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Pues no lo pareces.

Francisco Carín García, cmf -
Finales de junio. En la llanura oeste de la isla el calor, ya pegajoso desde mediados de mayo, se hace cada vez más insoportable. El curso ya esté terminado, los exámenes corregidos y las notas escritas… “alea iacta est”que diría Julio César. Un amigo del grupo de montaña de la Universidad Nacional de Taiwán me ha invitado a una actividad con gente del grupo. Es una actividad formativa; consiste en llegar a un conocido pico “Nanhu” por un lugar donde no existe camino. En las montañas de Taiwán decir que no existe camino es decir selva. No conozco a ninguno excepto a este amigo. El asunto se muestra interesante. Por el camino normal se tarda día y medio en llegar. Por aquí vamos a tardar siete… si llegamos, que lo probable es que tengamos que “tocar a retirada” a mitad de camino: una cascada infranqueable, un precipicio insalvable, alguien herido… quien sabe, tantos y tantos imprevistos que pueden surgir. Soy el único cristiano en el grupo… y con cautela lo pongo en manos de Dios… que sea lo que Él quiera. \'\'No llevamos tienda de campaña, simplemente un sobre techo. Dos días seguidos me desperté a medianoche y note algo raro en la cara, una oruga pacía tranquilamente junto a mi ceja… quizá se pensó que era otra oruga y estaba intentando establecer comunicación. La deposite a un lado confiando en que la próxima vez se pusiera las gafas a la hora de buscar compañero/a. Poco a poco el cansancio se hace notar, y la dureza del camino… se me olvidó llevar camiseta de manga larga y mis brazos están más que lacerados… pero como decía mi madre, “sarna con gusta no pica”. Los olores corporales son cada vez más homogéneos. La fragancia de gel y desodorante han ido dejando paso al “eau de sudeur” que aunque personal se asemeja bastante en el aroma. Nuestros fundados temores se desvanecen… hemos logrado andar la parte más complicada del camino… lo que queda por delante, aunque cansado, es minucia comparado con lo que hemos recorrido. Debido a que tengo otra activad el séptimo día les dejo para bajar acelerado hasta la carretera donde con suerte pasará algún alma buena que me recoja en autostop o bien el autobús que me llevará a buen puerto. Al poco de dejarles, ellos seguirán haciendo lo que en España equivaldría a un GR, llego al circo de Nanhu. Después de no habernos cruzado con nadie en siete días aquello parece un hervidero de gente. En torno a 90 personas se concentran en el refugio y la zona de acampada. Me dicen que uno de ellos es un extranjero… y como somos pocos me acerco con cortesía. Es estadounidense, y lleva muchos años en Taiwán enseñando en una universidad cerca de Taipei. Es la 21ª vez que viene aquí yo solo la 13ª. Tras mi pregunta sobre su ocupación el me pregunta lo mismo… y yo le digo “sacerdote” a lo que el responde… “pues no lo pareces”. Pues no, no lo parecía. Casi nunca lo parezco, pero allí menos. Tras siete días sin duchar ni afeitarme, en pantalón corto y camiseta también sucia de siete días y con todos los cortes y magulladuras… pues no lo parezco no. ¡Eh! Para el carro. ¿Qué es lo que tiene que parecer un sacerdote? No es la primera vez que me pasa… llevando un niño para adopción a Estados Unidos, al bajar del avión los padres me dijeron que no pensaban que fuéramos nosotros, pues les habían dicho que el niño lo llevaba un sacerdote y esperaban a alguien histérico tras llevar un niño de 5 años en un vuelo transoceánico y más cercano a los 70 que a los 60… ¿Qué imagen tenemos del sacerdote? ¿Tenemos que dar alguna imagen? ¿Cuál es la relación entre ser y parecer en el sacerdocio, o en la Vida Religiosa, o en la Vida Cristiana? ¿Qué es lo que tenemos que parecer? ¿Qué imagen le vino a la mente a aquel estadounidense cuando le dije que era sacerdote? Quizá mejor no saberlo. Un peligro de los estereotipos es creer que son definitorios y definitivos, y quizá en la Iglesia Católica uno de los estereotipos más sólidamente (y enfermizamente) establecido es la de la imagen del sacerdote (hoy en día un poco devaluada… cuando le dije a uno que era sacerdote contestó a broma: “¡María esconde los niños!”). Ser sacerdote no debiera ser “nada del otro mundo”, debiéramos ser hombres (algún día también mujeres) normales; y lo que nos distinguiera (igual que a todo cristiano) debiera ser nuestra pasión por el Reino, por el anuncio, por la justicia, por los pobres… un poco semejantes al Maestro. Una de las definiciones del sacerdote (que no me termina de gustar por lo proclive a crear equívocos) es la del “alter Christus”. Y yo mientras bajaba por la montaña y hacía mi reflexión me imaginaba la siguiente escena. Año 28-29 una tarde soleada a orilla del Mar de Galilea un tal Jesús de Nazaret camina con un grupo de discípulos y discípulas por los alrededores del lago hablando, compartiendo, el ambiente en el grupo es distendido y las preguntas se suceden unas a otras. De pronto alguien atraído por el ambientillo se acerca a departir con el grupo… Jesús le pregunta y tu ¿quién eres? El anónimo visitante se presenta y cortésmente devuelve la pregunta ¿y tú? Imaginémonos que Jesús deja caer un “Jesús de Nazaret, Hijo de Dios”. Seguramente aquel anónimo amigo habría respondido un “pues no lo pareces”. Y esta es la grandeza de nuestro Dios, al encarnarse lo hace de tal modo que no lo parece. Su alcurnia es de pesebre, su corte unos sencillos pescadores, sin lugar donde reposar la cabeza y su trono una cruz. El mismo San Pablo lo esculpió de modo magistral en la Carta a los Filipenses: “No obréis por rivalidad ni por ostentación, dejaos guiar por la humildad y considerad siempre superiores a los demás. No os encerréis en vuestros intereses, sino buscad todos el interés de los demás. Tened entre vosotros los sentimientos propios de Cristo Jesús. Él, a pesar de su condición divina, no hizo alarde de su categoría de Dios; al contrario, se despojó de su rango y tomó la condición de esclavo, pasando por uno de tantos. Y así, actuando como un hombre cualquiera, se rebajó hasta someterse incluso a la muerte, y una muerte de cruz.” El Dios que se manifiesta en Jesús es un Dios sin apariencia de Dios. No se impone, sino que se propone. La fe en Jesús el Cristo, no se impone por las apariencias, sino que deja espacio a la libertad personal. En Jesús las apariencias engañan; lo que no engaña es su vida, pálpito de Dios. ¡Gracias Señor por salirte de los moldes!
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