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¿Qué sucedería si aprovecháramos algún rato de vacaciones para pensar...?

Josep Rovira, cmf -
    Hace pocos años murieron aquí en Italia dos cómicos y actores de cine muy famosos: Alberto Sordi y Nino Manfredi. El primero era un católico a toda prueba (a pesar de las bromas y críticas con que trataba a curas y monseñores en sus películas); el segundo no lograba salir de sus dudas. Frecuentemente se habían encontrado para pasar el rato, contarse chistes y también para hablar de cosas serias, incluída la fe. Murió Alberto y la televisión entrevistó entre otros a su amigo Nino. Recuerdo que al final de la charla, Manfredi dirigiéndose idealmente a Sordi dijo, entre serio y sonriente: “Albertone, si tenías razón tú, guárdame un sitio cerca de ti, porque voy a venir pronto (murió al año siguiente) y continuaremos echándonos cuatro carcajadas...”. Uno creyente, el otro no; pero, ambos dos cómicos “serios” (valga la contradicción); actores que gozaban haciendo reir a la gente, pero que bromeando o en serio la hacían pensar...

    Una vez acompañé a un seminarista al psicólogo. Eran marido y mujer, ambos psicólogos. Mientras la señora hacía unos tests al joven, el marido me entretuvo en una animada conversación. Entre otras cosas me dijo: “Yo no soy creyente; pero, si existe Dios, sólo puede ser el Dios del Crucificado, porque en Él Dios mismo ha venido a vivir, a amar y a sufrir con nosotros y como nosotros”. Venía a decir que, si fuera un Dios que se desinteresara de nosotros, un tal Dios  no podría existir; y si se interesa por nosotros, no puede haber dejado de venir y vivir “a lo humano”: nacer en una familia, tener unos amigos y enemigos, reir y llorar; tratar de ser libre y coherente, aceptando las consecuencias que ello lleva consigo y, por lo tanto, la eventualidad de la ofensa, la calumnia, la traición, la lapidación o la cruz. Y así fue efectivamente el paso de Cristo entre nosotros. No podía ser diversamente; de lo contrario, se podía haber ahorrado su venida. ¡Pero, vino! Ahí está la cosa.

    Prescindiendo de la respuesta, positiva o negativa, que uno dé, una cosa no es admisible: no dar respuesta, la indiferencia, el pretender pasar de largo con desprecio, la pereza de pensar, de preguntarse. No, porque con ello nos jugaríamos nuestra humanidad: la capacidad de pensar, de preguntarnos, de dudar, de responder... Y a nuestra humanidad no podemos renunciar, aunque nos haga pasar malos ratos de vez en cuando. No, a ser humanos no tenemos derecho a renunciar.

    A lo que iba. Estamos en un período del año en que, en el hemisferio norte, quien más quien menos (más bien menos que más) disfruta de unos días de vacaciones. Son días que sirven, entre otras cosas, como “test” del calibre humano de las personas: hay quien durante el año vive totalmente sumergido en la problemática de la familia y del trabajo y aprovecha estos días para puro y simple relajo; hay quien recupera y profundiza las relaciones familiares o amistosas “suspendidas” o empobrecidas durante los meses precedentes; hay quien visita algún lugar culturalmente interesante; y hay quien se dedica con calma a leer algún libro, ya sea una novela recomendada por un amigo, ya sea algo que invita a reflexionar, dado que durante el año “no hay tiempo ni tranquilidad para ello”. Porque el peligro está en que, como decía un autor, “la vida es aquello que transcurre mientras pensamos en otra cosa”...   

    Y dado que en muchas partes respiramos un ambiente más bien agnóstico o paganizante durante el año, quisiera ofrecer alguna idea para reflexionar un momento precisamente sobre la fe. Por si sirve...

    El creyente no es aquél que lo tiene todo claro, no se halla en la visión beatífica; es uno que ha entrevisto una luz en la noche y espera la aurora. Una luz que le permite sostener la fatiga de la vida y de la fe; una luz tal vez humilde, uno que lucha por su fe. A su vez, el no creyente que reflexiona vive también en lucha, búsqueda y espera; a tientas va detrás de un significado que no acaba de encontrar. La increencia seria es sufrimiento de quien no encuentra, de una ausencia, de una orfandad que no logra saber si hay o hubo un padre. Este creyente y este no creyente son dos personas que, de manera diversa luchan con Dios; y, aunque no lo parezca, se hallan más cerca la una de la otra de lo que se imaginan.

