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Primera semana de Adviento

F.P. cmf -

Domingo I

Ven, Señor Jesús. Salva a cuantos vivimos en la tierra. Rescata la obra de tus manos. Tú que nunca nos has despreciado, ven y arráncanos del dominio de la muerte. Decepcionado del comportamiento de su pueblo, puso el profeta Isaías estas palabras en boca de Dios: “Hijos he criado, y ellos se han revelado contra mí. Conoce el buey a su amo, y el asno, el pesebre de su dueño; Israel no conoce, mi pueblo no recapacita” (Is 1, 1-2). Nosotros, ¿podríamos decir lo mismo? ¿Madrid (pon el nombre de la ciudad, parroquia, comunidad que quieras) no conoce, este pueblo no recapacita? Señor, no queremos ser hijos ingratos, cargados siempre de culpas e indignidades. Nunca más ni abandonarte ni despreciarte. Te traemos en nuestras manos la plegaria de nuestro corazón arrepentido. Purifícanos. Aparta tu vista de nuestras malas acciones. Háblanos al corazón, Señor. Dinos que aprendamos a obrar el bien, y que practiquemos siempre el derecho y la compasión para enderezar al oprimido. Recuérdanos que en defender y proteger a los humildes nos va la vida. “Si así lo hacéis -nos hablas con cariño-, sólo si lo hacéis así, venid y acercaos a mi presencia...”. Padre Dios, que al comenzar este Adviento, salgamos de verdad y con alegría al encuentro de Cristo, Hijo tuyo y nuestro hermano. Vístenos de Él; cúbrenos y protégenos con Él. Acuérdate con amor de nosotros. Visita nuestra casa. Quédate a nuestro lado. Alégranos y consuélanos a todos. Y que la Luz del mundo ilumine ya a los que aún vivimos en tinieblas y en sombra de muerte.

Lunes I

Ven, Señor, y no tardes. Alegría ya por los caminos que se acerca. La gracia del Bien Nacido que necesitamos. Quizás en el dinero hemos puesto nuestra confianza, dinero que al fin y al cabo no deja de ser escoria que se pudre. Quizás hemos sido amigos de sobornos, o socios de ladrones y bandidos. No nos hemos preocupado de los débiles y no nos hemos involucrado en la lucha por la causa de la justicia. ¡Menudo panorama el nuestro! Pero no te vengues, Señor, de nosotros ni vuelvas tu mano contra nosotros. Límpianos de toda nuestra basura. Instrúyenos en tus caminos, para que marchemos siempre por tus sendas. Señor, que las armas que utilizamos para golpear y matar, las convirtamos en instrumentos de vida y desarrollo para todos. Que ningún pueblo vuelva a alzar su espada contra otro pueblo. Que nadie sobre la tierra se adiestre para la guerra. Al odio, venganza, terrorismo, maldad... digamos: ¡jamás! Qué bueno sería caminar a tu luz y construir días de salvación, de paz y de reconciliación para todos. Padre Dios, envíanos a tu Hijo, para que nos libre de nuestras cadenas, nos manifieste la verdad, nos enseñe la honestidad en el comportamiento, nos enriquezca con el tesoro de su gracia y nos haga a todos hijos tuyos para siempre. Ven pronto, Señor, ven, Salvador. Luz indestructible que vienes a iluminar nuestras tinieblas, despierta nuestra fe dormida, habite la justicia y la paz en todo lo que hagamos y estemos alerta a tu venida, para que cuando llames a nuestra puerta te abramos enseguida. Haz nuevas nuestras vidas y nuestra convivencia. Ven pronto, Señor, ven...

