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¿Quién dicen los hombres que es el Hijo del Hombre?

Gonzalo Fernandez Sanz cmf (Revista Vida Religiosa) -

El espacio y el tiempo

Por fuera, la pregunta acontece cuando Jesús llegó «a la región de Cesárea de Filipo» (Mt 16,13) o cuando aún estaba «por el camino» (Me 8,27). Por dentro, acontece «mientras él estaba orando a solas» (Le 9,18). Es una pregunta con espacio: región de Traconítida, al norte de la Galilea cotidiana, no lejos del Monte Hermón. Es una pregunta con tiempo: probablemente entre dos luces (las del crepúsculo o las del alba), la hora propicia para la confianza. En cualquier caso, es una pregunta a telón caído. Han transcurrido muchas lunas de representación por los pueblos del contorno. Se han escuchado minutos interminables de aplausos. Pero toda obra tiene su hora de la verdad. Detrás de las bambalinas se están desmaquillando Jesús y la compañía de actores. Y entonces, sólo entonces, a telón caído y a maquillaje borrado, surge la pregunta que divide en dos el camino. Es una pregunta de rigurosa seriedad. Tras ella, nada volverá a ser igual. En este intermedio da tiempo para cambiar hasta el lenguaje. Donde los actores decían "comprender/no comprender", "ver/no ver" ahora van a empezar a decir "cargar con la cruz", "subir a Jerusalén". La segunda parte está a punto de comenzar, pero estamos todavía en el intermedio.

No qué sino quién


No importa mucho qué está pasando ahora o qué ha pasado por los escenarios palestinos. Los qués son tantos que no hay quien los registre. Atraen sobremanera las parábolas y los milagros. Sin embargo, el que seduce es el quién. Los quiénes son también muchos -es verdad-, pero son únicos e irrepetibles. ¿Quién dicen los hombres que es el hijo del hombre (el HH)? ¿Ha habido alguien que haya traspasado descaradamente el maquillaje? Entre tanto público, ¿ha aparecido algún entendido? No abunda la agudeza. Lo nuevo se interpreta desde lo viejo. Siempre sucede así. Lo "viejo" próximo es Juan, el bautizador. Y de él hablan los tres (Mateo, Marcos y Lucas) en sus recortes de prensa. En Elias también se han puesto de acuerdo. Es lo "viejo" remoto: un hombre de espíritu con mucho predicamento. Mateo, en solitario, se permite mencionar luego a Jeremías, otro de los grandes. Está claro que lo viejo remoto pesa mucho, tanto, que, a renglón seguido, donde Mateo y Marcos utilizan el semitismo «uno de los profetas» (para decir llanamente un profeta), Lucas dice un profeta «de los antiguos» (Le 9,19). ¡Lástima que el de Nazaret no quiera subirse al carro de estos prohombres! El quién, por el momento, queda en penumbra. El público, además de poco penetrante, se muestra impreparado para el teatro de vanguardia. Así, al menos, indica el sondeo hecho por los actores en sus cuchicheos de pasillo.

La gente y vosotros


El público, ¿quién es el público? La respuesta, de puro obvia, acaba siendo misteriosa. El público son "los hombres" (¿Quién dicen los hombres que es el hijo del hombre?). Es la respuesta de Mateo y de Marcos. Lucas, más sociologizado, prefiere hablar de "hoi ókhloi" (o sea. las muchedumbres, la gente, el personal). En cualquier caso, sorprende el contraste. Primero se piensa en los "otros", llámense hombres o gente. A la altura del versículo 15 la pregunta se dirigirá a los del escenario. No es lo mismo decir la gente, el público que asiste a la representación, que decir vosotros, los actores que se están dejando la piel en el escenario. Las respuestas tampoco son iguales. Las mejores nunca llegan de los sondeos colectivos de opinión. La verdad tiene siempre un carácter personal, se resiste al anonimato estadístico. Jesús, después de esta experiencia de Mt 16, no volvió a realizar ninguna encuesta sociológica con ayuda de los suyos. Al público no se le puede preguntar a voleo, a ver qué pasa, porque entonces se alza lo viejo como paradigma. El público -ya se sabe- prefiere siempre lo viejo. No por noble, sino por seguro.

