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¿Qué Dios Se Nos Revela en Navidad?

Ronald Rolheiser (Trad. Carmelo Astiz, cmf) -
Navidad es la respuesta de Dios al anhelo profundo del hombre. La respuesta de Dios a los siglos de oraciones que están ocultas en nuestros gemidos, nuestros suspiros, nuestras frustraciones y nuestros esfuerzos religiosos. Cada uno de estos impulsos es una súplica, generalmente silenciosa, que pide intervención divina; todos ellos juntos son una petición desgarradora pidiendo a Dios que venga y libere al mundo de la injusticia y a nuestros corazones de la soledad y la angustia.

Pero la respuesta de Dios no alcanzó exactamente nuestras expectaciones, aun cuando las sobrepasara. Lo que nació con el nacimiento de Jesús y lo que subyace todavía aparentemente impotente y desvalido en los belenes y pesebres de todo el mundo, no era exactamente lo que el mundo esperaba.

Lo que el mundo esperaba era un hombre super-estrella, un héroe,  alguien con talento, agudeza, fuerza bruta para erradicar todo el mal de este planeta; alguien suficientemente carismático como para forzar a todos sus opositores a escabullirse en derrota. La extraña respuesta de Dios a esto fue: ¡Un bebé desvalido acostado sobre la paja!
 
¿Por qué? ¿Por qué escogería Dios nacer en el mundo de esta manera?

¡Porque no puedes tú discutir con un bebé! Los bebés no tratan de competir, no te hacen frente, no intentan ser mejores que tú en un argumento o discusión, y tampoco tratan de impresionarte con sus respuestas. En realidad, los bebés ni siquiera pueden hablar. Tú, en cambio, por tu parte, les tienes que sonsacar todo, sea una sonrisa o una palabra; y ese esfuerzo, que requiere gran paciencia, normalmente suscita y provoca lo mejor que hay en ti. Por otra parte,   no puedes presionar demasiado a un bebé; comenzará a llorar y… se acabó la sesión.

Y ése es el Salvador que nació en Belén, y así es también cómo Dios está todavía básicamente en el mundo. Como un bebé, Dios no derrota a nadie, ni le puede con fuerza bruta a nadie, ni amenaza a nadie o vence a nadie. El poder de Dios revelado en Navidad es el poder de un bebé, nada más, pero nada menos: inocencia, amabilidad, impotencia, una vulnerabilidad que puede suavizar corazones, invitarnos a pasar, acallar nuestras voces y guardar silencio, enseñarnos paciencia, y suscitar lo mejor que hay en nosotros. Al lado de un niño chiquito, cuidamos nuestro lenguaje de la misma manera que lo hacemos en una iglesia, por buena razón.

El poder de Navidad es como el poder de un bebé, te desarma de tal manera que finalmente te abruma y te arrolla. Existe un poder más fuerte que el músculo, la fuerza bruta, la velocidad, el carisma, el ímpetu imparable: Si tuvieras que dejar a un bebé solo en una habitación con el campeón mundial de boxeo de los pesos pesados, ¿quién sería, en último término, el más fuerte? El boxeador pudiera muy bien matar al bebé, pero, sin duda, nunca lo haría, precisamente porque algo dentro de la impotencia del bebé vencería al boxeador. Esa es la sorprendente manera de Dios. Ése es el mensaje de Navidad.

Pero siempre nos ha costado entender esto; queremos que nuestros mesías posean más poder inmediato. Y estamos aquí en buena compañía. El mesías que el pueblo judío anhelaba durante todos esos siglos que conducían a Jesús y a Belén era considerado precisamente como un super-héroe, alguien con la fuerza bruta terrenal para cortar cabezas sin parar y depurar el mundo del mal, con fuerzas moralmente superiores.

Incluso Juan el Bautista esperaba que el mesías apareciera con esa clase de poder. Su preocupación era la justicia, el arrepentimiento, el ascetismo. Avisaba al pueblo sobre un tiempo próximo de juicio de Dios y estaba anhelando que el mesías, tan largamente esperado, viniera precisamente como un fuego violento, como un gran abanico aventador que separaría los malos de los buenos y quemaría a los primeros con una rectitud que procedería directamente de Dios. Cuando Juan oyó informes de que Jesús invitaba amablemente a los pecadores a acercarse a él en vez de deshacerse de ellos, se escandalizó; ese tipo de mesías no encajaba bien con sus expectaciones, o con su predicación. Por eso Jesús, al enviarle una respuesta a Juan, le invita a no escandalizarse. Juan no había deseado un mesías bondadoso, vulnerable, predicador de paz. Él quería que los pecadores fueran castigados, no convertidos. Pero, dicho sea en su honor, tan pronto como vio cómo operaba el poder de Jesús, comprendió, aceptó una verdad más profunda, dio un paso atrás con humildad, orientó a la gente en la dirección de Jesús con las palabras: Él debe crecer y yo tengo que disminuir. ¡No soy digno ni siquiera de desatar la correa de sus sandalias!  

A nosotros también nos cuesta entender.  Como le sucedió a Juan el Bautista, nuestra impaciencia, que busca la verdad y la justicia, nos induce a querer y esperar un mesías que venga de forma terrenal. todo talento y músculo (fuerza bruta), cortando cabezas sin parar para librar al planeta de la falsedad y del mal. Deseamos algo así como el tipo de mesías que vemos al final de cada película de suspense de Hollywood, es decir, la Madre Teresa convertida en Silvestre Stallone o Bruce Willis, dando una paliza a los "malos de la película" con una violencia que sólo ellos pueden envidiar.

Pero esa no es la historia de Navidad, ni el poder revelado en ella. Aquel niño chiquito acostado sobre la paja en Belén no derrotó a nadie. Se contentó sólo con estar acostado allí, esperando que alguien, bueno o malo, fuera a él, viera su impotencia y desamparo, sintiera un estirón en las fibras de su corazón y después, suavemente,  tratara de sonsacarle una sonrisa o una palabra. Ésa es todavía la manera cómo Dios nos encuentra hoy.
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