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¿PERSECUCIÓN CONTRA LOS CATÓLICOS EN RUSIA?

José M. Vegas cmf -

Aunque el calor de la noticia ya ha pasado un poco, el problema sigue existiendo, por lo que no es ocioso una breve información sobre la situación de la Iglesia católica en Rusia, que ha llamado la atención de los medios de comunicación en los últimos días.

Los "papeles" han informado de la retirada del visado en vigor al sacerdote Stefano Caprio, párroco de Vladimir, profesor de la Universidad de Humanidades de Moscú y que trabaja en Rusia desde hace doce años. Esto fue el cinco de abril. El 17 del mismo mes le fue negada la entrada al país al obispo católico de la diócesis de San José con sede en Irkutsk (Siberia oriental), Erzi Mazur. También se ha negado recientemente la entrada a un sacerdote polaco, antiguo párroco de Luga, cerca de San Petersburgo, en donde trabajan los fines de semana nuestros dos postulantes, y que actualmente trabajaba en Arjangelsk. En este último caso se ha sabido finalmente que se trató de un problema burocrático (no tenía los papeles en regla) que se ha resuelto sin problemas.

Se habla de una "lista negra" de personas indeseables en la que habría más sacerdotes católicos, lo que da pábulo a todo tipo de rumores y temores, especialmente entre los que debemos renovar el visado en las próximas fechas, sobre todo porque hasta ahora no se han explicado los motivos de estas negativas. Hay signos que parecen indicar una reacción de hostilidad hacia la Iglesia católica por parte de las autoridades del país, instigada por la Iglesia ortodoxa, a causa de lo que se han considerado signos inamistosos y de expansión del catolicismo, como la elevación a diócesis de las cuatro administraciones apostólicas del país (11 de febrero), y la conexión vía satélite con el papa el Papa en la catedral de Moscú (2 de marzo).

Se han sucedido las declaraciones de políticos y autoridades religiosas ortodoxas y de otras religiones en contra de este pretendido expansionismo católico y su actividad proselitista. Incluso en la Duma ha habido una iniciativa para prohibir las diócesis católicas, posiblemente de forma más nominal que real y, en todo caso, con escasas posibilidades de prosperar. Y por parte católica se han realizado comunicados oficiales y extraoficiales en los que se habla de marginación de los católicos, conculcación de sus derechos y persecución religiosa.

El 28 de abril había convocadas manifestaciones anticatólicas ante los templos católicos en diversas ciudades de Rusia. Se han celebrado varias de ellas, pero con escaso poder de convocatoria. Y las autoridades en general han prohibido que se realizaran ante los templos católicos, por estar expresamente prohibido por la ley.

¿Qué decir de todo esto?

En primer lugar, que no hay que precipitarse con los juicios ni hablar demasiado deprisa de una "persecución" en regla contra los católicos. Para ello hay que esperar un poco de tiempo y ver si realmente existe esa famosa lista y se trata de algo sistemático. Además, al no haberse declarado los motivos por los que se ha retirado el visado en los tres casos conocidos, es preciso dirigirse a las autoridades solicitando una explicación. No sea que existan motivos que nos son desconocidos y después de haber puesto el grito en el cielo tengamos que callar avergonzados. En estas situaciones las reacciones airadas e histéricas no son buenas consejeras.

En segundo lugar, es preciso decir que ha habido también reacciones a favor de los católicos y de sus derechos por parte de intelectuales, políticos y también representantes de la ortodoxia y de otras religiones. Estas reacciones expresan un sentir ampliamente compartido por la población que, mayoritariamente, no siente hostilidad alguna hacia los católicos. Incluso los representantes oficiales de la Iglesia ortodoxa, que no han ahorrado palabras para criticar a la Iglesia católica por el asunto de las diócesis y otros asuntos ya mencionados, se han desmarcado de estas medidas contra Caprio y Mazur, si bien no han expresado el más mínimo apoyo a la Iglesia hermana en situación de apuro, antes bien lo han considerado como algo "normal y habitual" en el proceder de numerosos estados del mundo. Una falta de solidaridad tanto más dolorosa cuando se ha producido en los mismos días en que el Patriarcado de Moscú ha conseguido registrarse oficialmente en Estonia, país luterano y en el que existe ya un Patriarcado ortodoxo vinculado a Constantinopla, y se ha abierto una parroquia ortodoxa en Pamplona, en un templo cedido por la Iglesia católica.

