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¿Qué pasaría si…?

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Ronald Rolheiser - Traducido por Carmelo Astiz, cmf. para Ciudad Redonda - Lunes, 21 de enero de 2008
¿Qué pasaría si todos nosotros fuéramos más coherentes? ¿Y si todos nosotros  fomentáramos lealtades más amplias? ¿Y si fuéramos más lentos en desechar las ideas de otros? ¿Y si tomáramos en serio la idea bíblica de que la revelación de Dios viene a nuestro encuentro generalmente en lo que nos es extraño o extranjero?  ¿Y si todos nosotros tomáramos muy a pecho la idea de que saber poco es algo peligroso, que una pequeña ideología es más peligrosa todavía, y que la pasión de otros  por la verdad puede ser tan genuina como la nuestra? ¿Y si todos recordáramos  que una herejía es una verdad al noventa por ciento?

¿Qué pasaría si…?

¿Qué pasaría si los piadosos se volvieran más liberales y los liberales se volvieran más piadosos? ¿Y si los que están involucrados en grupos de oración se involucraran del mismo modo en acción social? Y si los apasionados por la acción social se obsesionaran del mismo modo con la oración personal y con la moralidad privada? ¿Y si los piadosos y los liberales se  volvieran más comprensivos unos con otros?

¿Qué pasaría si los liberales llegaran a ser tan conocidos por su humildad, por su respeto a los otros, y por su prudencia personal, como son reconocidos por su preocupación y compromiso social? ¿Y si los conservadores definieran los valores de la familia con suficiente amplitud como para incluir también entre esos valores familiares el bienestar de los pobres y de todas las razas? ¿Y si los Evangélicos tomaran en serio la justicia,  y los grupos que trabajan por la justicia tomaran en serio a Jesús?

¿Qué pasaría si los liberales marcaran fronteras más prudentes, aun  retando a otros a que superen la rigidez? ¿Y si los conservadores estuvieran de pronto dispuestos a tomar mayores riesgos, aun defendiendo la sabiduría de la tradición, lograda con tanto esfuerzo? ¿Y si ambos, liberales y conservadores, fueran capaces de hacer como Jesús, y sacar de su tienda al mercado tanto lo viejo como lo nuevo?

¿Qué pasaría si los grupos Pro-vida estuvieran dispuestos también a darse a conocer  por su defensa de los pobres, de las minorías étnicas, de la ecología, y de los encarcelados? ¿Y si los Grupos Pro-Elección estuvieran dispuestos, en nombre de las mujeres,  a abogar por el más indefenso de todos los grupos en el mundo, el de los no-nacidos?  ¿Y si ambos grupos estuvieran dispuestos a hacerse famosos por su amabilidad, su respeto a los otros, y su buena voluntad para sentarse a discutir todo con calma? ¿Y si estos dos grupos comenzaran  a orar juntos?

¿Qué pasaría si tanto los hombres como las mujeres estuvieran prontos para adoptar una actitud de simpatía mutua, reconociendo, como dice Virginia  Woolf, que “la vida es ardua, difícil, y una lucha perpetua para ambos”? ¿Y si ambos, hombres y mujeres, fueran más atentos y amables, y menos cínicos?

¿Qué pasaría si la Iglesia comenzara a retar a la gente a gozar del sexo, aun cuando enseñe de forma no-negociable el valor de la castidad?  ¿Y si la cultura secular  estuviera dispuesta a predicar el valor de la castidad, aun cuando rete hacia la liberación  de la represión sexual? ¿Y si ambos, la Iglesia y el mundo,  reconocieran la importancia de lo que la otra o el otro está diciendo con respecto a la sexualidad?

¿Qué pasaría si todas las iglesias cristianas comenzaran a centrarse en las cosas que compartimos en común (un Dios común, un Cristo común, un credo común, muchos dogmas fundamentales, 2000 años de historia en su mayor parte compartida? ¿Y si todas las iglesias se fijaran tan intensamente en quién está viviendo en caridad, alegría, paz, paciencia, bondad, largo sufrimiento, fidelidad, amabilidad, y castidad, como en  quién es correcto dogmáticamente?

¿Qué pasaría si todos los hombres y mujeres en búsqueda espiritual, agnósticos con respecto a sus iglesias, fueran capaces de entender la importancia de involucrarse en una comunidad histórica concreta? ¿Y si todos nosotros entendiéramos más claramente que sólo la obediencia y la genuflexión puede salvarnos de ser esclavos de la soberbia y de las heridas de nuestros propios egos?  --- ¿Y si las iglesias estuvieran dispuestas a darse a conocer tanto por su empeño en ser librepensadoras, como por su empeño en inculcar obediencia? ¿Y si tanto las iglesias como las espiritualidades emergentes no-eclesiales  estuvieran dispuestas a ser más humildes, menos rectas y santurronas, menos críticas e intolerantes?

¿Qué pasaría si los teólogos llegaran a ser tan famosos por sus historias de niños como lo son por su atención a la hermenéutica? ¿Y si los fundamentalistas de las Escrituras estuvieran dispuestos a leer los comentarios bíblicos de Raymond Brown? ¿Y si los liturgistas fueran apreciados tanto por su juicio práctico como por su sentido de la tradición y de la estética? ¿Y si los que preparan las celebraciones litúrgicas en la parroquia comprendieran lo que es el cansancio  y el elemental aburrimiento humano?

¿Qué pasaría si los escritores religiosos estuvieran genuinamente tan interesados en llevar el consuelo y el reto de Dios al mundo, como lo están en su propia reputación? ¿Y si todos los columnistas y escritores de editorial olvidaran sencillamente, durante un tiempo, las etiquetas de “liberal” y “conservador” y escribieran cosas tal como aparecen  en un día concreto?

¿Qué pasaría  si todos pudiéramos ensanchar nuestros corazones de modo nuevo  para estar abiertos a un Dios y a una verdad que nunca entenderemos plenamente? ¿Y si todos tomáramos más en serio el hecho de que Dios es inefable y de que todo nuestro lenguaje sobre Dios es,  en sí, inadecuado?

¡Ciertamente todos seríamos más compasivos – y nos sería considerablemente  más fácil convivir!

Publicado el 13/01/2008 (Artículo original en Inglés)
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