Martes I

Una voz grita en el desierto: “Preparad el camino del Señor, allanad los senderos de nuestro Dios”. Despierte ya la tierra tan dormida y que el corazón del hombre vuelva a la vida. Pero antes, preparemos entre todos el camino. Que las personas orgullosas se humillen y toda arrogancia humana se doblegue. Sólo Tú, Señor, seas nuestro bien, todo lo que buscamos. Tú, Señor, al lavarla, acaricias así nuestra suciedad, y desaparece. Que por nuestra culpa, no corra más la sangre. Fuente de Vida, ven en nuestra ayuda. ¡Qué sencillo te haces al llegar a nuestra tierra! Tan pobre, tan pequeño; pero que nos enriqueces. Buen Pastor que das la vida por ovejas tales. Sales a buscar a la descarriada; vendas a la herida; curas a la enferma... Encuéntrame, Señor, y cárgame sobre tus hombros. Condúceme a la vida. Que todos veamos tu salvación. Tiende tu mano para rescatar a tu pueblo. Prepara, Señor, en nuestros corazones un camino y un lugar para tu Palabra que ha de venir. Que sepamos recibirla y compartirla. Rebaja nuestro orgullo; levántanos de nuestros desánimos y cobardías. Destruye los muros del odio que divide a las naciones. Allana el camino de la concordia y el entendimiento entre los pueblos, naciones, familias, hombres y mujeres de la tierra. Ayúdanos en nuestro desvalimiento. ¡Qué frágiles y contradictorios somos a la vez! Que la presencia de tu Hijo, ya cercano, nos renueve e impida que volvamos a caer en la muerte, en el pecado. “Ábrase la tierra y brote la salvación, y con ella germine la justicia” (Is 45, 8). Que no equivoquemos nuestros cálculos, y lleguemos tarde a la cita de nuestro encuentro contigo. ¡Qué modo desconcertante, sorprendente y maravilloso de entrar Tú en nuestro mundo! ¡Marana tha! ¡Ven, Señor Jesús!

Miércoles I

Oh Dios, haznos encontrar la alegría en la venida salvadora de tu Hijo. Trae..., acerca a este mundo dormido esa vida que puede salvarlo. Somos tu viña, Señor. Lo has hecho todo por nosotros: removiste nuestra tierra, apartaste las piedras, plantaste semilla buena. ¿Qué más cabía hacer por nosotros que no lo hayas hecho ya? Ahora, Campesino infatigable, esperas de nosotros que produzcamos el fruto de vida al que nos llamas. Ven a nosotros en esta hora difícil, en la que la humanidad te espera y necesita. Ven, visita a tu pueblo con la paz y dale la vida que él mismo tantas veces desprecia o asesina. Convive con nosotros; pon cariño y paciencia en esa tarea. Recorre a nuestro lado el camino que llevamos, muchas veces sin saber muy bien a dónde ir, ni qué hacer, ni cómo convivir los unos con los otros. Sé tú nuestro guía, nuestro inspirador. Tú, nuestro descanso y consuelo, nuestra fuerza y nuestra luz. Tú siempre, nuestra vida. Ámanos y ven siempre a nosotros, porque sólo si vienes, todo lo que somos se hará nuevo. Que vivamos de tu palabra y en nuestro corazón guardemos celosamente tus consignas, para que pasen de verdad a nuestros afectos y conducta. Que la práctica del bien y la justicia sea nuestra comida. Sé Emmanuel, “Dios-con-nosotros”, siempre a nuestro lado. “Con tu bondad y tu inmensa compasión, ven, Señor, en ayuda de todos”. Cansados como estamos, qué bien sabe comprender que Tú eres nuestro lecho. Príncipe de justicia y rectitud, Tú. Tú, quien acaricia a los desamparados del mundo. Que bien sabe comprender que, después de tanta guerra soportada, eres Tú la paz total que convierte envidias en amor, y en deseos de perdón tanta hambre nuestra de venganza.

Jueves I

Y amanecerá el Señor. Su gloria aparecerá sobre nosotros. En Adviento estamos, a la espera de que esto ocurra. Y no me levanto del sueño acobardado, como un pájaro espantado porque le han destrozado el nido. Me levanto contento, Señor, porque tu sombra siempre me protege. Me aconsejas, ¡qué gran Padre eres! Y me ayudas, ¡qué inmenso Tutor y Consejero, de verdad! Que nunca ya mate la vida; que tu voluntad dirija cuanto haga y me ayude a edificarla: la vida, ¡siempre y nada más que la vida! Despierta tu poder, Señor, y ven a socorrernos. La puerta está ya abierta, pasa. Has velado mi sueño, y ahora me empujas suavemente al trabajo de este día. Prepara mis manos para que obren la justicia. Prepara también mi corazón para que entregue bondad a cuantos encuentre por el camino. Logra, Señor, que cuantos me miren durante esta jornada, contemplen y reciban de mis ojos la bondad y la ternura de los tuyos. Cristo, preciosísima Luz que dentro de muy pocos días estará viva sobre unas pajas, recién nacida, ven y arráncanos de la muerte. Ven, y acaba con las tinieblas de nuestra ignorancia. Ven, y danos a conocer el amor que Dios nos tiene. Y porque vienes y llamas a nuestra puerta, que te abramos y recibamos para que Tú, a cambio, nos hagas hijos de Dios, tu Padre. Con esta esperanza me entrego confiado a la vida, a la lluvia y al sol que la acarician. Ven, Mesías, ven pronto, Señor. Esperamos tu voz; tu luz y tu mirada, también; tu vida y tu amor. Ven pronto, Mesías, sé Dios Salvador.

