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Piedad

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1. La reflexión sobre los dones del Espíritu Santo nos lleva, hoy, a hablar de otro don insigne: la piedad. A través de ese, el Espíritu sana nuestro corazón de toda forma de dureza y lo abre con ternura hacia Dios y hacia los hermanos. La ternura, como actitud verdaderamente filial hacia Dios, se expresa en la oración. La experiencia de la propia pobreza existencial, del vacío que las cosas terrenales dejan en el alma, suscita en el hombre la necesidad de recurrir a Dios para obtener gracia, ayuda, perdón. El don de la piedad orienta y alimenta esa exigencia, enriqueciéndola de sentimientos de honda confianza hacia Dios, percibido como Padre atento y bueno. En este sentido escribía S. Pablo: «envió Dios a su Hijo... para que recibiéramos la filiación adoptiva. La prueba de que sois hijos es que Dios ha enviado a nuestros corazones el Espíritu de su Hijo que clama: ¡Abbá, Padre! De modo que ya no eres esclavo, sino hijo...» (Ga 4,4-7; Cf. Rm 8,15). 2. La ternura, como apertura verdaderamente fraterna hacia el prójimo, se manifiesta en la tranquilidad. Con el don de la piedad el Espíritu infunde en el creyente una nueva capacidad de amor hacia los hermanos, haciendo su corazón de alguna manera participe de la tranquilidad misma del Corazón de Jesús. El cristiano «piadoso» ve siempre en los demás a otros hijos del mismo Padre, llamados a ser parte de la familia de Dios que es la Iglesia. Él pues se siente empujado a tratarlos con la atención y la amabilidad típicas de una franca relación fraterna. El don de la piedad además, extingue en el corazón esos brotes de tensión y de división que son la amargura, la cólera, la impaciencia y, así mismo, alimenta sentimientos de comprensión, de tolerancia, de perdón. Ese don se encuentra pues en la raíz de aquella nueva comunidad humana, que se basa en la civilización del amor. 3. Invoquemos al Espíritu Santo para que nos conceda una renovada efusión de este don, confiando nuestra súplica a la intercesión de María, sublime modelo de intensa oración y de dulzura materna. Ella, a quien la Iglesia saluda en la letanía lauretana como «Vaso de insigne devoción», nos enseñe a adorar a Dios «en espíritu y verdad » (Jn 4,23) y a abrirnos con corazón pacifico y acogedor a los que son sus hijos y en consecuencia nuestros hermanos. Se lo pedimos con las palabras de la «Salve»: «...¡Oh clementísima, oh piadosa, o dulce Virgen María!».
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