    La razón está en que en toda persona que se pregunta sobre el significado de la vida, del amor, del dolor, de la muerte, de las cosas..., hay una mezcla –en diversas dosis- de creyente y de no creyente. El hombre no es uno que ya ha llegado a la meta, sino un peregrino siempre en camino hacia la patria del sentido o del sinsentido definitivos. La vida es éxodo, un caminar hacia. Ahí está la grandeza del hombre; una grandeza a la que abdica cuando renuncia a pensar y se declara derrotado o falsamente desinteresado. El hombre es un caminante hacia, un mendigo de sentido: lo busca en su vivencia del amor, del trabajo, de la súplica silenciosa. Su verdadera tentación es la de pararse y salirse de ese camino, darse por vencido, renunciar a su grandeza de pensante, dejarse arrastrar por la pereza: ¡pensar es fatigoso!.

    Ahora bien, demos un paso más. Dios “ha tenido tiempo” para el hombre; ha salido de su eterno silencio y se ha manifestado, ha hablado (Jn 1, 1-18; 3, 16-21; Heb 1, 1-4). Ha salido al encuentro del hombre que busca y camina. De este encuentro entre el ir del hombre y el venir de Dios, del encuentro entre el éxodo humano y el adviento divino, puede surgir la fe; como les sucedió a los dos discípulos que se dirigían a Emaús: no les fue fácil reconocer al Maestro, pero al final, después de una larga discusión desilusionada, se les abrieron los ojos, y el desaliento y la queja cedieron el paso a la alegría y al anuncio incontenibles (Lc 24, 13-35).

    La fe es búsqueda, lucha, como Jacob con Dios, el misterioso agresor nocturno (Gen 32, 23-33). En la vida hay ciertamente momentos de pausa, de descanso, refrigeración, gozo; pero, no pocas veces nos descubrimos luchando con Dios, con nuestros “porqués”. Por eso la lucha y la duda habitan siempre en algún rincón de la casa del creyente. También el Bautista mandó preguntar a Jesús: “¿Eres tú el que ha de venir, o debemos esperar a otro?” (Mt 11, 3ss). El mismo Cristo en la cruz preguntó: “¿Por qué...?” (Mt 27, 46). Y un grande místico como san Juan de la Cruz escribía: “En una noche oscura / con ansias, en amores inflamada...” (“Noche oscura”, estrofa 1). La fe es rendición, entrega, abandono, confianza..., sin dejar por ello de seguir luchando. Lo que decía Jeremías, el profeta trágico: “Me has seducido, oh Señor, y me dejé seducir; me has agarrado y me has podido (...). Yo decía: «¡No pensaré más en Él, ni hablaré más en su nombre!». Pero había en mi corazón algo así como un fuego ardiente, prendido en mis huesos, y aunque yo me esforzaba por abrogarlo, no podía” (Jer 20, 7.9).

    La fe es, al mismo tiempo, lucha y entrega, pregunta y confianza en la respuesta, admiración y búsqueda. Por eso, si son coherentes, tanto el creyente como el no creyente no pueden dejar de ser tolerantes respecto del otro, de cultivar el silencio y la humildad, la pregunta y el caminar incesante. Si de algo (no, de alguien) son enemigos, lo son de la banalidad, la superficialidad, la pereza que se niega a pensar. Y quién sabe si la grande diferencia hoy día, más que entre creyentes y no creyentes, está entre pensantes y no pensantes, caminantes y renunciatarios, entre quien busca un amor siempre más grande, una razón de la belleza y un horizonte más ancho, y quien, en cambio, se contenta con ir mirando el reducido espacio en que apoya sus pies y sin preguntarse por qué existe en vez de no existir.

    Ojalá acabemos el verano exclamando con el salmista: “¡Señor, Dios nuestro, / qué admirable es tu nombre en toda la tierra!... / Cuando contemplo el cielo, obra de tus dedos, / la luna y las estrellas que has creado, / ¿qué es el hombre para que te acuerdes de él?... / Lo hiciste poco inferior a los ángeles, / lo coronaste de gloria y dignidad; / le diste el mando sobre las obras de tus manos, / todo lo sometiste bajo sus pies...” (Salmo 8); “... ¡Oh Dios, amante de la vida!” (Sab 11, 23-26).

    ¡Felices vacaciones!
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