Viernes I

Porque el Señor está cerca, hay que estar contentos, alegrarse y cantar despepitados. Que no me asuste ni tiemble, porque estás conmigo, Señor, defensor que libras mi vida del fracaso. Y me curas, me sostienes, me escuchas... Yo, si entro un instante dentro de mí mismo, lejos del tumulto de mis propios pensamientos; si arrojo lejos de mí mismo las preocupaciones agobiantes que cada día me acosan y persiguen; si un ratito..., si al menos un ratito te dedico y descanso en tu presencia, será cuando de verdad pueda decirte: “Busco tu rostro, Señor, anhelo ver tu rostro”. Tú mismo, Señor, enséñame cómo y dónde buscarte. Y que porque Tú mismo me lo explicas, descubra que estás conmigo y en todas las partes, en las personas y en todo cuanto existe. De tan cercana, tu presencia se me hace Claridad; descubro tu rostro y comienzo a gozar de tu presencia. Porque Tú mismo me lo explicas, sé que estás en cuanto hago; que te experimento en la mejilla del niño que acaricio, o en la anciana que visito. Descubro que estás, porque así Tú me lo enseñas, en el perdón que regalo, en la violencia que evito, en el enfermo al que ayudo, en todo lo que comparto con hambrientos, tristes y oprimidos... Sí, porque es el Evangelio que me enseñas con tu vida. Porque sólo amando a mis hermanos, te hallaré. Aunque sin ti, qué mal se me daría a mí este trabajo de llegar a ti a través de los hermanos... Guardián de nuestras vidas, Cristo Buen Pastor, reúnenos ya a todos los habitantes de la tierra en tu casa: en una sola casa, en una única Iglesia. Cuídanos. Ten compasión de los que en su trabajo desfallecen; que encuentren un amigo que los levanten. “Quien tenga sed, que venga; quien lo desee, que tome el don del agua de la vida. Sí, yo vengo pronto. ¡Amén! ¡Ven, Señor Jesús!”.

Sábado I

“Virgen del Adviento, esperanza nuestra: llévanos a Cristo, danos sus promesas”. Como vigía, Señor..., como vigía permanezco de pie durante toda la jornada. Eso quisiera ser para mis hermanos, tantas veces trillados en la era del dolor: vigía que escuchara sus gritos de preocupación, y que les respondiera a todos y a cada uno con anuncios de esperanza. Decidles: “Vendrá la mañana, que traerá la verdad que os haga libres”. Insistirles que llegan verdad y libertad a la historia de sus días. Quisiera decir a mi pueblo: “Pueblo mío, mientras tengas ocasión, no te canses de hacer el bien”. Quiero ser vigía y guardián de este pueblo mío, Señor; hablarle al corazón: “Pueblo mío, sé paciente y ama, no te canses de amar. No tengas envidia; no te engrías ni seas egoísta. Nunca te irrites, pueblo mío, ni lleves cuenta del mal. Disculpa y cree, pueblo mío, espera y lucha sin límites. Construye la unidad y la paz de todos tus hijos...”. Me gustaría, Señor, anunciarles estas cosas y suplicarte a ti que guardes siempre y protejas a tu-mi Pueblo. Y porque espera con ansia la venida de tu Hijo, alcance la gracia de la libertad verdadera. Como vigía, Señor, ...como vigía para ellos... ¡nada más! Ven, Señor, y danos tu paz. Que tu visita nos ponga de nuevo a caminar por el filo ardiente de la verdad. Te pedimos por el mundo entero: sabes de sus guerras, de sus hambres, de todos sus problemas. Que la familia humana te reciba y te reconozca: líbrala de la crueldad. Que la peste del odio y de la guerra no pueda con la fuerza de la vida ni destruyan la tierra, que es su cuna, su hábitat, su casa... Regálanos amor para cuidarla, amor para amasar el pan que necesita... “¡Cielos, lloved vuestra justicia! ¡Ábrete, tierra! ¡Haz germinar al Salvador!”.

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