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¿Qué es para mi ser sacerdote?

Carlos Tobes Arrabal, cmf -

(JPG) 1. Supongo que, como para muchos compaisanos arandinos, cuando decidimos a una edad muy temprana ser sacerdotes, esto significaba ser Hijo del Corazón de María. No puedo desligar el hecho de ser sacerdote con la vocación a la vida religiosa en la Congregación de los Misioneros Claretianos. Desde que con la ilusión de un niño de 10 años firmaba con las siglas c.m.p. (postulante del Corazón de María), el llegar a la ordenación sacerdotal ha sido algo que he querido , he perseguido y he batallado, y que, al final, he vivido como un regalo que no merecía. La devoción al Corazón de María y el ejemplo de muchos otros misioneros claretianos me ayudaron y me siguen ayudando. Quería ser sacerdote misionero.

2. Fue el año 1975. Se oían opiniones con muchos interrogantes sobre la “identidad sacerdotal”..., al mismo tiempo tenía muy presente que el Sacerdote es un “alter Christus”. Sé que esta definición no es acuñada por todos, pero quien me la enseñó me añadió: “es el alter Christus del Tabor y el del Calvario. Las gentes más humildes me han hecho sentir la grandeza del sacerdocio-Tabor. Imposible olvidarme de las 3.000 personas que nos esperaban de rodillas a lo largo del camino hacia Bobonaro (Timor Leste) para celebrar la misa... Pero he experimentado también el sacerdocio-Calvario: cruces a las que cuesta abrazarse, comunidades a las que es difícil entrar simplemente por lo que representas; cruces como la impotencia ante tanta injusticia y miseria en el mundo, sufrimientos compartidos actualmente con los emigrantes latinoamericanos en Paris.

3. De un prior dominico en Alemania, escuché en el verano de 1976: “Para nosotros decir la misa y el celibato ya es suficiente trabajo”. No lo decía de broma. Yo lo tomé como una definición caricaturesca del sacerdote. Los años me van susurrando que aquél dominico tenía razón. Cada día sigo aprendiendo a celebrar la eucaristía y... le pido al Corazón de María saber estar y vivirla en, antes y después como la Iglesia me encomendó en su día. Con respecto al celibato, me sentí tan agraciado desde pequeño con esta llamada, que lo vi como algo natural y necesario a esta vocación. Gracias a muchas personas con las que me he relacionado y ayudado, y gracias a las parejas de “Encuentro Matrimonial”, intento vivir el celibato con un sentido “esponsalicio” con Cristo en la Iglesia particular, con rostros y nombres concretos a los que procuro servir y amar cada día. Esto me hace vivir el celibato como una persona comprometida con Alguien, que necesita amar y ser amado. Todo ello me hace aborrecer la figura del “solterón” o la del “casado-soltero”, del que no estamos libres ni los religiosos ni los casados. Yo sé que todos los días tengo el encargo de ofrecer y de ofrecerme.

4. Desde el primer destino sentí una enorme curiosidad por saber a dónde me enviarían los superiores, cuál sería la misión para la que había estado preparándome tantos años. El romance, el soñar... creo que todos teníamos el derecho a ello. Pero la realidad del día a día y la obediencia nos van diciendo “lo que toca en ese momento”. Yo buscaba una vida más o menos estable, instalado en el mejor sentido de la palabra, un sentirme seguro como cualquier otro “profesional”. Después de los zarandeos que me ha dado la vida me he tenido que decir muchas, muchas veces: “Carlos, no te ordenaron sacerdote para pegarte la gran vida y vivir comodonamente”. Yo tomé libremente la decisión de servir y de amar y ese ha de ser mi objetivo cotidiano, aunque me cueste.

5. Esto me ha llevado a entender en mi caso el hecho de ser sacerdote como “l’homme-à -tout- faire” (=el hombre para todo). Es como el atleta que en unas olimpiadas puede participar en variadas artes. Algo inaudito, porque “quien mucho abarca poco aprieta”. Cómo me gustaría seguir los pasos de algunos hermanos sacerdotes: servir dignamente en el altar y tan dignamente en esa prolongación de la gran eucaristía que es la vida, no separar la estola del delantal para trastear en la cocina y servir a mis hermanos, escuchar las miserias de los pobres con paciencia y buscarles una solución efectiva, agarrar la caja de herramientas y arreglar lo que sea necesario -las manos ungidas están mejor preparadas para manejar un destornillador y reparar averías, decía un misionero claretiano...- , saber “perder mucho tiempo” (es decir, quitártelo del tuyo, si es que el tiempo es tuyo) junto a enfermos, y ancianos, en casa o en hospitales y personas que te necesiten, dar una conferencia o una clase de alfabetización. Para mí son los pequeños milagros que acompañan cada día al Pan partido y a la Sangre derramada de la Eucaristía.

6. Por eso le pido al Señor Jesús que me dé mucha humanidad, que sepa estar. “Expertos en humanidad”... , está escrito. ¡Cómo se lo pido! El orgullo y el egoísmo me juegan malas pasadas, así como la ranciedad de una falsa “presencia sacerdotal” que puede hacer que las gentes se alejen de mi. El sacerdocio para el que yo he sido ordenado no es “conventual”, lo sé..., pero cómo me refugio en el convento para no complicarme la vida y “no estar”... Saber estar, donde te toque, donde te manden, donde te necesiten. Los prejuicios -que me he fabricado unos pocos- no me dejan ser todo lo humano que quisiera, pero me esfuerzo.

7. Y termino por donde comencé... Todo esto dentro de una vida de comunidad misionera claretiana. He tenido alguna experiencia corta de vivir sólo en parroquia y no es lo mío. Necesito vivir en comunidad. Y confío, como prometí, vivir el resto de mi días compartiendo con mis hermanos de comunidad el ministerio sacerdotal, hermanos, por cierto, que hasta ahora siguen teniendo infinita paciencia conmigo. ¡Gracias!

Carlos Tobes Arrabal, cmf.

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