ver lo que he hecho en medio de ellos, santificarán mi nombre, santificarán al santo de Jacob, temblarán ante el Dios de Israel» (Is 29,23).
    El profeta Daniel bendice al Dios del cielo después que el misterio le fue revelado en una visión nocturna: «Bendito sea por siempre el nombre de Dios, porque suyos son el poder y la sabiduría» (Dan 2, 19-20). Y también: «Bendito tu nombre santo y glorioso, digno de alabanza y de gloria por los siglos» (Dan 3, 52). Y en Apocalipsis: «¿Quién no temerá, Señor, y glorificará tu nombre? Porque sólo tú eres santo, y todas las naciones vendrán y se postrarán ante ti» (Ap 15, 4). También en labios de Jesús encontramos algunas expresiones particularmente significativas. En la oración sacerdotal, Cristo resume su propia misión en términos de:

  • Hacer conocer, manifestar el nombre del Padre: «He manifestado tu nombre a los hombres que me diste tomándolos del mundo» (Jn 17, 6). Y al final asegura: «Les he dado a conocer tu nombre, y se lo seguiré dando a conocer» (Jn 17,26).
  • Guardar a los suyos en este mismo nombre: «Cuando estaba con ellos, yo cuidaba en tu nombre a los que me habías dado. He velado por ellos y ninguno se ha perdido, salvo el hijo de la perdición» (Jn 17,12).

    Rastreando por el capítulo 17 de Juan, encontramos una hermosa definición: «ésta es la vida eterna: que te conozcan a ti». Luego, Jesús asocia el nombre de Dios a la vida eterna, y conocerlo es ya un comienzo de la misma. El nombre que Jesús ha manifestado a los hombres es el de Padre, un Amor que llega hasta la entrega de su propio Hijo por nosotros (Jn 3,16-18), para salvar al mundo. Esta presencia salvadora no ocurre sólo en un momento de la historia, pues la tarea de Jesús es seguir dándolo a conocer (alusión al Espíritu Santo), seguir haciendo efectiva ese «tomarnos del mundo».
    Jesús nos ha cuidado y cuida en su Nombre, de parte del Padre, para que ninguno se pierda -de nuevo se insinúa la imagen del Pastor y la oveja perdida-. Nos ha dado su Palabra -misión profética como, por ejemplo, la de Jeremías-, y nos envía con ella al mundo: nos trasmite su conocimiento del Padre convertido en tarea misionera. Una tarea que no estará exenta de dificultades, porque nos matarán pensando que dan culto a Dios, porque no han conocido al Padre (Jn 15,2-3).

    Y un nuevo elemento se añade en el nombre dado a conocer por Jesús: El amor incondicional del Padre, que llega hasta resucitar al Hijo y a los hijos: «Yo les he dado a conocer tu nombre para que el amor con que tú me amas esté con ellos y yo en ellos», posibilita que Dios nos habite, como ya fue habitada María. Somos los nuevos templos de Dios, donde los hombres pueden conocer quién es Dios, cuál es su nombre. Y en nuestra historia personal y comunitaria seguiremos sintiendo una presencia salvadora, que continúa oyendo los gritos del Pueblo.

Para dialogar y orar

  1. ¿Cuál es el nombre que Dios me puso/pone al tomarme como hijo suyo (en el bautismo-confirmacion)? ¿Que tareame ha encomendado y cómo la vivo?
  2. ¿Qué experiencia tengo de que «El Señor está conmigo»? ¿En qué momentos lo he vivido con más plenitud? ¿Por qué senderos me va guiando''
  3. Subrayar todos los verbos que indican el sentido que tiene el "nombre de Dios". Orar desde ellos.
  4. ¿En qué consiste para mí, para mi comunidad, hoy el dar a conocer su nombre? ¿Cómo hacerlo? ¿A quién tenemos que guardar en su nombre para que no se pierdan?
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