Respecto de la "movida anticatólica" política y religiosa, sobre todo ortodoxa, hay que decir que, según la misma legislación rusa en materia de libertad religiosa (ya de por sí muy restrictiva para los católicos y otras confesiones cristianas), se trata de injerencias indebidas en asuntos internos de la Iglesia católica. No es cierto que ésta practique el proselitismo, tal como este se entiende normalmente, pues nuestra acción pastoral de ningún modo trata de "convertir" al catolicismo a los creyentes ortodoxos. Ni tampoco se sigue una política de desprestigio de las otras confesiones cristianas, como es típico del proselitismo. Por el contrario, el esfuerzo ecuménico es una constante de nuestro trabajo. La base y el punto de partida de la acción pastoral de la Iglesia católica son los grupos tradicionalmente católicos, de origen polaco, lituano, alemán, bielorruso y ucraniano, si bien es cierto que existen rusos que libremente optan por el cristianismo católico. Tampoco se puede hablar de "expansión", si se tiene en cuenta que la presencia católica en Rusia es muy inferior, en estructuras y número de fieles, a la que existía en este país antes de la revolución. No se trata, pues, de una expansión, sino de una restauración.

En los últimos días se corre que detrás de toda esta "movida" existen en realidad intereses puramente políticos y económicos de ciertos círculos del poder dirigidos fundamentalmente contra la política de apertura económica del Presidente Putin. Éste trata de abrir la economía del país hacia Europa y esto choca con intereses de ciertos grupos económicos que se verían seriamente amenazados si se diera, por ejemplo, una bajada de los aranceles de importación de productos occidentales. Una manera de indisponer a Putin con occidente sería atacar a la Iglesia católica, posiblemente la que más eco puede tener en los países occidentales. Se mezclarían, en este caso, la enemistad de la ortodoxia oficial, el ultranacionalismo de diversos grupos y partidos, y esos grupos de presión económica y política.

Mi última reflexión se dirige hacia la misma Iglesia católica. Como he dicho no conviene apresurarse a colocarse la medalla de la persecución y el martirio. Tal vez esta situación es una buena ocasión para que nos miremos a nosotros mismos y hagamos un pequeño examen de conciencia. Somos pocos y no muy fuertes. Pero a veces hacemos bastante ruido. Se da mucha importancia (y se gasta mucho dinero) en organizar eventos sonoros que son flor de un día y en montar grandes estructuras que están casi vacías, y esto parece tener prioridad sobre el trabajo callado y paciente de cada día, que se realiza en medio de grandes dificultades, entre otras económicas.

Hemos elevado las administraciones apostólicas a diócesis haciendo uso del derecho amparado por la ley a organizarnos internamente como mejor nos parezca. Pero no debemos olvidar que en Rusia sólo hay registradas oficialmente dos administraciones (y se han creado cuatro diócesis). Y que se ha esgrimido que la creación de las diócesis representaba una fortalecimiento y normalización de las estructuras eclesiásticas, cuando tal fortalecimiento se hace sólo sobre el papel. Si elevar las administraciones apostólicas a diócesis significa que se trata de iglesias ya formadas, la realidad es que el ochenta y cinco por ciento del clero y los religiosos siguen siendo extranjeros y que nuestra Iglesia no es capaz de autofinanciarse ni en un cinco por ciento. Hablar de diócesis formadas es más una formalidad que una realidad. Además está el principio de oportunidad. Era más que previsible la reacción airada de la Iglesia ortodoxa ante este paso. Es cierto que si esperamos el aval de la ortodoxia para cualquier paso en este sentido puede darnos el día del juicio, pero me pregunto (porque no lo sé) si el paso se ha dado con la diplomacia (conversaciones, acuerdos, explicaciones) que la situación requiere. Además de la diplomacia hay cosas más objetivas.

Vivimos como huéspedes en un país que nos ha acogido. Tenemos que ser buenos huéspedes y respetar al país, su cultura, sus tradiciones y sus leyes. Esto significa un esfuerzo, que no siempre se hace, por conocer y apreciar el rico legado cultural ruso, conocer y apreciar las cualidades positivas de este pueblo y, finalmente, tratar de cumplir escrupulosamente sus leyes, por ejemplo en materia laboral e impositiva. El susto que nos han dado, que nos están dando todavía, puede ser una buena ocasión para fomentar, por fin, una línea de trabajo imprescindible, pero hasta ahora ahogada por el hiperclericalismo imperante. Si un mal día los peores (y poco probables) presagios se cumplen y la mayoría del clero extranjero es forzado a abandonar el país, ¿qué dejaremos tras de nosotros? ¿Acaso un laicado bien preparado, consciente, responsable y capaz de mantener la fe en situación de precariedad y dificultad? Si esto sucediera hoy, Dios no lo quiera, es preciso decir que no es éste el laicado que dejaríamos tras de nosotros. Y no por falta de ganas ni de capacidad. Hay muchísimos fieles deseosos de profundizar en la fe, de recibir una formación teológica de calidad, de participar activamente en la vida de la parroquia y de la iglesia. Con frecuencia reciben sólo rancias tradiciones, sermones moralizantes y un modelo de iglesia clerical y que les condena a la dependencia. Creo que lo que nos está pasando puede tener una lectura providencial si además de mirar con catastrofismo a los acontecimientos, sin dejar de proclamar nuestros derechos y nuestros argumentos, nos esforzamos en mirarnos a nosotros mismos y descubrir en todo esto una llamada a centrarnos en lo fundamental.

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