Un nombre con cartel


El tercer miembro de la pregunta se las trae. ¿Por qué a Jesús, el Actor de Nazaret, le gusta tanto llamarse hijo del hombre como mote artístico? Y, ¿por qué su comunidad, su vieja caravana de cómicos, no usa después este título apocalíptico? El muy posible empalme con Daniel 7,13 explica algo, pero no todo. El profeta habla en ese versículo de una figura que aparece en las nubes del cielo y que se dirige al Anciano. A este "hijo del hombre" (título que, en este caso, parece indicar algo más que una forma de decir "hombre", algo más que una referencia corporativa) "se le dio imperio, honor y reino, y todos los pueblos, naciones y lenguas le sirvieron" (Dan 7,14). Aunque no se sepa bien de quién se trata, teatral sí resulta. Y aquí estamos -no se olvide-ante una gran representación (comedia y drama a un tiempo).

En la apocalíptica extracanónica (en el libro de Henoc. por ejemplo), el hijo del hombre aparece como una figura individual con acusados rasgos escatológicos y soteriológicos. Se gana en concreción sin perder misterio.

Este horizonte debía ser conocido por el Nazareno, atento siempre a los símbolos y expectativas de la gente. Al fin y al cabo, era el último horizonte del Antiguo Testamento. El Nazareno, como siempre, empalma y desborda. Él nunca se autodenomina mesías, aunque otros sí le atribuyen el apellido. ¡Hubiera resultado tan difícil darse a entender en el supermercado de esperanzas mesiánicas de su pueblo, que resultaba mejor no correr el riesgo! Él prefiere llamarse hijo del hombre. Es el apellido/empleo que figura en su carné de identidad y en los carteles en los que se anuncia su función: Jesús, el nazareno, el hijo del hombre. Y los evangelios sinópticos registran hasta unas 80 veces este apellido, que, en realidad, es más bien un mote artístico.

El hecho de que no tuviera contornos precisos hacía de él un nombre muy apropiado para revelar una dimensión y para ocultar otra, para provocar la expectación de lo nuevo y para defraudar viejas esperanzas, para acentuar su densa humanidad (la de Él) y para sugerir su condición divina (también la de Él). En lenguaje eclesiástico, se puede decir que era un nombre a salvo de reduccionismos espiritualistas y políticos: un verdadero logro. Por eso Jesús usa y abusa del hallazgo.

En los sinópticos la expresión hijo del hombre se aplica a su actividad terrena, que tiene mucho de maravillosa comedia (cf Me 2,10; Me 2,28; Mt 8,20; Le 11,30), a su pasión, que es un verdadero drama (cf Me 8,31; 9,31) y a la venida final sobre las nubes del cielo con gran poder y majestad, que es un golpe de efecto increíble (cf Me 13,26): tres situaciones distintas y un solo sujeto verdadero. Pero siempre con la nube del misterio cerniéndose sobre ellas, para que nadie pueda encerrar en conceptos el genio del Artista. Como debe ser.

Esta historia me suena


Corren los primeros días de 1992, el año más mítico que nos queda hasta cruzar la barrera del 2000. Por arte del Espíritu Santo, ayudado a veces por algunos seguidores del Maestro, la pregunta QHHH (¿Quién dicen los Hombres que es el Hijo del Hombre?) conserva una discreta/intensa actualidad. Que se lo pregunten si no a los catequistas que pasan horas coleccionando respuestas llamativas de los famosos y que luego, para seguir la lógica ¡cónica de la yuxtaposición, para impactar emocionalmente a sus catequizandos, mezclan las opiniones de Juan Pablo II, Pinochet, Alexander Haig, Heinrich Bóll y Jacqueline Kennedy, todos ellos católicos más o menos convencidos y convincentes. O que se lo pregunten a los teólogos que un día dialogaron con Garaudy (un viejo enamorado de Jesús) y que hoy se abren a Vattimo, Kundera, E. Morin y al creador francés del último gran multiespectáculo sobre el Nazareno titulado "Jesús era su nombre". Dicen que sí, que lo de Jesús sigue interesando, que no se han suspendido las representaciones, aunque con el correr del tiempo han cambiado los decorados y el vestuario.

