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Ratzinger-Benedicto XVI o la mansedumbre de acero

Josep Rovira, cmf -

El pasado 16 de abril Benedicto XVI cumplió 80 años de edad, y el 19 celebró el segundo aniversario del comienzo de su ministerio petrino. Con este motivo, acaba de salir un libro suyo del que se hablaba desde hacía tiempo: “Jesús de Nazaret”. A pesar de hablar solamente de algunos temas concernientes el período de la vida pública de Jesús que va del bautismo a la transfiguración, tiene 447 páginas (¡!). El autor ha prometido una segunda parte para más adelante, si el Señor le da salud y fuerzas. La Editorial Rizzoli de Milán (editorial, dicho sea de paso, que no pertenece a ninguna Congregación religiosa ni a la Iglesia) ha sacado una primera edición de 350.000 ejemplares (¡!).

Se trata de un libro de lectura a veces fácil, otras no tanto. Se nota que quien escribe es un autor acostumbrado a manejar la pluma, muy preparado, y... alemán. Supone el conocimiento de no pocos datos; habida cuenta de éstos, la lectura se presenta asequible y maciza, al mismo tiempo. Pasa de reflexiones bíblicas y teológicas más o menos “técnicas” a aplicaciones directas a nuestro momento actual. Para entendernos, no se trata de un libro de carácter más o menos autobiográfico o poético, como los que había sacado Juan Pablo II. Mi pregunta es: ¿cuántos lo van a leer, sobre todo desde el principio hasta el final? Si se me permite un juicio atrevido y quizás precipitado –y desde luego opinable- su valor está sobre todo en ser un testimonio de fe, ofrecido con humildad y competencia por un cristiano especial. Visto así, estoy cierto de que vale la pena hacer el esfuerzo por leerlo, aunque sea poco a poco; e incluso uno espera que pueda salir la segunda parte anunciada que deberá completar la vida y el misterio de Jesús de Nazaret.

Todos estos hechos me han
sugerido la pregunta: ¿qué definición podríamos dar del cristiano Ratzinger-Benedicto XVI? Y me parece que una de las más adecuadas podría ser la de: “el manso de acero”; testimonia su fe con una mansedumbre de acero y una grande confianza en la racionalidad. Ambos aspectos o elementos me parecen coincidentes en su persona, como se podrá deducir de algunos hechos que les ofrezco a continuación.

Me parece muy oportuna la precisación con que acaba la autopresentación del volumen, comenzado –dice el autor- durante las vacaciones veraniegas de 2003, continuado en agosto de 2004, y terminado aprovechando los pocos ratos libres desde que es Papa. La precisación dice: “No tengo necesidad de decir expresamente que este libro no es absolutamente un acto magisterial, sino expresión de mi búsqueda personal del «rostro del Señor» (cfr. Salmo 27,8). Por eso cualquiera puede contradecirme libremente. Pido solamente a las lectoras y lectores una anticipación de simpatía sin la cual es imposible la comprensión” (p. 20). Lo cual, dicho por el ex-Prefecto de la Doctrina de la Fe y actual Papa, no es poco. No estamos acostumbrados a esta sencillez y libertad de espíritu. Yo diría que, aunque hubiera sido solamente por este párrafo, valía la pena escribir el libro, comprarlo y leerlo.

Unas palabras, por lo demás, en plena sintonía con cuanto había dicho en la homilía del 24 de abril de 2005, durante la Misa de comienzo de su pontificado en la plaza de San Pedro: “No estoy solo. No tengo que llevar yo solo lo que en realidad no podría llevar nunca solo (...). Mi programa de gobierno es el de no hacer mi voluntad, ni seguir simplemente mis ideas, sino ponerme a la escucha, junto con toda la Iglesia, de la palabra y la voluntad del Señor (...). Rogad por mí al Señor, para que aprenda a amar siempre más a su grey, a vosotros, a la Santa Iglesia, a cada uno de vosotros en particular y a todos juntos. Rogad por mí, para que no huya, por miedo, ante los lobos. Roguemos los unos por los otros, para que el Señor nos conduzca y nosotros aprendamos a conducirnos los unos a los otros”. Efectivamente, todos somos Iglesia, y por lo tanto todos tenemos voz en capítulo, todos somos corresponsables, aunque no todos tengamos el mismo ministerio que llevar a cabo dentro de la comunidad cristiana.

