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Plegaria Sacerdotal

Antonio Díaz TORTAJADA -
Señor Jesús:
Sacerdote eterno, presente en el sacramento eucarístico,
Tú buscaste el corazón de cada hombre para hacer de él una nueva criatura.
De ti nació un pueblo nuevo.
Un pueblo que, al principio, fue sólo un grupo reducido,
pero dueño de una magnífica promesa: Integrar a toda la humanidad.
Tú llamaste a los que quisiste
para que participaran de tu sacerdocio;
no te elegimos nosotros a ti,
sino que fuiste tú quien nos eligió a nosotros.
Más aún, tú nos has descubierto que,
detrás de tu llamada, está la elección misteriosa de Dios Padre.
Nos llamaste a seguirte;
es decir, a ir en pos de ti, a recorrer tu propio camino;
por tanto, nos exiges sobre todo una gran confianza en ti;
confianza total, entrega completa a tu persona.

(JPG) Sacerdote eterno:
Tú nos llamas a ser tus discípulos
a repetir, acompañados por ti, tu propia vida y misión.
Y esa habrá de ser en adelante
nuestra tarea fundamental como llamados a prolongar tu sacerdocio.
Una tarea que englobará y dará nuevo sentido
a toda nuestra existencia.
Somos tus discípulos,
y sientes un gran amor por nosotros.
Nos consideras como tu auténtica familia, tus amigos, no tus siervos.
Te preocupas de nosotros como una madre solícita
se esfuerza por no perder a sus hijos;
nos corriges con dulzura,
nos educas con una paciencia infinita.
Queremos aceptarte como el sentido único y absoluto de la vida:
Nos exiges el desprendimiento total de los bienes
y la renuncia a formar una familia.
Tú eres el objetivo prioritario de nuestra vida:
Tú por encima de todo.
Cada mañana vuelves a poner delante de nuestras miradas
la exigencia con que comenzó toda nuestra historia personal:
“Sal de tu tierra y de tu parentela y de la casa de tu padre,
y ven a la tierra que te mostraré”.
¡Qué difícil resulta cortar amarras y seguirte...!
Cada mañana nos propones un camino de amor;
y no hay amor sin libertad.
La respuesta a este amor ha de ser personal, consciente y libre,
e implica a toda la persona.
Para seguirte como sacerdotes
hay que tomar una decisión personal e intransferible.
Negarse a sí mismo y tomar tu cruz...
Más pronto o más tarde,
en nuestra vida sacerdotal si esta abierta al amor
aparecerá el sufrimiento que lo cambia todo.
Es una prueba que, o destruye o madura.
El sufrimiento mal encajado rebela,
endurece y agría el corazón humano;
el sufrimiento aceptado como fruto del amor
ensancha la capacidad de amar y comprender, humaniza y fecunda.
El amor a los hermanos que has puesto en nuestra vida,
ese vaciarse para que tengan vida y vida abundante
produce dolor y sufrimiento;
aceptar este sufrimiento es tratar de vivirlo con amor
y situarlo en la perspectiva de la esperanza,
vivirlo como dolor de parto y no como dolor de muerte.
Además, Señor Jesús:
Estamos vocacionados a llevar también las cruces de los otros.
Y tomar la cruz de nuestros hermanos
significa también saberse complicar la vida en favor de ellos;
no sólo preocuparse por lo propio,
sino hacer del dolor y sufrimiento de los otros nuestro propio sufrimiento.

Señor Jesús:
Tú nos has llamado a compartir tu sacerdocio.
Aquí está el secreto.
Porque se trata de un camino difícil,
imposible de recorrer con nuestras propias fuerzas.
Sólo hay una forma de hacerlo:
Ponernos detrás de ti
y hacer que nuestros pies vayan pisando tus mismas huellas,
vivir contigo y como Tú.
Aprenderemos de esta forma a convivir contigo:
Así Tú, Sacerdote eterno, nos vas moldeando como discípulos
para que seamos imagen viva de tu presencia en el mundo.
El resultado de este seguimiento
será la plena identificación contigo.
Ya no seremos nosotros los que viviremos,
será tu sacerdocio, quien vivirá en nosotros.

Señor Jesús:
Nos has enviado a predicar con el poder de expulsar a los demonios.
Nos has enviado a ejercitar una tarea:
Nos has llamado a proclamar el Reino de Dios.
Que no seamos aprendices de un mensaje para después repetirlo
sino que te anunciemos a ti como camino, verdad y vida;
para ello, tenemos que estar contigo en intimidad constante,
escuchándote e identificándonos con tu estilo de vivir.
Sólo así podremos predicarte, anunciarte y comunicarte,
es decir, dar testimonio de lo que hemos visto y oído.
En definitiva,
podremos decir que los sacerdotes en nuestro mundo
somos Jesús mismo, que prolongamos tu acción,
que somos otro Cristo en la historia
que transmitimos a Jesús que se ensancha para poder llegar a todos.
¡Sublime poder otorgado a los frágiles hombres!
¡Gran tesoro llevado en vasijas de barro!

Señor Jesús, Sacerdote eterno:
La dignidad de nuestra vocación sacerdotal,
se expresa en nuestra disponibilidad para servir,
según tu ejemplo,
que no viniste al mundo para ser servido sino para servir.
A la luz de esta actitud tuya,
sólo sirviendo podremos verdaderamente reinar.
Es decir,
que toda nuestra vida la entendamos y la vivamos como un servicio,
sólo así reinaremos como Tú, Señor.
Ahora nos volvemos a tu madre y señora nuestra, María.
Reina de los sacerdotes:
¡Tú eres nuestro refugio y esperanza en este tiempo!
¡Tú eres la reina de la esperanza!
Como una vez oraste en medio de los Apóstoles de tu Hijo Jesús
pidiendo el don prometido del Espíritu Santo,
intercede ahora por nosotros tu sacerdotes
para que por el poder de este mismo Espíritu seamos verdaderos testigos de Cristo tu Hijo.
A Él sea la gloria por los siglos.

Amén
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