Esta historia es otra cosa


Todo esto es hermoso y, sin embargo, un sexto sentido nos dice que la actualidad de la pregunta QHHH es algo más que el resultado de una encuesta. ¿Podríamos atrevernos a decir, sin lesionar creencia alguna, íntimamente convencidos y gentilmente respetuosos, que esta humanidad de 1992 padece el "síndrome HH". que anhela el retorno del Hombre (primero a ras de tierra, luego apasionado/crucificado y finalmente victorioso sobre las nubes)? ¿Podríamos decir que esta humanidad (es decir, yo, mi gente, el presentador del telediario, los pobres del comedor social) está cansada de ser ética (porque va dejando de ser moderna), se cansará pronto de ser estética/dietética (cuando también lo posmoderno casque) y suspirará enseguida por ser "agapética"? Y cuando esto suceda -esto está sucediendo siempre- ¿se agarrará al HH como experiencia amorosa insuperable? ¿Lo considerará uno más, valioso como los "viejos" próximos o remotos (Juan el bautizador, Elias, Sócrates, Buda, Marx, Gandhi), o se atreverá a saltar hasta Mt 16,16 para decir con Pedro: «Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo»?

Estas preguntas tienen poco que ver con el futuro de la religión como magnitud sociológica, con el crecimiento o decrecimiento de la Iglesia, con los virajes que dará la cultura euroamericana. No son las preguntas que los hombres nos hacemos cuando estamos en el escenario y escribimos libros, regalamos opiniones o construimos teorías. Estas preguntas y sus correspondientes respuestas acaecen siempre a telón caído y a maquillaje quitado, cuando concluye el tiempo de la representación y pide preferencia de paso el tiempo del amor. Por eso son preguntas incurablemente humanas, trans-espaciales y transtemporales (al menos, hasta ahora). Puedo prescindir de comer carne (si soy vegetariano), de practicar el sexo (si he optado por el celibato) e incluso de creer en Dios (si me declaro agnóstico o ateo impenitente). Pero, aunque en el escenario cacaree lo contrario por exigencias del guión, en el camerino (que es cuando soy más yo), no puedo prescindir de ser amado. Lo del HH es una "agapética" porque se reduce a eso: a amor del bueno, a puro desgaste por "vosotros" y por "los otros". La "agapética" es el don/arte de sentirse bien desviviéndose. Y todo a cambio de nada, ni siquiera de la fe en él. Amor con amor se paga, pero en inquebrantada libertad. ¿Quién puede hondamente resistirse?

Una versión más directa del QHHH


Hay más. En Cesárea, no en la que está junto al mar sino en la que apunta al Hermón, la QHHH del versículo 13 abandona su carácter de pregunta técnica/impersonal y se hace descaradamente derecha en el 15. ¡Ah, la sutileza amorosa del 15!: «Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?». Aquí ya no se pueden citar recortes de revista ni porcentajes estadísticos. La pregunta va directa al centro personal ¡y encima nos pilla sin maquillaje! Cabe una salida rápida y relativamente airosa: "Pues yo, como Pedro". Pero, claro, antes tiene que salir un Pedro a la palestra. Y resulta que, después de un silencio embarazoso y de varias rondas de miradas, caigo en la cuenta de que Pedro ... soy yo. Dios mío, ¿qué digo? Poner una cruz en las casillas del sondeo no cuesta, ¡pero responder a pecho descubierto es otra historia! Más: ¿puedo responder honestamente a lo Robinson? Si lo hago, ¿quién me asegura que se trata de una respuesta genuina y personal por el hecho de ser "sólo" mía?

El valor de una declaración


Una traducción comunitaria viene ahora de perlas. Aunque Pedro sea yo y, por lo tanto, la respuesta deba ser personal y personalizada, es maravilloso que el HH haga la pregunta en plural: "Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?". El HH quiere a la gente, se compadece de ella. Cuando dice "los hombres" o "el personal" no habla como un sociólogo, ni siquiera como un pastoralista. Habla como alguien que se ha aprendido los nombres de la multitud. Y, sin embargo, ha querido también rodearse de unos pocos para el servicio de los muchos. Y a estos pocos los llama "vosotros". Y con estos pocos recorre los escenarios de Galilea y de la Traconítida representando "El Reino de Dios que viene", una encantadora comedia de hechura impecable. Al principio, van de éxito en éxito. En varias poblaciones tienen que colgar el "No hay entradas". Y todos están más contentos que unas pascuas, porque no tienen ni idea de la Pascua que le/les aguarda a la altura del capítulo 26.