A lo largo de aquellas páginas, aparece una vez más el modo de ser de este hermano nuestro: sencillez y profundidad. Nos dice cómo él ve a Jesús, qué es lo que a él le confirma en su fe, sin impedirle el seguir pensando y buscando. Una fe fruto ciertamente de un acto de confianza en Dios, pero también de un contínuo razonamiento sobre la misma: fe y razón, viene a decir, no se contradicen sino que se ayudan mutuamente. Me atrevería a decir que el libro es una especie de “caminata espiritual” del creyente Ratzinger por los parajes de la vida y misterio de Cristo.

De la competencia del autor ya se ha hablado mucho: sus años de profesor universitario y los más de setecientos títulos escritos, entre libros y artículos... Yo quisiera simplemente hacer referencia ahora a otros aspectos de su vida de hombre sencillo y humano. Ahí van.

Una vez su hermano, Mons. Georg Ratzinger, dijo que, cuando se encontraban (y lo hacían muy frecuentemente) en el piso de su hermano cardenal, Joseph, en Roma, cocinaban entre los dos; luego, echaban a suertes a ver a quién de los dos le tocaba lavar los platos...

El actual Secretario de Estado, cardenal Tarcisio Bertone, salesiano, es un hombre extroverso, juvenil, de trato inmediato y un hincha del fútbol: siendo arzobispo de Génova hace un par de años incluso dirigió el comentario radiotelevisivo de un partido desde el estadio. Ha colaborado con Ratzinger desde 1995, cuando éste era Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe y Bertone era el Secretario de la misma. En una entrevista televisiva, el pasado 16 de abril con motivo de los 80 años del Papa, comentó que se encuentra casi todos los días con Benedicto XVI para tratar los problemas que van saliendo a nivel de Iglesia y de mundo. Pues bien, entre otras cosas dijo: “Suelo comenzar contándole algún chiste de última hora, así se crea un momento de humor y distensión. De vez en cuando, si ha habido un partido importante, el Papa me pregunta qué tal fué... Después pasamos a las cosas serias...”.

Probablemente notaron Ustedes el pasado Viernes Santo que, cuando llevaba la cruz del Viacrucis, el Papa no llevaba el anillo. La razón fue que quiso renovar una antigua tradición según la cual aquél es un día en que se debe evitar todo lo que pueda parecer honor, fiesta... Ante Cristo colgado en la cruz, no caben signos de poder, sino de humildad.

El jueves de la semana anterior, había presidido en la basílica de San Pedro una celebración penitencial para jóvenes. Llegado el momento de las confesiones individuales, se metió también él en un confesonario y confesó a un grupo de ellos. Recordarán Uds. que Juan Pablo II solía bajar el Viernes Santo a confesar durante una hora en la basílica.

Ya que he hecho referencia a Papa Wojtyla, es obvio que cada Papa tiene sus características. Por ejemplo, Benedicto XVI te mira fijo en los ojos cuando te está cerca y habla contigo, cosa que no solía hacer su predecesor. Juan Pablo II, por su parte, tenía una confianza total en el entonces cardenal Ratzinger. En estos dos últimos pontificados, hemos pasado de la imagen a la palabra, de un Papa que queríamos ver (Juan Pablo II) a un Papa que nos invita a escuchar y a reflexionar. Un Papa, Benedicto, que cuida poco su imagen, pero sí cada palabra que pronuncia. Efectivamente, su rostro no es muy fotogénico, según mi parecer; sus gestos son pocos, casi siempre los mismos y a veces parecen más bien torpes, como si no supiera qué hacer con las manos. Cuando fue elegido, los primeros días llevaba una sotana blanca vistosamente corta –luego se la cambiaron-; otra vez se le asomaba un jersey negro, de viejo cura en pensión, por dentro de las mangas de la sotana blanca...

Otro característica personal es a propósito de la piedad mariana. Mientras que en Juan Pablo II la devoción mariana parecía que le salía impetuosa y desbordante de dentro y desde siempre, Ratzinger confesó honestamente que durante muchos años la miró con sospecha; luego, poco a poco se fue convenciendo de que sólo se puede ser cristiano si se reconoce a María un papel importante en la historia de la salvación, sin exageraciones sentimentales, pero también sin reticencias ni rebajas. Y, de hecho, tiene algunos artículos muy interesantes sobre la Virgen.

