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Rostros “sacerdotales” que des-colocan

José Cristo Rey García Paredes cmf -

Resulta sorprendente constatar la variedad de rostros “sacerdotales”que existe actualmente en la Iglesia católica. La gama es impresionante: tanto desde la apariencia externa, como desde el mundo interno de cada uno. Quizá la palabra “sacerdote” o “sacerdotes” no sea la más adecuada para hablar de ese conjunto de personas y tal vez la expresión ”ministros ordenados” resulte demasiado genérica y elástica. De todos modos, sabemos bien a quiénes nos referimos. A aquellos varones que han recibido el sacramento del Orden en cualquiera de sus grados (diaconado, presbiterado o episcopado).

En su apariencia exterior

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sacerdotes

La variedad de rostros “sacerdotales” a la que me refiero comienza por la apariencia exterior: unos van vestidos ordinariamente con un hábito talar (la sotana o el hábito de la propia orden o congregación religiosa, o los paramentos propios del rango episcopal); otros suelen utilizar -sea en todo momento, sea en circunstancias especiales- el clergyman negro o gris o incluso con los más sorprendentes colores como azul, blanco, morado, rojo...; otros nunca utilizan un vestido que los distinga, aunque tal vez puedan llevar alguna cruz o alguna insignia: y, entre estos, los hay vestidos con el mono de trabajo del obrero, o con la bata del médico o enfermero, o con la corbata del profesor universitario o del director de una gran institución, o con un sencillo vestido acomodado a las condiciones climáticas o la mayor o menor prosperidad de la gente con que conviven. Unos van afeitados, otros se dejan la barba o el bigote. Unos llevan larga melena, otros el pelo cortado, otros lucen su calva.

No hablemos ya de las diferencias culturales y raciales. Hay ministros ordenados de muchas de las razas de nuestro planeta, que hablan las más variadas lenguas, que tienen las más diversas sensibilidades culturales. Es más, los candidatos más numerosos provienen frecuentemente de las culturas y razas -hasta ahora- más extrañas al cristianismo. Ello permite que un clero que tiende a envejecer en las iglesias más antiguas, sin embargo, esté equilibrado por el clero joven de las iglesias nuevas.

Toda esta variedad exterior y tan contrapuesta, queda unificada, cuando los ministros ordenados ejercen su función sacramental: quedan revestidos con sus vestiduras litúrgicas y celebran los ritos cristianos..

En su mundo interior

Los rostros “sacerdotales” son muy variados en su interioridad. Desde siempre me impresionó descubrir que los ministros ordenados difieren mucho unos de otros en su sensibilidad religiosa: hay quienes se sienten muy agusto y en su papel “sacral” dirigiendo el culto, presidiendo celebraciones litúrgicas, actuando en el ámbito religioso, y quienes, por el contrario, sienten una espontánea lejanía e inadecuación, actuando más por obligación que por deovción. Éstos últimos suelen sentirse más centrados en el ámbito de la proclamación de la Palabra, de la acción pastoral social o pastoral liberadora. Hay ministros ordenados muy cumplidores de sus deberes sagrados (oración íntegra del oficio) que mantienen una reserva intencionada ante lo profano ( no asistencia a ciertos espectáculos o reunioes sociales); y los hay también que sienten la necesidad de alternar con la gente, de no medir en exceso los tiempos de oración, pero tienen como proyecto la “encarnación” en la vida de la gente, la inserción que hace el ministerio mucho más cercano y relevante.

Me he encontrado también como ministros ordenados muy ortodoxos y otros a quienes no preocupa tanto la ortodoxia de las ideas, y sí la recta conducta u ortopraxis. He visto ministros ordenados muy preocupados por la fe y a otros muy preocupados por la caridad.

Desde el punto de vista ministerial existen también notables diferencias entre unos y otros. Oficialmente suelen ser reducidas a dos: los ministros ordenados del clero secular o diocesano, y los ministros ordenados del clero regular. Los primeros están dedicados sobre todo a la diócesis y a la parroquia, los otros dependen de proyectos apostólicos que los pone al servicio de las iglesias particulares pero no de forma permanente y no siempre al servicio de una parroquia o iglesia: se trata de servicios más móviles y carismáticos.

Finalmente, también la conducta moral del clero marca entre nosotros diferentes líneas divisorias: el poder, el dinero, la sexualidad en sus aspectos luminosos y también oscuros. Hay rostros “sacerdotales” que tienen marcada su vida por los consejos del Evangelio respecto a esas fuerzas ambigüas que ’hay en nosotros; y hay rostros “sacerdotales” que en ocasiones sucumben ante los lados más negativos del poder, del dinero y de la sexualidad.

¡Esa es la verdad!: que este grupo de referencia es muy plural y muy variado; hay quienes en su conciencia no pueden tolerarlo; lo deploran, se escandalizan, denuncian la secularización de unos mientras aplauden la rectitud y coherencia de los otros. Y por parte de otros, hay disgusto y crítica ante el formalismo, el uniformismo, el sacralismo que resiste, se impone disciplinarmente y se hace más poderoso en las nuevas generaciones. Ese “cuadro sacerdotal impresionista” que de alguna manera he tratado de delinear resulta, para unos y otros, demasiado oscuro, ambiguo, indeterminado.

¡No basta el “¡todo vale!”