¿Cómo va a decir Pedro "Tú eres el Cristo" fuera del círculo del "vosotros"? ¡Pero si el "vosotros/nosotros" ha sido la escuela en la que ha aprendido a conocerlo! ¿Qué valor tendría una respuesta en solitario, un heroísmo erguido sobre la cobardía de los demás? Pedro es Pedro, pero es, al mismo tiempo, portavoz del "vosotros/nosotros". Por eso su respuesta adquiere la envergadura de una declaración colectiva: "Nosotros, los actores de tu compañía, aquí, en Cesárea de Filipo, declaramos que tú, el primer actor, vales mucho, eres mucho, eres el Protagonista". De momento, es más que suficiente. Se puede empezar la segunda parte. Que esta declaración tardase años a hacerse vida no tiene ahora la menor importancia.

El nuevo "vosotros" de la comunidad


Nuestra comunidad ha hecho hoy una salida a Cesárea de Filipo. Aprovechando el día de retiro, respiramos la brisa que nos viene del Hermón, ponemos en orden nuestros guiones y ajustamos el decorado, a ver si en este bendito 1992 nos sale una representación vistosa.

Mientras ensayamos, he aquí que Él nos hace la prueba QHHH e inmediatamente nos espeta la prueba del 16,15, que es, a primera vista, más intrincada, propia para actores de primera: «Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?». Hacemos mal si la entendemos como una prueba selectiva y nos ponemos a temblar como novatos. ¿Existe alguna pregunta suya -incluidas las más duras- que no sea una noticia buena, una palabra "agapética"? Pues ésta, la del 15, no es de otra raza. Así que, tranquilidad y buena letra. Por otra parte, nos la hace, no el día del estreno, sino al cabo de muchas representaciones. Nos pilla, pues, con tablas y solera.

Y la pregunta se hizo carne


Acaso El no busque ahora una respuesta contundente sino una percepción antibanal de la pregunta. Hay que echarle corazón y tiempo. Hay que traspasar todo guión sabido. Estamos hoy en una sesión de "living theatre": ¡que fluya lo que archivamos dentro!

¿Quién eres tú, nazareno? Déjame que desmaye mis muchas preguntas en tu pecho. ¿Eres el soniquete que acompaña día y noche mis vaivenes? ¿O eres acaso el pan partido de los miles de eucaristías que conservo? ¿Eres el rostro pluriforme de la comunidad, mi madre? ¿Eres la "mala conciencia" que me brota cuando ignoro otros rostros repugnantes? ¿Eres como una colección de razones para enfrentarme al diario devaneo? ¿Eres, más bien, una sobredosis de esperanza, algo así como un sentimiento venturoso que modera mis frustraciones? ¿Eres tangible o intocable? ¿Queda alguna huella tuya lejos de los sufrientes? ¿Dónde te percibo más: en los cuentos o en las cuentas, en los bajos o en las bajas, en las minas o en las manos?

Si digo con toda mi fe que "eres el Cristo", en realidad, ¿qué digo? ¿Quién me asegura que no repito? ¿O debo ceñirme escrupulosamente a tu ficha calcedoniana? Y, entonces, ¿qué digo que sea carne de mi carne y carne de mi iglesia? Si digo "tú eres mucho, eres lo máximo" me da la impresión de no decir nada y de decirlo todo: es mi traducción del "cristo" a falta de un conocimiento mejor del habla griega. Si digo "tú eres el Hombre", entonces se me vienen encima mil condenas de reduccionismos y, sin embargo, siento que doy en la diana y que me aproximo -exégcsis aparte- a tu mote enigmático. Y entonces, inabarcable hijo del hombre, me entran unas ganas locas de representar terrenamente tu comedia, de practicar la agapética por encima de la ética y de la estética, de morir apasionado/crucificado y de aparecer contigo sobre las nubes del cielo, asido a una infinita hilera de miserables. Y si estoes un sueño vano, si se me dispara la imaginación huera, entonces, divinísimo hijo del hombre, te pido que hagas realidad mi sueño. Así sea.

Otro espacio y otro tiempo


Por fuera, estas preguntas y estas respuestas acontecen cuando una comunidad se retira a repetir Mt 16, 13 y siguientes. Por dentro, todo esto sucede cuando nos ponemos a ser nosotros mismos a solas: o sea, pocas veces, porque somos poco cuerpo para aguantar por mucho tiempo la verdad. Aquí, en Cesárea de Filipo, en la Traconítida que se extiende al Noroeste de Galilea, se sigue representando "El Reino de Dios que viene". El Primer Actor sostiene los altibajos de sus compañeros.

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