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Relación entre matrimonios y sacerdotes/consagrados

Bonifacio Fernandez, cmf -

El matrimonio es un sacramento personal; el signo sacramental es el compromiso de amor entre un hombre y una mujer. También el sacerdocio es un sacramento personal; se confiere el ministerio ordenado a personas, cuya vocación y compromiso de servicio al pueblo de Dios es reconocido, aceptado por el obispo. Estas características  ponen de relieve la importancia de la relación personal y pastoral para el crecimiento espiritual. He aquí el relato de la experiencia de un matrimonio Juanjo y Marian, cuyo lema es: Vivir amando, crecer caminando.

Esposa

Como verdadero hombre, Jesús de Nazaret era emotivo, sensible, compasivo, se conmovía ante el sufrimiento, es decir su corazón estaba abierto a los demás. Así es como Juanjo y yo queremos que sean los sacerdotes consagrados y consagradas que encontramos en nuestro camino y con los que intentamos compartir vida. La verdad es que no siempre ha sido así, estoy pensando en sacerdotes concretos con los que hemos iniciado una relación y al principio era cercana, pero según iba avanzando nos dábamos cuenta que algo fallaba, que nuestro acercamiento cariñoso, familiar, no cuajaba; que existía una barrera entre ellos y nosotros dos que no había forma de superar. Nos parecía que su afecto no era sincero, que no se correspondía con el nuestro. Nos veíamos aceptados, valorados como colaboradores en el servicio que prestábamos, pero no como amigos con los que compartir vida. Esto nos hacía sentirnos tristes y preocupados.

En más de una ocasión nos preguntábamos en qué estábamos fallando. Con el tiempo nuestra relación se iba apagando poco a poco, porque también nosotros nos íbamos retirando, ya que en aquellos momentos no fuimos capaces de entender la posible razón de su forma de comportarse con nosotros.

Hoy pienso que, hablando con ellos con sinceridad y profundidad, seríamos capaces de ayudarles a quitarse esa coraza de frialdad e insensibilidad y acompañarles en el camino de la afectividad para superar sus miedos, si estos eran la razón de su comportamiento con nosotros.

También en nuestro caminar hemos tenido la suerte de encontrarnos con sacerdotes y consagrados como vosotros y consagradas como vosotras dispuestos/as a escucharnos (se refiere al grupo que está escuchando), que nos habéis acompañado o acompañáis, que os descubrís ante nosotros como sois, que nos mostráis vuestros logros y desilusiones, vuestros valores y carencias, vuestra necesidad de amar y de ser amados y amadas, que nos queréis y os dejáis querer, que estáis con nosotros demostrándonos que nos necesitáis, que somos importantes para vosotros/as y que buscáis nuestra cercanía, por lo que sois un verdadero signo de amor para nosotros dos. 

Cuando vemos vuestra entrega, vuestra generosidad con los demás, vuestra fidelidad, vuestra aceptación,  nos retáis, nos llamáis a aceptar a todos, a ser generosos el uno con el otro y con los demás. Cuando vemos que sois capaces de superar cansancios,  críticas y que con vuestra escucha, vuestro perdón, habéis conseguido cambiar rechazo por caminos de paz, nos llamáis al perdón y a la reconciliación.

Cuando vemos como lucháis en vuestra comunidad, como os enfrentáis a las dificultades, nos animáis y retáis a hacer nosotros lo mismo, a superar nuestras diferencias y a luchar en los momentos difíciles en nuestra relación. Cuando nos fijamos en vuestra acogida a todos, nos ayudáis a ser acogedores con todos, no sólo con las personas que son afines a nosotros, sino especialmente con los que piensan diferente. Cuando vemos que dais  gracias a Dios por vuestra vocación nos retáis a ser más conscientes y a dar también gracias por el regalo que significa el tenernos el uno al otro.

Cuando vemos vuestra vulnerabilidad, vuestra sensibilidad, que amáis con un corazón abierto dejándoos tocar por las personas, nos mostráis los valores del propio Jesús y una iglesia más cercana, más auténtica, más sensible, la iglesia que nosotros queremos vivir. En definitiva, cuando vemos estas actitudes en vosotros/as  nos ayudáis a ser mejor pareja. Sois signo para nosotros y enriquecéis nuestra relación.  

Esposo

Todo lo que Marian acaba de compartir por supuesto que lo hago mío, sobre todo el apartado de qué nos aporta cuando nos relacionamos con un sacerdote y/o consagrad@ que ama de verdad con una relación cercana y sincera. Cuando encontramos un sacerdote o consagrado/a parapetado en, o atenazado por  sus miedos, percibimos que sólo muestra su “escaparate” escudándose en principios y normas, siendo incluso poco sensible ante el dolor, dudas y fragilidades de sus feligreses. Miedos que –interpretamos- le impiden ser más humano, más cercano, más emotivo y vulnerable, que ama a su manera porque lo dice el guion, pero no porque le sale del corazón. Esto nos hace preguntarnos dónde está esa iglesia que además de acogedora, debe mostrarse abierta, transparente, creíble, alegre e incluso, ¿cómo no?, tierna.

Cuando vivimos con esos interrogantes nos quedamos fríos, desilusionados y algo paralizados, aunque sea momentáneamente. Eso nos afecta a nivel personal y como pareja comprometida y cristiana. Hace que  nuestra relación con ese sacerdote, consagrado/a la vivamos sólo como un “equipo” para realizar tareas y cuyo objetivo o responsabilidad mayor es la de cumplir horarios, normas y programas, que es necesario, pero nuestra relación con él/ella no pasa de ser compañeros de trabajo, no compañeros de camino y lejos del lema que Marian y yo tratamos de vivir y hacer realidad: Vivir amando, creer caminando.

Pero afortunadamente puedo deciros que abundan las experiencias positivas, por ejemplo, me vienen a la cabeza, ¿cómo no?,  los curas que pasaron por mi pueblo durante mi infancia, adolescencia y juventud: Enrique, Cecilio, Josean, etc. y más tarde ya como matrimonio, Rufino, Josetxu, Antonio, etc.

Curas que al observar cómo viven su vocación con su gente, hemos visto y además gozado de su paciencia, su dedicación, su  acogida.  Curas que de entrada se centran en la persona, en  nuestro estado de ánimo, en nuestras dudas y esfuerzos, etc. Sí, se centran en saber de nosotros dos, en cómo vemos y nos va la vida, sin juzgarnos, para después, si es adecuado, guiarnos a través del Evangelio, no a examinar o amenazar con el Evangelio. Es así como al mostrarse acogedores, entregados y dispuestos a hacer camino junto a nosotros, nos hacen ver una iglesia abierta y creíble. Ello  nos anima a tratar de ser nosotros dos también una iglesia así, allí donde estemos, empezando por nuestra pequeña iglesia, la iglesia doméstica.

Nos sentimos privilegiados por todas las ocasiones en que nos vemos acompañados en nuestro caminar por personas como todos vosotros que sois verdaderos testigos de Jesús al vivir vuestro ministerio con la alegría del amor.

En este momento me viene a la memoria, gozosa experiencia vivida como voluntarios en Guatemala con las Hnas. Dominicas de la Anunciata, donde constatamos que eran auténtico mensaje, auténticas   mensajeras,  pues con su entrega diaria, su sencillez, su cercanía, su alegría, su compromiso, su fe en Dios, eran auténtico evangelio, lo que nos ha retado y ayudado a ser más coherentes, más austeros, más entregados y generosos y además nos han enseñado a sonreír y a agradecer al Padre por lo que tenemos y no a llorar por lo que nos falta.

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