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Presentación del Señor

Ángel Moreno -

A los cuarenta días de Navidad, la Iglesia celebra la Presentación del Niño Jesús en el Templo, según la ley de Moisés. En este hecho se concentran muchos significados. Los padres de Jesús cumplen con lo mandado por la ley. “Jesús participó de nuestra carne y sangre”, para compadecerse de nosotros, tomó nuestra naturaleza. “Así, como Él ha pasado por la prueba del dolor, puede auxiliar a los que ahora pasan por ella”, dice el autor de la Carta a los Hebreos.

La fiesta de hoy está unida, de alguna manera, a las de Epifanía. Al oír el canto del anciano Simeón, resuena la voluntad divina de enviar a su Hijo al mundo, para salvarlo. “Luz para alumbra a las naciones”, “Presentado ante todos los pueblos”.
Sorprende la Providencia de Dios, su forma de hacerse historia. A la hora del nacimiento de su Hijo, en Belén, son unos pastores quienes primero conocen la noticia. Hoy son dos ancianos los que reconocen en el pequeño Jesús al Señor. “Mis ojos han visto a tu Salvador”, exclama el anciano.

El profeta Malaquías invita a mirar: “Mirad, yo envío a mi mensajero…” “Miradlo entrar”. El anciano Simeón exulta porque ha visto al Señor. Hoy es un día de embeleso, de contemplación, de admiración. Dios hecho hombre; el Hijo de Dios presentándose como un hombre cualquiera, sometiéndose a la ley.

El relato nos habla de María, a quien se le profetiza un futuro doloroso. Y de Jesús se dice que será bandera discutida. En ningún momento suenan trompetas para recibir al Señor, aunque la Iglesia y el corazón del creyente apela al salmo 23, para recibir con todos los honores al que viene a salvar el universo: “¡Portones! Alzad los dinteles, que se alcen las antiguas compuertas: va a entrar el rey de la gloria”. Pero la realidad fue muy distinta.

Celebramos la consagración de Jesús, sentimos la llamada a reconocer en Él nuestro modelo de seguimiento, que es un proceso, como el que describe san Lucas en el Evangelio: “El Niño iba creciendo y robusteciéndose, y se llenaba de sabiduría; y la gracia de Dios lo acompañaba”.

La candela que hoy se bendice y se lleva en las manos, sea signo de nuestra profesión de fe en Jesucristo, el Hijo de María, Salvador nuestro, y de la renovación de nuestros compromisos cristianos.

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