Quienes le conoc
en de cerca desde hace muchos años se limitan a decir, no que Benedicto XVI sea diferente del “duro” Joseph Ratzinger, sino que se dan cuenta ahora de cómo era en realidad el cardenal, más allá de los cómodos clichés creados por los medios de comunicación. Ahora se le va conociendo por lo que siempre había sido: un hombre sencillo, sincero, franco, acogedor transparente (de ahí la “mansedumbre”), incluso alegre... –en estos dos años ha hecho referencia repetidas veces al tema de la “alegría del cristiano”-; que ha pensado mucho, y por lo tanto está convencido de lo que dice (he ahí el “acero”).Un hombre que dice casi con timidez, sin arrogancia, pero al mismo tiempo con firmeza, aquello en lo que cree. Una paciencia nutrida de certeza. Y a todos nos gusta que quien nos habla diga en verdad lo que piensa; así como a nadie le gusta sentirse aplastado o humillado por la personalidad o el carácter del otro. Un ejemplo típico fue la larga cena con charla de varias horas, que condividó el 24 de septiembre del año pasado, con el famoso teólogo católico progresista Hans Küng, el cual no ha ahorrado nunca críticas ni a la Iglesia, ni a Juan Pablo II, ni a Ratzinger. Supieron encontrarse, cenar, charlar con calma, discutir... como viejos amigos, aunque después dijo Küng en una entrevista que no habían estado de acuerdo en algunos cosas. Lo mismo sucedió con otra personalidad totalmente diversa, la del sucesor del arzobispo Marcel Lefèbvre, Monseñor Bernard Fellay, jefe de aquel grupo ultraconservador y actualmente fuera de la Iglesia.

Ratzinger ha sabido mirar con simpatía algunas características italianas y romanas que a veces se consideran más como defectos que como virtudes. Cuando el periodista Messori le preguntó en el libro-entrevista (“Rapporto sulla fede”, Milán 1985, pp. 67-70), qué le parecería si el centro de la Iglesia estuviera en Alemania, el cardenal reaccionó inmediatamente: “¡Qué desgracia! (...). Tendríamos una Iglesia demasiado organizada. Piense que sólo de mi arzobispado en Munich dependían cuatrocientos entre funcionarios y empleados (...). Sí, mucho mejor el espíritu italiano; no organiza mucho y deja espacio a las personalidades individuales, a iniciativas personales, a ideas originales que... son indispensables para la Iglesia. Todos los santos han sido hombres de fantasía, no funcionarios de una estructura (...). Me gusta aquella humanidad latina que deja siempre espacio a la persona concreta , dentro de la necesaria urdimbre de leyes y códigos”. Messori le insistió en que el sistema romano frecuentemente es lento y centralista; a lo que le replicó el entonces Prefecto: “Permítame decirle que la proverbial lentitud vaticana no tiene solamente aspectos negativos. Es otra cosa que yo he entendido solamente en Roma: saber sobreseer, como decís los italianos, puede ser positivo, porque da espacio a que la situación cambie, madure, se esclarezca por sí sola. Ahí se esconde una antigua sabiduría latina: las reacciones demasiado rápidas no siempre son deseables, una prontitud de reflejos no excesiva a veces acaba respetando más a las personas”. Me recuerda las palabras de otro famoso teólogo alemán, Karl Rahner, cuando en un congreso de católicos en su país (el llamado “Katolikentag”), algunos se le quejaron de que en la Curia Romana había demasiados italianos; a lo que él, buen conocedor de ambos ambientes, respondió: “¡Menos mal que no son alemanes! Si lo fueran, habría que cumplir todas las leyes y normas; los italianos promulgan muchas leyes, pero no necesariamente luego las cumplen...”.

Finalmente, me decía hace pocos días un Monseñor que trabaja en la Curia Romana que el Papa es muy consciente de los límites que le impone la edad: ¡ochenta años cumplidos! Por eso, se toma las cosas con una cierta parsimonia; ha reducido el número de encuentros (en particular con políticos), documentos, pronunciamientos..., y se centra sobre todo en lo que va a decir y en los encuentros con obispos y el estudio de los dossiers que le pasan. Dedica normalmente un día a la semana a descansar, y una o dos tardes a pasear abundantemente. Y ahora se nos va a ir a Brasil...; una prueba de fuego con el tercer mundo, concretamente latinoamerico. ¡Feliz y fructuoso viaje!


Arrivederci!

J. Rovira, cmf.

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