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¿Qué sucedería si un prisionero de los americanos fuera elegido Papa?

Josep Rovira, cmf -
A veces, mirando hacia atrás o escuchando ciertos relatos, se tiene la sensación de que Dios  “se divierte” con nosotros y nuestras miserias.

Así me ha parecido a propósito del viaje del Papa a Estados Unidos el pasado mes de Abril. Después de años de una evidente tensión entre el Vaticano (sobre todo Juan Pablo II) y los últimos gobiernos americanos (con motivo de las guerras en Iraq, la pena de muerte, la revolución sexual, el superliberalismo económico, el aborto...), parece que está volviendo una cierta bonanza.

El hecho es que a algunos les ha sorprendido el entusiasmo –según ellos excesivo- manifestado por Benedicto XVI en algunos de sus discursos acerca de aquel país. Los periódicos aquí en Italia lo han interpretado diciendo que Ratzinger admira a aquel pueblo porque ha sabido unir la laicidad del Estado con una profunda religiosidad, el “mito” de la libertad con la fe (¡con excepciones!, la verdad sea dicha); mientras que se queja de que Europa ha caído en un laicismo que reniega y casi parece avergonzarse de sus raíces cristianas. Alguien ha citado la frase de un personaje importante de la historia de América que dijo: “Un país con una religión: tiranía; con dos religiones: guerra santa; con mil religiones: libertad para todos”.

Quizás esta razón sea válida en Ratzinger-creyente y Ratzinger-teólogo; pero, leyendo las informaciones de estos días pasados he encontrado otra razón que puede explicar el por qué en Ratzinger-hombre, Ratzinger-alemán. Vean Uds.

Hace poco tiempo Benedicto XVI envió una breve carta autógrafa de agradecimiento, en hoja intestada de la Santa Sede. En el texto, el Papa bendecía, conmovido, a los veteranos del ejército americano, hoy octuagenarios como él, que en 1945 le capturaron en Alemania. Ultimamente dichos exsoldados se habían puesto en contacto con él enviándole el libro “Finding My Father’s War”, en el que uno de ellos, Walter Eldredge, recoge sus recuerdos.

La cosa ha salido en público ahora, dado que el primer Papa, que había sido hecho prisionero de guerra por los americanos, ha ido a visitar su país. Ya en sus memorias, Ratzinger había contado tiempo atrás cómo, siendo entonces un muchacho de 18 años, fue sorprendido por soldados yanquis los cuales le obligaron a vestirse de nuevo con la divisa del ejército alemán que él había repudiado unos días antes cuando, arriesgando su vida, desertó de las filas nazis. En realidad, parece ser que no disparó una bala contra nadie en toda su breve experiencia militar.

Al joven Ratzinger le hicieron caminar durante tres días por una autopista desierta, junto con otros miles de prisioneros alemanes. “Los americanos nos sacaban fotos –ha escrito Ratzinger en sus memorias-, especialmente los más jóvenes, porque querían llevarse a casa un recuerdo de aquel ejército derrotado”.

Sesenta años más tarde, han sido precisamente aquellos “jóvenes”, los veteranos del “2nd Chemical Mortar Battaillon”, que en mayo de 1945 entraron en Traunstein (Baviera) y le apresaron, enviándolo por tres meses a un campo de detención en Ulm (Alemania), quienes se han puesto de nuevo en contacto con su ex-prisionero.

Según la revista “Time”, la admiración del Papa por los Estados Unidos hunde sus raíces en aquella experiencia. Efectivamente, dice el semanario: “Quedó muy impresionado por el modo cómo los americanos evitaron el vengarse de sus enemigos alemanes y de aquel país en ruinas. Al poco tiempo le concedieron volver a su casa y ser testigo de uno de los gestos de caridad más grandes de la historia moderna: la reconstrucción de Alemania por parte de las fuerzas de ocupación”. Esta opinión del semanario ha sido luego confirmada por uno de los colaboradores más estrechos de Benedicto XVI, el cardenal norteamericano William Levada, su sucesor como Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe: “Este Papa pertenece a una generación que recuerda, con gratitud”. Uno de aquellos veteranos que entraron en Traunstein, Elliott Stalnaker, en el 2005 puso en relación su pasado con el de Ratzinger, gracias a un sacerdote católico amigo suyo: “Él me dijo: «Gracias a Dios no disparaste al Papa», a lo que yo le respondí: «Gracias a Dios que no se salió de la fila...»”.

Cuando el soldado americano armado, tal vez católico, fotografiaba a aquel jovenzuelo enemigo, demacrado y abatido, ¿cómo podía pensar que era un futuro Papa que años más tarde iba a ir a visitarle en su tierra? Desde “arriba”, Alguien miraba tranquilo la escena, porque ya sabía...

¿Qué sucedería si un prisionero de los americanos fuera elegido Papa? “Nada nuevo bajo el sol” (Qo 1,9-10). Ya ha sucedido.

Arrivederci!
J. Rovira cmf.  
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