Acabamos de iniciar el “año sacerdotal”. Y este asunto del pluralismo sacerdotal debe interesarnos y también preocuparnos. La interpretación del fenómeno de los múltiples rostros sacerdotales no se nos da espontáneamente. No se debe “simplificar” un fenómeno tan complejo, pero tampoco es solución el liberalismo de quien defiende que “¡todo vale!”, “que cada uno siga el camino que le marque su conciencia”. Tampoco es válida -a mi modo de ver- la actitud oficialista de quienes defienden un único modelo, que todo lo hace más fácil: según ese principio, el modelo de sacerdote sería el diocesano, implicado en una parroquia, bajo la guía de su obispo y con una fuerte espiritualidad y celo apostólico, como puede verse en el santo cura de Ars. También hay otros rostros “sacerdotales” que no se atienen a esas características: por ejemplo el modelo itinerante y supraparroquial y supradiocesano del misionero, o el modelo carismático de artista, del científico, del educador, del médico o enfermero, del asistente social, del obrero. Ahí cabría referirse a modelos como Teilhard de Chardin, el Abbé Pierre, Maximiliano Kolbe...

La gran pregunta

Ante tanta variedad y diversidad -especialmente palpable en una gran concelebración, cuando uno conoce la identidad de cada uno de los concelebrantes-, yo me he preguntado muchas veces: ¿porqué habremos sido elegidas para el ministerio ordenado personas tan diversas, con tan diferentes sensibilidades, formas de ser y de actuar? ¿Es que necesita el Señor resucitado tanta diversidad para hacer presente en su Iglesia su misión y ministerio? ¿No le bastaría con un modelo muy definido, con ministros ordenados de un solo perfil? ¿Qué querrá Dios decirnos con estas tensiones en el cuerpo ministerial ordenado de la Iglesia católica?

Lo primero que salta a la vista, con toda su evidencia, es que Jesús no ha optado por el elegir a los mejores y, por lo tanto, que no es la perfección y la excelencia, aquello que persigue a través del ministerio. Si el ministerio ordenado es cosa de Dios, de Jesús el Señor, entonces ¡no nos hagamos demasiadas ilusiones! ¡No es el liderazgo perfecto el que con este ministerio se pretende!

Lo segundo que salta a la vista es que nadie suple al Buen Pastor, al Único, Sumo y Eterno Sacerdote, que nadie puede arrogarse y monopolizar el ser voz de Dios, Palabra de Dios. ¡Sólo Jesús es la Palabra de Dios! Lo que caracteriza a los ministros ordenados es el “mysterium lunae”. Evoco aquí la imagen preciosa, utilizada por el Papa Juan Pablo II, en su exhortación “Novo Millenio Ineunte”. Así como la luna no tiene luz propia, pero refleja la luz del sol, así también los ministros ordenados no tienen luz propia, pero reflejan la luz del Sol que es Jesús. Poco importa que unos ministros sean piedras preciosas y otros sólo pedriscos o arena, que unos sean tierra fértil y otros terreno baldío, la realidad es que todos reflejan la luz del Sol. En un momento u otro, en una circunstancia u otra, harán verdad aquello para lo que fueron escogidos. Lo dijo muy bien san Agustín al pensar en cualquiera de las peores eventualidades en un ministros ordenado; su afirmación categórica fue: “¡Jesucristo mismo bautiza!”.

Por otra parte, nunca ha resultado en la iglesia las actitudes puristas de quienes intentan separar ”su” trigo de “su” cizaña, a quienes consideran puros de quienes consideran impuros. Esas líneas divisorias son muy equívocas y engañosas. ¡Sólo Dios conoce lo que hay en los corazones y en los espíritus humanos!

Creo que, ante todo, es bueno atender el consejo del Maestro: “No juzguéis y no seréis juzgados”, “con la medida con que midiéreis seréis medidos”. No miremos nunca a nuestros hermanos en el “sacerdocio ministerial” con ojos de juez, porque no estamos habilitados para ello.

Esto no quiere decir que hayamos de olvidar la advertencia de nuestro Maestro: “Ay de aquel por quien vinieren los escándalos, más le valiera no haber nacido”. Ser piedra de tropiezo en el camino de los demás, de los más pequeños, de los más indefensos, es para Jesús un mal terrible. O aquello otro de que en el “Sancta Sanctorum” puede establecerse la “abominación de la desolación”. Los casos de escándalo en el ministerio ordenado revisten una especial gravedad: en ellos la profanación de lo santo es más que evidente.

No debemos imponer a nadie un “modelo humano” de ministerio ordenado. Aun reconociendo la validez de las personas ejemplares, nuestra única referencia es Jesús y sus primeros discípulos misioneros’(los apótoles) , que colaboraron con el Espíritu y con Él en la creación y guía de las comunidades cristianas. Esa es la referencia de todas las referencias, el criterio que nos permite distinguir entre los sustancial y lo accesorio. A lo largo de nuestra historia -gracias al Espíritu- se ha mantenido y regenerado lo sustancial, pero también han entrado elementos accesorios que siendo válidos en unas épocas han dejado de serlo en otras.

Finalmente, la comunión de esta “biodiversidad ministerial ordenada” hace que unos seamos gracia para los otros, que nos volvamos más evangélicamente tolerantes, que en todos y cada uno aparezca el “rostro apostólico” que apareció en aquellos Doce u Once hombres tan diversos a los que Jesús eligió y envió.

-  Fuente : Ecología del Espíritu

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